La araña de Louise Bourgeois

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Maman de Louise Bourgeois
'Maman' de Louise Bourgeois, frente al Museo Guggenheim de Bilbao. / Wikipedia.

Algunas piezas de arte contemporáneo –no necesariamente las mejores– requieren de un prólogo, una explicación o una declaración de intenciones. El público se siente ante ellas como el viajero en un país extraño, sin saber nada de las costumbres locales, huérfano de un guía que le sirva también de intérprete. Como profano que soy, muchas veces me he enfrentado a una exposición sin saber muy bien siquiera el estado de ánimo solicitado, algo que evidentemente no sucede ante un lienzo de Velázquez o una escultura de Bernini. Recuerdo todavía una muestra de fotografía en el Reina Sofía donde me eché a reír ante la imagen del fotógrafo en pelotas, los brazos en alto, los carrillos inflados soltando un chorrito de agua. En mi opinión, el título (Autorretrato en forma de fuente) era inequívocamente cómico, pero varios de los visitantes que me acompañaban esa mañana censuraron con severidad mis carcajadas.

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Creo sinceramente que la falta de sentido del humor es una de las peores lacras del circuito artístico contemporáneo, esa seriedad impostada que llena a rebosar las galerías de arte de plúmbeos discursos metafísicos, miradas ceñudas y chistes involuntarios. Cortázar contaba que, en una exposición de objetos de Man Ray, el único comentario inteligente fue obra de un par de señoras que, ante la célebre Plancha con clavos, dijeron: "En el fondo no es muy diferente de mi plancha. Con ésta te pinchas y con la mía te quemas". Sin duda, a Man Ray le hubiera encantado.

Con la obra de Louise Bourgeois, incluso el visitante más despistado, como es mi caso, no corre ese peligro. No hace falta saber de antemano las circunstancias biográficas de la artista, los traumas y las heridas de su infancia, para que cada una de las piezas lo golpee, lo atraiga a ese territorio donde el arte reclama un entendimiento, una respuesta emotiva que se halla más allá del lenguaje. En la exposición Estructuras de la existencia del Museo Guggenheim de Bilbao –que concluye justamente hoy–, el espectador virgen se encuentra ante una serie de espacios enigmáticos, las Celdas, donde objetos misteriosos cuelgan encerrados en jaulas o se esconden tras un laberinto de puertas. La primera impresión es, casi siempre, terrible. En una de las jaulas un cuerpo de mujer se arquea bajo lo que, aparentemente, semeja un acto de tortura: la cabeza se hunde en un colchón; de las paredes cuelgan picadoras de carne; una masa informe de color rosa se amontona fuera de la celda; una miríada de espejos, planos y esféricos, multiplica la ferocidad del conjunto.

No es, ni mucho menos, la única obra que apunta hacia esa dirección atroz. En la misma sala hay otra construcción donde una apertura en espiral conduce al espectador a una ventanilla enrejada que permite asomarse a un lugar que remite vagamente a un sanatorio, un quirófano, quizá una sala de interrogatorios. Hay otra donde telas y vestidos lacios cuelgan al lado de objetos en suspensión como grandes lágrimas. Hay un inquietante banquete caníbal empotrado en una pared que resuena de inmediato en nuestra cabeza con el eco de una caverna neolítica.

“Cada Celda trata del miedo, trata del dolor” ha dicho Bourgeois, aunque tampoco hacía falta que lo dijera. Cada obra se alza y se impone desde su propia perspectiva, su misma estructura física, sin trampas ni subterfugios, sin excusas ni idearios. Hablan del dolor y de la pérdida, pero no es necesario conocer a qué heridas se refieren, puesto que el espectador las conecta con sus propias pérdidas. El diálogo se establece de tú a tú, sin necesidad de palabras, análisis o explicaciones previas, por más que la propia Bourgeois cuente la irreparable sensación de orfandad que sufrió de niña cuando su padre abandonó a su familia. Por eso también ha dicho: “No quiero que los objetos dependan de mi presencia. Las esculturas tienen que durar mucho más que yo”. Es una afirmación semejante a aquella que expresó Faulkner, cuando dijo que no quería dejar detrás nada, únicamente dos fechas y entre ellas, un montón de libros.

La última de las CeldasThe Last Climb, realizada poco antes de su muerte– propone, no obstante, otra mirada. Apuntalada en la escalera que sube hacia ninguna parte y en los globos azules de cristal que flotan en sus tranquilas órbitas, toda la obra emana una sensación de paz y espiritualidad ante la proximidad del fin, una serenidad a la que estamos invitados desde la puerta entreabierta. Desde su título (Maman) Bourgeois ya había apuntado que su célebre y monstruosa araña –que preside la ría al lado del Guggenheim al igual que el exterior de otros tantos museos y centros de arte moderno– no era una figura terrorífica sino acogedora, maternal. El escalofrío, sin embargo, es todo nuestro.

Mediatime Network (YouTube)
1 Comment
  1. Francisco Miguel Cerén Gómez says

    Excelente artículo. A veces la frontera entre el camelo o la banalidad en el arte contemporáneo es difusa, pero Bourgeais es un trallazo inmediato al entrar en una sala suya y es una confirmación de que la expresión artística tiene sitio en lo personal y desde formatos propios y actuales.

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