Puente de plata

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Alejandra Díaz-Ortiz *

Imagen: Pixabay.
Imagen: Pixabay.

Cuando Julito pidió a Laura ser su novio, lejos estaba de imaginar que el entusiasta «sí» de ella, incluía el «sí» de sus cuatro inseparables amigas. (Además de ser el principio de una de sus peores pesadillas.)Julito se enamoró de Laura nada más verla. Cual tópico, enseguida supo que ella era la mujer de su vida. Y decidió conquistarla. Lo consiguió con relativa facilidad. Ella también se había enamorado de él.

Así pues, el inicio de su relación fue como todos los inicios: mágico. Cada momento, cada palabra, cada beso encajaba con el siguiente a la perfección. Y bla… bla… bla… ¿Qué les puedo decir, que no se haya escrito mejor, sobre la fascinación que nos provoca un nuevo amor?

Unos meses después, llegó la cena de fin de año.

Para celebrar aquella noche, Laura y sus amigas decidieron reunirse en casa de Paloma. Ángeles cocinaría su plato estrella y las demás aportarían el resto de las viandas y bebidas. A Julito no se le permitió, ni llevar, ni opinar, ni contribuir en nada al buen éxito de aquella fiesta. Tan solo debía asistir, por el simple hecho de ser el novio de una de ellas.

El convite transcurrió muy animado. Hablaron de mil cosas y de ninguna. Brindaron, se abrazaron y a las cero horas en punto se desearon un buen año. Luego vinieron los gintonics y el recuento de sus buenos propósitos. María comentó que lo primero que haría sería montar la estantería que había comprado dos meses atrás y que, a falta de tiempo y ayuda, no había instalado aún. Sin pensarlo, Julito ofreció sus herramientas y habilidades para acometer la tarea. María, encantada, aceptó.

Presta, Ángeles aprovechó para hablar de una fuga en el baño de su casa. Paloma, por su parte, comentó que necesitaba instalar una lámpara en su habitación. Lola dijo que pensaba pintar la cocina. En total, Julito comenzaba el nuevo año con el encargo de cinco chapuzas, porque, evidentemente, Laura, su novia, le recordó la urgente necesidad de barnizar las puertas de su casa.

Allá que fue Julito, casa por casa, un día aquí, otro día allá, cumpliendo con los compromisos adquiridos. Comenzó por la fuga de agua, que consideraba el asunto más urgente. A día de hoy, era incapaz de explicar cómo, del baño acabó en la cama de Ángeles. Pero sucedió. Eso sí, tras la inesperada acometida, se prometieron guardar el secreto, pues ambos coincidieron en que Laura no se merecía tal traición.

El caso es que aquel insólito asunto se repitió en la cama de cada una de ellas. Julito, tan desconcertado como inmerso en esa insólita vorágine, fue incapaz de detenerse a reflexionar sobre las posibles consecuencias de tamaña locura.

Sí, se sentía culpable con respecto a Laura. Pero también se sentía protagonista de una vieja fantasía: el macho alfa en plenitud.

Las faenas se fueron repitiendo con cierta regularidad. Por supuesto, bien sellado el pacto de silencio con cada una de ellas. De tal forma que, cuando llegaban los fines de semana y se juntaban las cinco amigas y Julito, Laura solía ser la más «envidiada» por las demás, con frases tales como: «¡Ay amiga, qué suerte tienes de novio!» o con un «¡Ojalá que nos encontremos a un novio como el tuyo!»… Julito resoplaba, henchido de orgullo.

Hasta que una mala tarde, Laura descubrió a Julito en la cama de Lola. No es que los haya visto, es que el traicionero móvil de su novio se activó solo (seguramente a consecuencia del embate) y remarcó el último número utilizado. Así, en directo, la hicieron testigo involuntaria del buen hacer de su novio y de su querida amiga. ¡Y todo por no bloquear el maldito teléfono. Mira que se lo tengo dicho! Fue lo primero que gritó.

Furiosa, decidió ir hasta casa de su amiga y montar un escándalo. En su coche emprendió el camino. Para su fortuna, un inusual atasco la mantuvo retenida casi una hora en la circunvalación, tiempo más que suficiente para serenarse y reconsiderar su postura con respecto al desagradable problema que debía afrontar.

Se dio cuenta que si actuaba llevada por el impulso visceral que la incitaba a humillarlos, como mínimo, al final perdería al novio y a la amiga y Laura no deseaba ninguna de las dos cosas. Total, se dijo, «Julito es una joya y mi amiga, un encanto, no puedo culparlos.». Así que, mientras aparcaba y subía hasta el décimo piso en el que vivía Lola, decidió negociar la nueva situación. En todo caso, poder controlar el riesgo de unos cuernos, a ella le suponía una gran ventaja.

Pero apenas unos días después de aquel incidente, Lola y Laura tuvieron que asumir que dicho riesgo tenía tres ramificaciones más. Convocaron una reunión de urgencia, Julito incluido que, para variar, no pudo abrir la boca pero sí pasó a formar parte del acuerdo entre las chicas. Por orden, las amigas fueron enumerando los arreglos de los que Julito se tendría que hacer cargo en cada casa. Incluían pintura, carpintería, electricidad, alicatado, etc… Como segunda medida, se asignaron los días que les corresponderían a cada una, teniendo muy en cuenta que los fines de semana eran para Laura, por ser la principal afectada de tan singular concierto.

Si bien al principio a Julito aquel acuerdo le pareció un quimérico vergel hecho realidad, lo cierto es que, a los pocos meses, se encontraba exhausto y demasiado agobiado con tantas obligaciones. Y por más que le daba vueltas al asunto, no encontraba forma alguna de salir airoso de aquel lío. Primero lo intento cumpliendo mal y tarde los arreglos, con la esperanza de que lo relevaran por incompetente. Pero la inagotable paciencia e infinita comprensión de las chicas frustraron su estrategia.

En otro par de ocasiones se hizo el enfermo. Entonces aparecían las cinco amigas en tropel, tomando posiciones alrededor de su propia cama. Una con caldos recién hechos; otra con aspirinas y remedios caseros; otra con kiwis… En fin: la baja médica dejó de ser una opción.

Sucedió que una mañana, mientras desayunaba solo en el bar, cosa harto extraña en los últimos tiempos, tuvo, la que creyó, una gran idea. La idea definitiva para zafarse, por fin, de aquel enredo. Calculó que si se buscaba otra novia, conseguiría enfurecerlas de tal modo que jamás se lo perdonarían. Así, serían ellas las que, sintiéndose traicionadas, lo liberarían de aquel infierno. «¡Eso es! ¿No querían un alarife? Pues aquí estoy. Les voy a construir el puente de plata más sólido de la historia.». Pagó y se puso manos a la obra…

¡Pobre Julito, qué ingenuo!

Poco o nada tardaron las cinco amigas en adoptar con sumo agrado a su nueva novia. Rosa, que así se llamaba, tras escuchar las inestimables ventajas de sumarse al acuerdo ya existente y con la promesa de ser incluida con los mismos derechos, se reveló tan pragmática como las demás…

(*) Alejandra Díaz Ortiz es escritora. Ha publicado Cuentos chinos (2009), Pizca de sal (2012), ambas en Trama editorial, Julia (ViveLibro, 2013) y No hay tres sin dos (Trama, 2014).

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