Cuando la pintura se pinta sólo como pintura

Exposición "Metapintura. Un viaje a la idea del arte".
"Huyendo de la critica" (1874), del pintor Pere Borell del Caso, que forma parte de la exposición "Metapintura. Un viaje a la idea del arte". / David González (Efe)

Se ha inaugurado Metapintura. Un viaje a la idea del arte, en el Museo del Prado hoy, 15 de noviembre. Esta muestra, que se enmarca dentro de lo que podríamos denominar exposiciones de claro contenido pedagógico, se distingue claramente de otras, como la que hemos visto dedicada a la figura de El Bosco, por estar alejada de cualquier intención mediática y de repercusión de gran éxito de público. Conviene apuntar que no es la primera vez que el Prado realiza muestras de este tipo. Como muestra, vale dar cuenta de la que en el año 2013 Manuela Mena llevó a cabo bajo el título de La belleza encerrada. Metapintura es exposición ideada por Javier Portús que es el encargado de pintura española en el Museo hasta el año 1700.

La concepción de la exposición es innovadora por su carácter eminentemente moderno: se trata, nada menos, que de ofrecer al público profano una auténtica lección de arte que no suele prodigarse en los manuales, la de la conciencia de la propia pintura, como objeto, que tienen los artistas. Es decir, se trata de reivindicar la pintura en aras y fuera de aquellos que la promovieron por intereses espurios al propio arte, es decir, reivindicar el arte al margen de la aristocracia, la Iglesia, la burguesía, la validez de la propia pintura como actividad que se comprende a sí misma.

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Julián Gállego reivindicó esta línea en un bello ensayo titulado Un cuadro dentro del cuadro. Para ilustrar este aserto, Gállego cita un cuadro, cuya autoría aún no está muy clara, en que Felipe V aparece sentado en un caballete en el que se apoya un lienzo donde hay una Inmaculada Concepción y una leyenda con unos versos de Lope de Vega que dicen: “Honra al pintor/si su nobleza ignoras/ siquiera porque pinta lo que adoras”. Pura reivindicación de la autoría, de las consecuencias de reivindicar el propio yo del artista siglos antes de que lo estableciera como dogma el Romanticismo. De eso sabía ya mucho Lope de Vega, pero es cuestión principal del mejor Barroco: no olvidemos que El Quijote es la primera narración moderna donde se juega genialmente con este concepto. Sólo recordemos cuando el Quijote sabe de sus aventuras por un libro donde se narran éstas.

Javier Portús, en este proyecto, lo que hace es reivindicar el Barroco, época que conoce muy bien, a través de la lección magistral que sobre la autoría nos ofrecen Las Meninas, de Velázquez. La exposición consta nada menos que de cien cuadros y los epígrafes que nos muestra Portús son fascinantes: “Los orígenes: la religión”, y para ello, Cristo crucificado contemplado por un pintor, de Zurbarán; “Pintura sabia”, y aquí hallamos a Rizi; “La Santa Faz”, con El Greco y Zurbarán o el Vasari de San Lucas pintando a la Virgen.

En “Los orígenes: La mitología” la imagen que predomina es la de Narciso: Matías Arteaga con La invención de la pintura; “El Quijote y Las Meninas”, con el cuadro de Velázquez sobresaliendo en las múltiples interpretaciones que se han hecho de él, acordémonos por su brillantez de la de Michel Foucault en Las palabras y las cosas; Cortés manda destruir los ídolos, de Miguel y Juan González en el apartado “Cuando no basta el poder: el arte de las imágenes”; Trampantojo, obra de un anónimo italiano, que nos ilustra en “La pintura como signo”, el juego tramposo del arte, juego que roza la ilusión.

En “Historia y tradición” nos topamos con el Autorretrato de Tiziano; en “Arte infinito” con Las hilanderas, de Velázquez; en “La Historia del Arte” con un Teniers, El mono pintor, y, claro, Goya en el apartado “Goya y la crisis religiosa”...

La exposición comienza en el Renacimiento y finaliza en 1819 con la creación del Museo del Prado, conmemorando así el 197 aniversario de la institución. A partir de esta fecha, para Portús, entramos en la época contemporánea y la concepción moderna de la autoría, vale decir, el Romanticismo.

El itinerario es variado y fascinante, pues además de pintura, incluye grabados, dibujos, estampas, esculturas y piezas de arte decorativas, de las que 22 han sido prestadas por 18 museos y coleccionistas particulares: la Fundación Casa de Alba, la National Gallery de Londres, el Museo de Bellas Artes de Sevilla, el Banco de España y el Museo de Bellas Artes de San Fernando.

Una exposición modélica en lo que se refiere a ser una lección del arte como autoconocimiento.

Y si tenemos que quedarnos con un epígrafe, hagámoslo con el de Cervantes, a cuyo cuarto centenario el Museo ha querido rendir homenaje confrontando nada menos que Las Meninas con El Quijote: dos primeras ediciones enmarcan el cuadro velazqueño, dando a entender que las dos obras cumbres del Barroco español son obras emblemáticas de la metaficción.

Hay que decir que el original de Velázquez seguirá en la sala 12 del edificio Villanueva, pero se expone un grafoscopio del cuadro debido a Laurent.

El Prado, con esta exposición, demuestra que es taller de creatividad en lo que concierne al conocimiento y expansión del arte.

AgenciaEFE