Epidemia de calienta bragas

Lucía Martín *

Imagen: pixabay
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Siempre he tenido un imán especial para los rarunos: cuando estudiaba Trabajo Social se me pegaban los, vamos a decir, “loquetis”; sería para que aplicase lo aprendido en las asignaturas de Psicología. Y hoy, en el fascinante mercado de solteros, llegan a mi vida otros raros de pelotas, pero no rara avis porque tengan vidas dignas de admiración no. Rarunos porque tienen unos comportamientos que te dejan patidifusa. No me consuela siquiera saber que a mis amigas también les pasa, porque eso me lleva a pensar que hay una epidemia, no sé si son los efectos tardíos de Chernobyl pero el caso es que hay epidemia de raros y entre ellos están los calienta bragas, que aparecen súbitamente en tu vida, te fríen a mensajes hot durante 48 horas o más y luego desaparecen tal y como vinieron. O hacen como el Guadiana, van y vienen.

Me pasó con dos tipos diferentes en menos de dos meses. Los dos me contactaron por redes profesionales o sea que ni siquiera se puede achacar a las apps de dating y a que lo peor de cada casa está en ellas. Los dos de más de 35 años, los dos con estudios superiores, los dos con buenos puestos y doy estos detalles para que Vds., queridos lectores, no piensen que quizás se trataba de sujetos que caminan al borde del abismo, cantautores maltratados por la vida o pseudo-delincuentes. No, aparentemente eran tipos normales, Vd. podría trabajar con ellos o tenerlos de vecinos.

La dinámica es más o menos similar: te contactan por una red profesional. Empezáis a hablar de trabajo, de aficiones (que si tu corres, que si yo nado), de ocio, intercambiáis los móviles y ahí empieza la fiesta. Porque entre el mensaje de “qué interesante, eres periodista, yo trabajo en RRHH” y el de “me muero por follarte” hay una distancia muy corta.

  • “Dame tu dirección y voy ahora mismo a tu casa, tengo unas ganas locas de metértela”
  • “Jajajaja, pero si ni me has visto ni me conoces, podría llamarme Manolo y ser camionero”
  • “Me da igual, me basta con lo que he visto en Internet y con lo que me inspiran tus palabras. Estoy deseando follarte desde ayer”.

Con este llevaba hablando apenas unas horas. Había descubierto, que para eso existe San Google, que había publicado libros de sexo (aunque también los he escrito sobre jóvenes y guías para niños, se ve que no causan el mismo efecto entre el público masculino). Y ésa es la clave, lo que hace que cambie un chip en el cerebro del otro: “Escribe de sexo o sea, folla con cualquiera”.

Decidí jugar para ver hasta dónde llegaba y con las mismas intenciones de acostarme con él como las que habría podido tener con Jesús Gil que en paz descanse, o sea, cero, le seguí la corriente. Y se iba creciendo y creciendo, cada vez más mensajes y más subidos de tono. Recuerdo que antes de que abordase la cuestión de la carne le pregunté si salía con alguien y me había dicho que no, que estaba soltero. Cuál no sería mi sorpresa cuando al ir a quedar para tomar un café y ponernos finalmente cara, me confesó que salía con una chica.

¿Es normal que alguien que tiene pareja se dedique a abordar a otras mujeres, en este caso, en redes sociales, y a decirles que les va a comer el coño? Discúlpenme y llámenme clásica, pero no me lo parece. Evidentemente, le dije que desapareciese y no me volviese a molestar. A los tres días volvió al ataque. Le ignoré. Un año después apareció de nuevo, diciéndome que ya no salía con esa chica y que quería conocerme (el picor de bragueta parece ser que está por encima de la autoestima y del amor propio, de los suyos en este caso). Le dije que dejara de escribirme. Ayer amanecí con otro mensaje suyo en el móvil. Desde luego, aparte de enfermo es perseverante.

El segundo tipo, que podría ser una copia del anterior en cuanto al perfil social, se pasó una mañana de domingo diciéndome cómo iba a recorrer mi cuerpo con su lengua, debo reconocer que me hizo esas horas en la piscina mucho más amenas.. Terminó sus mensajes pidiéndome que comiésemos esa semana (el mundo al revés, ¿no? se empieza teniendo una cita para un café, un cine, una comida y luego se pasa a la carne…). Le dije que claro, que me avisase el día que quería. Y nunca más, éste al menos captó la ironía de mis mensajes y no me ha vuelto a acosar al teléfono. Pero me sigo preguntando, ¿qué les pasa a estos tipos: están ociosos, se aburren, tienen vidas anodinas, les pica la bragueta en demasía? Porque si es esto último quizás la solución está en un poco de bromuro en sus comidas, que me parece además que no deja sabor… Vds. qué piensan, ¿es un efecto tardío de Chernobyl o una conexión neuronal fallida?

(*) Lucía Martín es periodista y autora de Hola, sexo? Anatomía de las citas online (Arcopress, 2015).