Las distopías, una lista interminable

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 Juan Ángel Juristo

poster_1984_lrgMe sucedió cuando redactaba la lista de libros de memorias: me juré no hacer más porque la sensación de injusticia era lacerante, ¿cómo no haber metido Los pasos contados, ese increíble y bello libro de memorias de Corpus Barga o La gallina ciega, de Max Aub? ¿O La arboleda perdida, de Rafael Alberti? Y así tantos otros... Superé la cosa con espíritu de censor: cuando la cosa no tiene remedio, se corta y punto.

Pero he aquí que con las distopías, un género nacido casi en exclusividad, por lo menos en cuanto a la profusión del género, que debe hermosos ejemplo ya en el XIX, al siglo anterior. La cuestión ha llegado a ser alarmante hasta el extremo de haber decidido citar las que más me gustan, que son muchas. En esa centuria nacieron distopías hermosas, las que ahora adoramos como mitos del género, y con tal ánimo y vitalidad que el asunto parece no decaer. Hasta el punto de que buena parte de los libros que se hacen hoy día con ánimo de novela de tesis pasan por ahí. ¿Cómo calificar la última novela de Don DeLillo, Cero K, si no la colocamos en una distopía de no gran alcance? ¿O La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq?

Así que en primer lugar deberíamos atender a los clásicos, libros que han sido citados una y mil veces, y con razón: aquí nos referiremos a 1984, de George Orwell y Un mundo feliz, de Aldous Huxley, dos escritores muy distintos pero británicos, donde el género entre ellos estaba ya muy arraigado. Aprovecho el momento para citar de pasada a H.G. Wells, uno de los creadores del mismo, y a su novela, La máquina del tiempo, una excelente distopía antes de que se hubiera inventado esta palabra. De las obras de Orwell y Huxley poco hay que decir pues son tan famosas que pertenecen ya a nuestro imaginario. Las hemos incorporado tanto que cualquier hijo de vecino, cuando está molesto con alguna ley restrictiva del gobierno de su país, llega a decir que nos falta un pelo para llegar al Gran Hermano. Lo  mismo, pero esta vez de la novela de Huxley, cuando alguien dice sentirse estupendo con cualquier artilugio tecnológico de ahora. Ni que decir tiene que es un tonto de ánimo casi zombie.

Ya llevamos dos y no hemos empezado ni a vislumbrar los tesoros que nos aguardan. Hay dos libros de Ray Bradbury que son joyas de la literatura del siglo XX: Crónicas marcianas, de las que Borges llegó a decir que el Marte que reflejaba era el de su pueblo natal, y Fahrenheit 451, la gran distopía sobre el futuro de la cultura, que Bradbury creyó no podría sobrevivir en un mundo tecnológico, es decir, calculado. Son dos novelas sobradamente famosas, como la de Huxley y la de Orwell. Pero hay un autor, Stanislav Lem, que desde que leí sus obras, otro es Slavomir Mrozek, otro es Witkiewicz, otro es Gombrowicz, otro es Milocz, otra es la Szymborska –esto es cuestión de otra pasión, la de la literatura de Polonia–, me sentí subyugado. Me refiero a novelas como La indagación y, sobre todo, Solaris. Lem es el creador de un astronauta, Tichy, que le ha dado mucho juego, pero es, sobre todo, el escritor que con más agudeza ha reflexionado sobre el contacto con inteligencias distintas a la nuestra, o, como en Ciberiada, sobre los robots.

Como hizo, de otra manera, Philip K. Dick en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, obra de mérito, pero famosa desde que se realizó su versión cinematográfica con el título de Blade Runner. Tendente a favorecer siempre la obra literaria, tengo que decir que en este caso no hay color: la película está muy por encima de la novela y ha sido capaz de convertirse en mito, lo que da idea de la importancia de esta distopía sobre androides que no está muy lejos de lo que años antes indagaba ya nuestro mencionado Stanislav Lem.

solaris_libroDe androides, también, pero con una reflexión sobre el cuestionamiento de la identidad sexual, trata La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Leguin.  La fantasía habida en el planeta Gueden de que la sociedad neutra respecto al sexo daría lugar a la extinción de la guerra, lo que termina por suceder pero a favor de una sociedad donde prima la intriga. Dicen que, con esta novela, Ursula K. Leguin inventó el género de ciencia ficción feminista. Lo dicen otros, no ella. Desde luego es la mirada femenina en una sociedad utópica.

¿Y que decir de 2001. Una Odisea en el espacio, de Arthur G. Clarke, otro de los grandes? El pesimismo ante el futuro es condición distópica, pero en esta novela, de una enorme ambición, la cosa parece extenderse a la condición misma del hombre. En esta ocasión no sabría si preferir la espléndida versión cinematográfica que Stanley Kubrick hizo de la novela: es apoteosis manierista, como gran parte de su cine, pero aquí ese manierismo se lleva a extremos que abarcan el cosmos. No hay mejor metáfora de lo que significa 2001, pero también Kubrick.

La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, pasa por ser su mejor novela y, desde luego, un hito del género fantástico del siglo XX en idioma español. Borges, amigo de Bioy y que durante muchos años iba a comer a diario a casa de éste, dijo de esta novela que era, si atendíamos a la trama, una narración perfecta. La inmortalidad, el amor, la soledad... Este libro, en realidad, puede ser tomado como un comentario distópico de las tesis de Malthus, pasado por la experiencia de H.G. Wells. Una novela sin parangón en español.

Por último citaría Espejos negros, de Arno Schmidt, mi escritor alemán preferido de la segunda mitad del siglo. Una distopía publicada en 1951 cuya trama acontece tras la III Guerra Mundial y con una atmósfera muy similar a la que lograría Cormac McCarthy pero sin los ribetes de producto narrativo de éste, que le acerca más a la problemática de Mad Max. Espejos negros es la metáfora  definitiva del Waste Land eliotiano.

Y todavía no he empezado. Es mejor dejarlo aquí. Al fin y al cabo he logrado reducir la cosa a diez. Cifra bíblica.

2 Comments
  1. Roberto says

    Hola. Me faltan las de Lem y la de Schmidt, veré si puedo hallarlas.

    Pienso que La mano izquierda de la oscuridad no es una distopía, sino simple especulación antropológica. Es interesante la distópica-utópica «Los desposeídos» de Le Guin, que lleva como subtítulo «Una utopía ambigua». Quizás habría estado mejor en esta lista. «Diario de la rosa» es un cuento de ella que me parece muy distópico y digno de mencionarse en el futuro artículo de cuentos distópicos ;), junto con «No tengo boca y debo gritar», de Harlan Elison.

    Saludos.

  2. Antonio says

    Sería fantástico que en la vista de lectura (el icono del libro en elque se puede ampliar la letra para los cortos de vista) se incluyerán los comentarios, algunos tan interesantes como el artículo.

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