Una ducha con Hitchcock

Exposición sobre Hitchcock
Montaje con siluetas de los cuervos de la película ‘Los pájaros’, que puede verser en la exposición. / https://espacio.fundaciontelefonica.com

Probablemente sea una exageración, pero se dice que no hay película posterior a Psicosis, sea del género que sea, en donde salga un cuarto de baño y no haya un guiño -inquietante, cómico, terrorífico, burlón, amenazador, paródico- a la escalofriante escena del asesinato en la ducha. Más allá de la ficción, en el sumidero, en la cortina, en la alcachofa, en los cristales, en el vaho del espejo persiste la firma de Hitchcock al recordarnos que rara vez estaremos más solos e inermes que desnudos bajo un chorro de agua. Hace ya bastantes años me compré una cortina de baño donde estaba impresa la terrible silueta con el cuchillo en alto. Más de un amigo se pegó un susto de muerte al ir al baño, encender la luz y encontrarse de golpe con aquel espantajo andrógino. Y más de una vez, al volver a casa de madrugada, desmemoriado, torpe, un poco borracho, yo mismo entraba en el cuarto de baño, daba al interruptor y el fantasma de la señora Bates saltaba desde medio siglo atrás y me acojonaba vivo.

Al igual que la de la señora Bates, la silueta oronda de Hitchcock arroja una sombra tan enorme sobre las salas de cine que hoy muchos espectadores no conciben una película en donde no haya un tiroteo, un apuñalamiento, una explosión, una persecución de coches o cualquier otro acto de violencia. Por suerte o por desgracia -seguramente por ambas- Hitchcock es el cineasta más influyente de la historia: el thriller, el noir y el cine de acción no serían lo que son sin él. Por suerte o por desgracia (más bien lo segundo), el bueno de sir Alfred inventó procedimientos técnicos, trucos y argucias narrativas que se siguen utilizando décadas después aunque sin la limpieza y la honestidad de las que él siempre hizo gala. Es el cineasta del miedo por una razón muy sencilla: porque era un miedoso de tomo y lomo. Pero sus miedos venían del interior, de sus traumas, de su propia vida: por eso sus películas son inolvidables. Tras una travesura que cometió cuando era un crío, su padre lo llevó a la comisaría y le dijo a un amigo policía que lo encerrara un buen rato en la cárcel para darle un escarmiento. Hitch contaba que el poli le dijo al cerrar la reja: «Esto es lo que les pasa a los chicos malos».

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Sospecho que si le gustaba asustar y manipular a los espectadores era por intentar saldar una deuda imposible con su infancia. Pocos artistas en cualquier campo han sacado tanto rédito de sus propias fobias y casi ninguno ha logrado objetivarlas con su eficacia y su pureza. Comprendió aquella gran lección de Buñuel y los surrealistas: la idea de que la pantalla de cine es el útero perfecto para plasmar los sueños. Por eso algunas de sus mejores películas (PsicosisEncadenadosVértigoCon la muerte en los talones, La ventana indiscreta, Los pájaros) funcionan con la lógica atroz de las pesadillas, sin que apenas molesten las incongruencias, las exageraciones, las inverosimilitudes o los fallos de guión. La caída, la indefensión, la impotencia, la sospecha o la persecución incesante encontraron en sus imágenes el esplendor de una mitología. Con Hitchcock el espectador no tiene tiempo para dudar ni para pensar: sólo para darse una ducha. La angustia y el terror están quintaesenciados, exprimidos hasta quedar reducidos a acción pura, una matemática de la imagen que aprendió cuando aún era muy joven, en la escuela del cine mudo.

Hitchcock exposicion Telefonica
Hitchcock, durante el rodaje de ‘Los pájaros’ (1963). / Universal Pictures-Fundación Telefónica

Las grandes secuencias hitchcockianas -el ataque de la avioneta, el beso necrófago y cercado de recuerdos circulares, el monumental navajazo de la escalera, la creciente amenaza de los cuervos en el parque infantil, el angustioso asesinato en el horno- no necesitan de palabra alguna y, a menudo, ni siquiera de música. Concebía sus películas como pinturas en movimiento y sus cameos irrelevantes en el primer rollo son como la firma del artífice en una esquina del cuadro. En la exposición Más allá del suspense, en la Fundación Telefónica, puede admirarse la secuencia de la ducha con y sin los cortantes violines de Bernard Hermann. No es difícil elegir una pero el montaje resulta tan elocuente que estremece con su solo silencio.

Como muchos otros fanáticos del control, Hitchcock se refugiaba en su arte de las trompadas y reveses de la vida. Escondió su obesidad mórbida y su torpeza con las mujeres detrás de la elegancia y la apostura de sus protagonistas: Robert Donat, Montgomery Clift, Gregory Peck, Paul Newman, Sean Connery y, sobre todo, James Stewart y Cary Grant. Su obsesión por las rubias en apariencia gélidas -que lo llevó a un coqueteo fallido con varias de sus actrices hasta desembocar en un lamentable malentendido con Tippi Hedren– se traducía en perversas fantasías de sadismo y tortura -la mujer apuñalada en Psicosis, la novia envenenada en Encadenados, la muchacha picoteada por las gaviotas en Los pájaros– hasta desembocar en el brutal estrangulamiento de Frenesí, tal vez la violación más explícita de la historia del cine. Hitchcock se vengaba en la ficción de las actrices que lo iban rechazando una detrás de otra. Nunca entendió que Ingrid Bergman lo abandonara por Rossellini y menos aún que Grace Kelly dejara el cine para casarse con un rey. La naturaleza femenina era un misterio para él hasta el punto de que, poco antes de cumplir treinta años, alguien tuvo que explicarle por qué una actriz no podía bañarse en una escena. Fue Truffaut, en el homenaje que le dieron en Hollywood, el primero que se dio cuenta de que era el cineasta del sexo y la pasión, que en su cine la muerte y el amor eran la misma cosa porque rodaba los asesinatos como si fuesen escenas de amor y las escenas de amor como si fuesen asesinatos: «en la pantalla todo eran manchas, juegos de artificio, eyaculaciones, suspiros, estertores, pérdidas de sangre, lágrimas».

Materialista estricto con el dinero, la comida y la bebida, también solía valorar sus películas según su recaudación en taquilla, de manera que, para él, Psicosis fue un éxito completo y Vértigo, un fracaso absoluto. Le gustaba llevar el suspense fuera de la pantalla y, cuando le implantaron un marcapasos, se quedaba mirando fijamente a su interlocutor antes de decirle que estaba preparado para durar cinco años. Jamás perdió el placer por las bromas y el humor macabro, aunque al final no se atrevió a poner sobre su tumba el epitafio que tenía planeado: «Esto es lo que les pasa a los chicos malos».

Cinema Insiders (YouTube)