Los libros recomendados de Francis Scott Fitzgerald

 Juan Ángel Juristo

william faulkner santuarioEn la primavera de 1936, en Carolina del Norte, una enfermera vigila al escritor Francis Scott Fitzgerald para que siga al pie de la letra las prescripciones del médico. Ella es joven y se llama Dorothy Richardson, como un personaje salido de las novelas de su paciente. Convaleciente, el escritor le dicta una lista para que ella lea lo que, a juicio del escritor, son los libros indispensables que hay que leer. El manuscrito de la enfermera Richardson fue publicado hace unos meses en Open Culture, gracias a la amable colaboración de la Universidad de Carolina del Sur, depositaria de los manuscritos del escritor. Lo damos hoy aquí como curiosidad y ejemplo de que no siempre los críticos deberían establecer cánones. Eso sí, la lista estaba destinada a la intimidad de la enfermera. Por eso la hace más preciada.

La lista carece de cualquier elemento de sorpresa aunque no es previsible. Pero para quien conozca algo de la vida y aficiones del autor de El Gran Gatsby y, sobre todo, admire su obra, el juego de las correspondencias tiene mucho de goce estético y ¿por qué no decirlo?, fetichista. Desde luego Scott recomienda a la enfermera Richardson que lea Santuario de William Faulkner, no sabemos si en un alarde de reconocimiento al ilustre contemporáneo o, por el contrario, hallase cierto gusto perverso en recomendar una novela que en su época tenía cierta leyenda de  narración hard gracias al episodio de la violación con una panocha de maíz; novela que, por ejemplo, dejó perplejo a José Ortega y Gasset por mucho que se la encomendase el joven Antonio Marichalar, embajador español de la cultura anglosajona para Revista de Occidente. 

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Y si está Faulkner tiene que encontrarse por allí Serwood Anderson y su Winesburg, Ohio, pero también, lo que prueba la fiabilidad de Scott ante la literatura que hacían sus contemporáneos –no olvidemos que es una actitud de inmensa vitalidad y nada acorde con sentimientos de decadencia–, El halcón maltés, de Dashiel Hammett. Hasta aquí lo previsible, lo que Scott debe a  sus contemporáneos y que él, hombre generoso, no ahorra en recomendaciones.dashiell hammett el halcon maltes

Pero lo que aparece en la lista como recomendación viva son los tres primeros tomos de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, algo curioso pero no raro, ya que Proust era figura legendaria en el París que Scott habitó y su nombre se asociaba, entre los genios del momento, al de James Joyce. Éste, sin embargo, no aparece, lo que no es de extrañar para quien conozca un poco la obra de Scott Fitzgerald. A éste, que venía del catolicismo irlandés pero pasado por la suavidad norteamericana, el mundo radicalmente realista de Joyce en lo tocante a ciertos temas, decía con lucidez extrema de alumno aventajado de los jesuitas que el catolicismo era un absurdo coherente y el protestantismo un absurdo incoherente, le hería un imaginario de clara raíz romántica. El que en la lista recomendase Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, le acerca al dramaturgo adorado por Joyce hasta hacer de él un modelo; pero nótese que recomienda Casa de muñecas, no Hedda Gabler o Un enemigo del pueblo. Es probable que en esa elección estribe el alejamiento.

Shakespeare no está entre las recomendaciones pero es probable que Scott pensase que la enfermera Richardson habría leído al gran Bardo de manera obligada. Aun y así resulta curiosa la ausencia. De los dramaturgos anglosajones sólo aparece Oscar Wilde, del que recomienda Scott todas sus piezas y, cerrando la lista de teatro, ya dijimos, Ibsen. Nada más.

Scott se pasa luego a los cuentos de Guy de Maupasant, otorgándole una importancia como autor que siempre elogiaron los escritores anglosajones, en claro contraste con los franceses, que lo consideraban un clásico pero no un innovador radical de la narrativa moderna. Justo contraste con lo sucedido con Edgar Allan Poe, cuya literatura fue valorada en Francia gracias a Baudelaire mientras en su país seguía siendo considerado un autor curioso pero extravagante. También El rojo y el negro, de Stendhal, la gran novela del éxtasis amoroso. Scott era, ante todo, un artista de una coherencia rayana en lo implacable.

Joseph Conrad victoriaDe Joseph Conrad, autor que ahora pasa por ser considerado uno de los padres fundadores de la moderna narrativa en lengua inglesa, hay que resaltar, con agradable sorpresa, que Scott le recomienda, pero la novela que pretende que lea no tiene nada que ver con Lord Jim o El corazón de las tinieblas, que considero es obra cuya mitificación viene mucho después, de los procesos anticoloniales de los años sesenta, sino que se decanta por Victoria. Bella elección ya que esta narración es una de las novelas donde la murmuración alcanza un nivel semejante al asesinato.

Los poetas no abundan, sólo dos y muertos ambos en Roma, en circunstancias trágicas y antes de la treintena: Keats y Shelley. ¿Todavía hay alguien que dude de la pura aplicación romántica de Scott Fitzgerald? La identificación ante el destino es aquí casi inexorable. Lo retrata.

Estas recomendaciones a Dorothy Richardson las hizo Scott mientras estaba sumido en la depresión. Dos años antes había publicado Tierna es la noche y ahora recomienda esos libros a una enfermera mientras su mujer, Zelda, está internada en un psiquiátrico no muy lejos de donde él se encuentra. Scott tiene cuarenta años y ha publicado un libro, The Crack Up que comienza de esta forma. “Toda vida es un proceso continuo de demolición”. Cuatro años más tarde, en 1940, murió de un infarto en Hollywood.

La lista tiene la importancia que queramos darle. En los libros recomendados he visto la sombra extendida de Scott Fitzgerald en otros textos y otros autores, como si los antecedentes y los contemporáneos citados fuesen distintas voces de su propia cantilena. De cosas así deben nutrirse los ejemplos del arte.