El polvo pastoril: ojito con los pastores que están bien buenos

Lucía Martín *

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Imagen: Pixabay.

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Los que somos vamos a decir, intelectualoides, a veces tenemos media hostia u hostia entera con la mano abierta. No digamos ya si somos urbanitas, que nos perdemos por los pueblos y miramos a los oriundos con mezcla de asombro, condescendencia y lástima, como creyéndonos mejores. Que para nada lo somos con nuestras prisas, nuestros estreses y los vocablos modernos como it-girl, trendy y fashion. Lo dicho, que nos mereceríamos un buen sopapo…

Pero a lo que vamos: yo, que tengo el mejor oficio del mundo, el de periodista, que ya si me pagasen bien sería la repera, tuve que ir hasta un villorrio para hacer un reportaje sobre pastores, ese oficio que se renueva porque la crisis empuja a muchos jóvenes fuera de la jungla de cemento. Y allí me hallaba yo, esperando al pastor que me tenía que acompañar durante la jornada y dándole a la imaginación: que seguro que me viene con el cayado, que fijo que es un garrulo que huele a naftalina como aquél que viste en la Vega del Pas, a buen seguro le faltan dientes… Si, sí… dientes, ¡no le faltaba nada!

Dos pastores me acompañaron ese día y debo confesar, queridos lectores, que estaban para tomar pan y moja. Vaya guapetones: jóvenes (ninguno llegaba a los 45), fibrosos (competían en maratones y les encantaba el deporte), cultos.. ¡Coño, si hasta tenían Twitter, o sea, el súmmum de la modernidad! Vamos, que la imagen que tenemos de los “de pueblo” me la desmontaron en cero coma.

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Ni qué decir tiene que a esos pastores me los hubiera llevado al huerto, o hubiera dejado que me llevasen ellos: que cuando me hablaban de sus ovejas, tema apasionante como el que más, a mí se me iba la cabeza a arrinconarles en el corral y quitarles con prisa el jersey y luego el resto de ropa (que como salen temprano de casa, es mucha, por la fresca) y hundir mis narices en sus recovecos corporales buscando volver a los orígenes animales. Perdonad, me pongo primaria pero es que los sujetos bien lo valen: que el tema de las vacunas y la alimentación ovejuna podía estar bien, pero vamos, que mejor me llevasen al pajar, al más puro estilo rural, a echar un buen polvo sobre la paja mientras los animales nos miraban (desde lejos eso sí) con estupor y envidia.

Chicas, poned un pastor en vuestras vidas, que a lo mejor no os habla de Bukowsky (o sí), pero tampoco hace falta. Mi amiga Pilar, que liga en entornos rurales vía Tinder y Badoo, me contaba que cuando uno de sus chicos no podía quedar las excusas le provocaban hilaridad: “Es que tengo que quitar piedras o matojos”, le decían. Evidente, no iban a excusarse diciendo que estaban leyendo el último de Fernández Mallo, a cada entorno lo suyo, ¿no? Pero también confesaba que eran hombres bastante más noblotes que los que pueblan las capitales (sin caer en generalizaciones, claro está).

Así que venga, al pueblo sin más dilación, a ver si con un poco suerte dais con un pastor macizorro de piel tostada por el sol. Y si huele a oveja no pasa nada, que los olores no matan: se le mete en la ducha antes (o después) y santas pascuas.

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(*) Lucía Martín es periodista y autora de Hola, sexo? Anatomía de las citas online (Arcopress, 2015).

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