De Prada: «Me repugna intelectualmente la demonización casposa que se ha hecho de Podemos»

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El escritor Juan Manuel de Prada. / David González (Efe)

Mirlo blanco, cisne negro (Espasa) es el título de la última novela de Juan Manuel de Prada, que aparece estos días en las librerías. Alejado de las tramas suculentas de sus últimas narraciones, Prada parece volver a sus orígenes, a repensar historias ya pasadas pero que forman parte de la educación sentimental de cada uno. En este sentido puede decirse que la narración contiene elementos autobiográficos pero alterados en grado sumo y en aras de la excelencia narrativa.

La novela puede ser interpretada de muchas maneras, desde un alegato contra la industria cultural de hoy en día, que se mueve entre la nadería y la banalidad, y, también, como las relaciones de poder que se establecen entre un escritor prometedor y otro, famoso, pero, como ocurre casi siempre, malentendido hasta por los que alaban su obra. Muchos pensarán que los nombres de Octavio Saldaña y Alejandro Ballesteros ocultan los nombres de Paco Umbral y del propio Prada. Ocurre que ello es excesiva simplificación en una novela que dice más y mejor que las anécdotas reales, que siempre son otras.

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Prada ha concedido esta entrevista a cuartopoder.es, donde opina sobre cuestiones que tienen que ver con el libro, aclarando posibles entendidos a medias, sobre aspectos de nuestra situación actual y de la trascendencia que puede tener en un futuro la cultura tal como la hemos conocido.

— Hay elementos en la novela para que muchos la califiquen de roman a clef . ¿Temía que fuera así?

— Pues he de confesar que me ha pillado completamente por sorpresa, pues no había nada más alejado de mi propósito. Nunca se me pasó por la cabeza que nadie fuese a hacer este tipo de lectura, que por lo demás resultará por completo insatisfactoria. Mi maestro Gimferrer, por ejemplo, se empecinó en identificar a Saldaña con un personaje con el que nada tiene que ver; y aunque yo trataba de convencerlo de su error, él seguía erre que erre, hasta que leídas dos terceras partes de la novela me llamó para reconocer su error. Pero su empecinamiento hizo que no disfrutara de gran parte de la novela, porque entablaba delirantes paralelismos entre Saldaña y el personaje con el que se obstinó en identificarlo. Lo cierto es que los protagonistas de la novela, aunque tengan algunos rasgos de personajes reales (por ejemplo, en el caso de Saldaña, de Umbral o Cela) están confeccionados con algunos rasgos de mi propia personalidad y con los avatares de mi vocación literaria, que siempre ha sido muy ardorosa, llevados a la exasperación más extrema, si se quiere. Por otro lado, en su aspecto de sátira literaria, Mirlo blanco, cisne negro no se refiere a personajes concretos, sino a tipos literarios: las viejas glorias, las jóvenes promesas, etcétera. Pero la novela no es un roman à clef, sino más bien una purga de corazón, una confesión muy sincera y a tumba abierta de mis errores pasados, de mis pecados lastimosos, hecha con un ímpetu flagelador que me asusta. Nadie sale peor parado en este libro que yo mismo, ¡ni siquiera los editores o los críticos literarios.

— La novela es un libro complejo, sujeto a muchas interpretaciones. Háblenos de la relación destructiva entre el escritor viejo y el joven. Me recuerda en algunos rasgos sutiles a El sirviente, aquella película de Losey...

— Pues no me parece mal precedente, aunque creo que cinematográficamente la obra que más se parecería a Mirlo blanco, cisne negro sería Eva al desnudo (All About Eve), el gran drama de Joseph Leo Mankiewicz. Y si nos ceñimos a modelos literarios, sin duda alguna, La lección del maestro, de Henry James, autor al que en todo momento rindo en esta novela un homenaje malévolo y socarrón. Pero, en efecto, la relación entre el joven Álex y el veterano Saldaña es una relación de dominio y vampirización. Una relación entre maestro y discípulo que empieza siendo de fascinación mutua y que acaba siendo una relación tóxica y depredadora, en la que el maestro trata de destruir (¡de devorar!) a su discípulo y en la que el discípulo tal vez se deja devorar, porque cree que aprovechando la fama de su maestro el triunfo le puede llegar más rápidamente. En mi juventud viví en carne propia alguna relación de este tipo que me hizo mucho daño y un resquemor que ha tardado mucho en cicatrizar. Pero ahora contemplo estos episodios del pasado con mucha caridad... (risas), sobre todo hacia mí mismo, que es por donde debe comenzar la caridad bien entendida.

— Usted defiende en el libro una idea de la cultura que se está haciendo invisible, trasladada al mundo editorial, donde la banalidad lo rige todo. ¿Tuvo problemas a la hora de que le publicaran la obra?

"He tenido la suerte de que mis libros tengan cierta aceptación, a pesar de ser un escritor denostado por la mafia que maneja el cotarro cultural."

— Cuando se habla tanto de corrupción política, se presenta como un fenómeno aislado. Pero la corrupción política no es más que una de las múltiples facetas de una crisis de civilización o, si se prefiere, de anticivilización, que es la crisis del capitalismo financiero, una maquinaria inmoral que ha provocado la mayor destrucción antropológica jamás vista. Vivimos una época en la que todo lo que toca lo convierte en mercancía, también los frutos del espíritu, empezando por el mismo arte y acabando por la religión. Inevitablemente, el mundo editorial, por ser un negocio, ha participado de este encanallamiento que, en los últimos años, se ha convertido en auténtica metástasis de podredumbre, agravada por el ocaso del libro. Pero cuando a los pueblos los vas destruyendo espiritualmente, los vas adocenando y privando de sus naturales vías de perfección, acaban dando la espalda al arte o adorando formas envilecidas o banales de arte, que es tanto como decir no-arte, porque no hay arte verdadero sin riesgo, sin entrega y sin compromiso (y, naturalmente, no me refiero tan sólo a compromiso político).  De esto también trata mi novela: sus protagonistas están envueltos en este fenómeno de encanallamiento y tratan de sobrevivir dejándose muchos pelos en la gatera. Yo hasta ahora he tenido la suerte de que mis libros tengan una cierta aceptación, a pesar de ser un escritor tan denostado por la mafia que durante años ha manejado el cotarro cultural y todavía me siguen publicando, gracias a que tengo un público muy fiel y militante. Aunque no me chupo el dedo y sé que algún día acabarán de expulsarme a las tinieblas.

— En la novela abundan las descripciones hilarantes. Del joven escritor: “Con este disfraz había logrado adquirir un aspecto entre emo y gafapasta, como de botarate empachado de malas traducciones de Murakami y David Foster Wallace”. ¿Cuánto debe esta novela  a la farsa española, a Valle, a Cela?

— Indudablemente, la sombra del esperpento y el tremendismo, de la desmesura expresionista y barroca, está presente durante todo el libro. No sólo en la caracterización de la feria de las vanidades literarias, también en la confección de los personajes, sobre todo en la figura de Octavio Saldaña, que es el personaje que prefiero entre todos los que he urdido. Hay en él un componente de patetismo desaforado, de vileza mezclada de humanidad doliente, que sólo es comprensible en una tradición que incorpora los nombres que usted mencionaba.

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Portada de la nueva obra de Juan Manuel de Prada. / Espasa

— Las descripciones de los saraos son especialmente crudas, por su realismo. Me recuerdan mucho  a los saraos fellinianos, por su obligada visión esperpéntica...

Mirlo blanco, cisne negro es, en efecto, una novela muy cáustica, llena de un humor que escuece. Aunque creo que las mayores crudezas las reservo a mis dos trasuntos, Álex y Saldaña, que acaban canibalizándose como mantis religiosas. Le aseguro que ha sido como tumbarme en el diván del psicoanalista y vaciarme del dolor que llevaba dentro. A veces me ha dado un poco de vértigo la inclemencia que he tenido conmigo mismo, infinitamente más feroz que la que dedico a los editores y a las camarillas literarias. Supongo que necesitaba hacer esta penitencia, por mis muchos pecados (risas)...

— Octavio Saldaña, el viejo escritor, parece tener rasgos de Zunzunegui, autor que siempre reivindicó y hoy completamente olvidado. Lo digo por lo de la carrera meteórica que luego se apaga...

— No digo que no pueda tener rasgos suyos, aunque creo que las referencias más evidentes son Cela y Umbral, que fueron los maestros que traté más directamente en mi juventud, junto a una destilación sangrante de mi propia experiencia vital y literaria. Pero Zunzunegui es un escritor que me gusta muchísimo, para mí sin lugar a dudas el mejor narrador de la posguerra; un escritor torrencial, tal vez perjudicado por un costumbrismo que podía llegar a resultar chusco por momentos, pero con una fuerza y un desgarro que me parecen insobornables. Que un escritorazo así fuese ninguneado en vida, con la coartada de que era "gafe", y que luego no se le haya rescatado debidamente, es una muestra de las miserias de la vida cultural española.

— ¿En cierta manera ha vuelto con este libro a esa visión crítica, ácida, amarga, de que hizo gala en Las máscaras del héroe?

— Creo que esa visión crítica me ha acompañado siempre y está presente en novelas como Morir bajo tu cielo o Me hallará la muerte, que nos aproximan a pasajes ásperos de nuestra Historia con una mirada que, sin incurrir en los tópicos de la leyenda negra, no es en modo alguno complaciente. Sobre todo porque, más allá de estar ambientadas en otras épocas, la crítica que en ellas hago vale para nuestro tiempo. Es evidente, por ejemplo, que la crítica demoledora que hago de la Restauración en Morir bajo tu cielo vale para la llamada Transición, que algunos han llamado segunda Restauración... Aquí mi crítica se dirige contra el monopolio cultural que en España han tenido ciertas oligarquías sedicentemente progresistas, en realidad entregadas a la plutocracia, que han convertido en marginal cualquier arte o expresión cultural que no comulgara con sus ruedas de molino. Y no me refiero sólo a un escritor antimoderno como yo, sino también a escritores auténticamente izquierdistas. Leyendo a autores como Santiago Alba Rico o Carlos Fernández Liria (colaboradores, por cierto, de cuartopoder.es) me preguntaba cómo era posible que hayan sido sistemáticamente ninguneados por la mafia que ha manejado el cotarro cultural durante todos estos años. Tengo que proponer a Liria y Alba, ese "chesterbelloc" marxista, que a ver si se animan a escribir un libro conmigo. ¡Menudo trío de malditos formaríamos!

— Su descripción del mundo editorial es esencialmente crítica. Usted siempre confesó cierta simpatía por movimientos como el 15 M y Podemos. ¿Cómo ve la confusa situación política española?

"Los lacayos del Dinero están planteando una estrategia marrullera de recuperación
del poder."

— He mostrado cierta simpatía hacia Podemos, que no nace de la identidad ideológica, porque aparte que la demonización casposa que se ha hecho de Podemos me repugna intelectualmente, creo que en el movimiento de rebelión contra los abusos que Podemos amalgamó hay evidentes "semillas del Logos" que no hallo en las irrazonables posiciones que mantienen los partidos sistémicos, dispuestos a sacrificar al pueblo en aras del Dinero (que no en vano el Evangelio contrapone a Dios). Creo que en estos momentos estos lacayos del Dinero, repartidos en sus negociados de izquierda y derecha, están planteando una estrategia marrullera de recuperación del poder, o sea, de reseteado de la gran mentira que les ha permitido una alternancia pacífica en el poder. Pero parece que en su intento de mantener la hegemonía se van a ocasionar muchas heridas. Me pregunto si Podemos va a perseverar en los errores que hasta el momento ha cometido: por un lado, dejar fuera del "tablero" a quienes, desde otras posturas (por ejemplo, fundadas en un pensamiento social cristiano), participamos de un anhelo de regeneración moral; por otro, travestirse de una socialdemocracia moderadita que a mi juicio está agotada. Pero estas reflexiones las hago desde la más absoluta marginalidad, aunque mi programa podría ser el mismo (al menos en su escueta formulación) que el que ha acuñado Alba Rico: "Conservador en lo antropológico, reformista en lo institucional, revolucionario en lo económico" (aunque la verdadera revolución inhumana es la del modelo económico vigente, lo mío sería más bien una reacción frente a esta revolución destructiva). Lo que sí he observado es que con personas como Alba Rico o Fernández Liria un católico con inquietud social como yo puede entrar en diálogo, cosa que resulta imposible con los intelectuales sistémicos de izquierdas y derechas.

— Supongo que no cabe duda, después de leer este libro, que su manera de enfocar el drama de la vocación literaria es el de una visión trágica de la misma, como le ocurre al Cansinos Assens de La novela de un literato...

— ¡Tragicómica, más bien! No me gustaría ofrecer una imagen sombría del asunto de Mirlo blanco, cisne negro, que es una novela también llena de humor y de cachondeíto, en la que me río mucho de mí mismo. Pero tampoco se puede negar el componente trágico; pues, en efecto, la dedicación al arte tiene siempre un componente saturnal (pues el arte devora a sus mejores hijos) y, además, en estos tiempos, tal vez más que nunca, escribir es llorar y, casi casi, morirse de hambre. La cruda realidad es que, tras unas décadas de espejismo (desde los años sesenta hasta comienzos del siglo XXI, digamos), en que parecía que la literatura, aparte de ser una actitud frente al mundo podía ser también un medio de ganarse los garbanzos, escribir vuelve a ser un oficio sin beneficio. La bohemia desgarrada que pintaba Cansinos está a la vuelta de la esquina.

— Lo  digo porque este libro es, en realidad, un ejercicio de confesión sobre la vocación literaria.

— La literatura ha sido mi vida siempre. Se lo digo de veras: tal vez yo sea el escritor más inepto de la historia, pero le aseguro que tengo una vocación literaria de caballo. He amado mi vocación con un amor y una entrega, con una abnegación a prueba de bomba, como se ama a una esposa de toda la vida; pero también con el ardor loco y la pasión enferma con la que se ama a la novia o amante de unas horas. Y todo este amor está expuesto en esta novela, en un striptease integral que, cuando lo recuerdo, me produce casi rubor. Sólo pido a Dios morir con el mismo amor a mi vocación que todavía hoy le tengo, aunque sé que es una mala puta.

— ¿Cuánto nos queda? No sería un mal final para un final anunciado...

— Muchas veces a lo largo de la Historia hemos pensado que el mundo se acaba, que viene Cristo a tajar con una espada este nido de podredumbres. Pero la Historia no es lineal (tampoco cíclica como quería Nietzsche), sino que avanza en espiral: y muchas veces, cuando el fin se acercaba, hubo una "metanoia" en los hombres que les devolvió la esperanza. Yo, que por motivos obvios creo en la Parusía (y la deseo ardientemente), creo también en las semillas del Logos que han sido repartidas entre las personas que aún siguen siendo humanas (entre las personas que no se han entregado  al lado oscuro). Y creo, por lo tanto, en esa "metanoia" o conversión a la que me refería, que nacerá de la restauración de los vínculos humanos que una antropología destructiva ha aniquilado. Cuando se camina hacia el barranco tarde o temprano surgen espíritus clarividentes y sensibles que convencen a sus semejantes. Y entonces, como en un milagro, hay una reacción, un revulsivo que cambia el signo de los tiempos. Claro que, para lograr este revulsivo, no se puede estar cruzado de brazos; hay que remangarse y comprometerse en la brega.

1 Comment
  1. Maran Atha says

    Muy buena entrevista y esclarecedora para los que pudieran dudar en comprarla, dada la impresionante categoría del autor y el malditismo en el que él siempre se incluye.
    Espero que no le llegue un reconocimiento a sus méritos de todas clases después de muerto. Sería un fallo demencial

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