Julia Escobar: “Estamos empeñados en cavar un pozo de autodestrucción”

Entrevista a la escritora Julia Escobar
Julia Escobar, en una imagen de archivo durante un acto en Casa de América. / casamerica.es

Julia Escobar es una madrileña cabal de cuarta generación, afrancesada por educación sentimental e intelectual hasta el punto de ser nombrada por el Ministerio de Cultura de Francia ‘Caballero de la Orden de las Artes y las Letras’, “una manera indolora de cambiar de sexo”, según ella.

Escritora, traductora, periodista, dirigió la agitación cultural de La Casa de América durante unos años, atesora premios por su poesía (Fluyen permanentes, Premio Francisco de Quevedo, 1981), y sus traducciones (el Juan Rulfo y el Stendhal, en 1996). Antes que ésta, ha escrito dos novelas más: Nadie dijo que fuera fácil ( Edhasa, 1999) y La asamblea de los muertos (Pre-textos 2000). Ahora ha echado al mundo su última criatura, San Judas 27. La catedral del dolor (Ediciones Cinca, 2016), en la que narra la peripecia hospitalaria y vital de un enfermo de corazón, trasunto de experiencias vividas por la autora. Con que, cuartopoder.es se ha puesto a preguntarle unas cuantas cosas.

— San Judas 27 (La catedral del dolor) es una novela que va del corazón y su circunstancia. Algo de lo que sabes bastante.

— Así es, en mi caso la enfermedad empezó bastante pronto, pero la inconsciencia de la juventud me impidió tomar las medidas necesarias para ralentizar su avance. Aunque no me quejo; a pesar de las locuras que cometí cuando estaba en la flor de mis pecados, estoy durando bastante. Esta novela habla de ese doloroso y largo aprendizaje.

— San Judas es un título que intriga, hasta que se encuentra la aclaración: resulta que es un médico, un cardiólogo para más señas. ¿Hay alguna razón para elegir ese nombre? 

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— Es el nombre de la prótesis valvular de titanio que me implantaron cuyo nombre es, precisamente, St Jude27. La historia de por qué se llama así tiene que ver con los milagros. El científico que la inventó, intentaba colocarla para su comercialización y entró en la iglesia de San Patricio (NY) –supongo que sería católico- para pedirle a San Judas Tadeo, patrono de los imposibles, que le aceptaran la válvula, como así fue, y la llamó St Jude. A mí me tocó la serie 27. Por eso he llamado San Judas al cirujano que opera al protagonista de mi novela.

— En ella analizas minuciosa, obsesivamente –con resultado a menudo humorístico- las distintas etapas por donde pasa el protagonista, que se somete a una operación de corazón y todo lo que viene después. El humor brilla y desvela la inteligencia y la gracia de la novela: ¿un recurso necesario para contarlo mejor?

— Has acertado plenamente, transferir una experiencia a otro, máxime si es traumática, permite mayor objetividad, ¡para no hablar de la libertad de expresión! Si se habla “en serio” de algo así, se corre el peligro de ser autocompasivo y autocomplaciente. No se trata de informar sobre las condiciones de la vida hospitalaria (tema muy aburrido) sino de reflejarla y eso siempre se hace mejor mediante la parábola, la fábula y el ejemplo.

— “Dar un susto al miedo” decías cuando La asamblea de los muertos (Pretextos, 2000). ¿Hay algo de eso en San Judas?

“Siempre hay que zurrar al miedo
y a la muerte”

— Siempre hay que zurrar al miedo y a la muerte. ¡No me cogerás por ahí, zorra! Dice Rafael Lillo a esta última en un momento dado. Ya sabemos que esos movimientos de distracción son sólo dilatorios pero eso es lo que quiere Lillo: sobrevivir a toda costa.

— Las historias de terror de tu abuela han cincelado parte de tus íntimos intereses, guardadas pareces tenerlas en tu recoveco más intransferible.

— Ella, que era analfabeta, me convirtió en escribidora y esas historias de su convivencia constante y familiar con el más allá me fascinaban; utilizaba a los difuntos como despertador, la decían. ¡Justa, son las seis! Y ella se levantaba, tan diligente a sus tareas. Me fascinaba y la llevo en los adentros.

Portada del libro.
Portada del libro.

— ¿De dónde te nace ese chispazo humorístico que pone tierra de por medio a los melodramas de la vida diaria?

— Es una estratagema bastante corriente, creo yo, para enfrentarte a la realidad cuando te enseña su feo rostro. Y es que doña Realidad, como decía Galdós, es una señora bastante híspida.

— En San Judas hay humor pero también páginas de reflexiva soledad del personaje en cuestión.

— La vida está hecha de luces y de sombras; además, no es una novela humorística, la he escrito muy en serio, poniendo toda la carne en el asador. Yo la computo como pesimista y amarga, pero han podido las luces por lo que veo.

— ¿No te atreviste a dejar que el personaje fuera una mujer o lo de poner a un hombre está buscado con ahínco?

— Está hecho a propósito. Quería distanciarme de mí misma y lo mejor era cambiar de sexo. Ponerse en la cabeza de un hombre no es muy difícil y resulta evidente en las apreciaciones que hace Rafael Lillo sobre las mujeres y la familia. Era importante –y menos comprometido para mí- que las hiciera un hombre para caracterizar y comprender mejor su contradictoria y torturada relación familiar.

— En tu escritura siempre está presente un cierto homenaje a los olvidados o casi. Incluso en tu blog. Parece que no puedas evitar su reivindicación: Rosa Chacel, por ejemplo; Consuelo Berges… casi como si fuera de tu familia.

“Me fascina el escritor secreto,
de culto; esas personas ajenas
al éxito”

— Siempre me ha fascinado el escritor secreto, de culto o como quiera que se diga. Esas personas ajenas al éxito; aunque lo alcancen, parece como si fuera en contra de su voluntad, como si practicaran una suerte de estética del desdén. Hay una larga lista tanto en España como en el extranjero y, qué casualidad, suelen ser los mejores. En cuanto a si los considero de mi familia, en cierto modo sí, son esas filiaciones que uno se encuentra o que, al menos, quisiera tener.

— Arritmias es un poemario tuyo a punto de salir. ¿Más problemas del corazón?

— Es un libro de poemas que me ha llevado mucho tiempo recopilar, porque he dejado muchas cosas en el camino. Escribir no es lo complicado, lo peor es “armar un libro”. No va de enfermedades, pero si de experiencias. Nada que ver, creo yo, con mis otros libros de poemas, más metafísicos, por así decirlo, o por decir algo.

— Dices no haberte repuesto aún del estragamiento de tus años de dirección cultural de la Casa de América (2006-2013): ¿qué es lo más bárbaro de esos trabajos, del bregar con la vida cultural?

— El tener que olvidarte de ti mismo. Hacer dejación de tus gustos literarios y estéticos, utilizar una lengua de palo, rayana en lo administrativo. Entenderás que me haya costado mucho trabajo.

— Traductora: “un ejercicio de virtud literaria” (Michel Tournier) ¿Especialmente cuando se topa con un escollo de los duros? Ahora has terminado una traducción difícil de Huysmans…

“La traducción es un tipo de escritura cuyo argumento pertenece a otro”

— La traducción es mucho más difícil que la escritura propia, hago esta diferenciación porque también es un tipo de escritura, pero cuyo argumento, por así decirlo, pertenece a otro. Esa traslación de las ideas y las ocurrencias de otro a tu propia lengua es un proceso muy delicado que requiere mucha habilidad y mucha técnica. Más que el fluir de la propia conciencia.  En ese sentido es un ejercicio de virtuosismo de primer orden, como muy bien dijo Michel Tournier. Sobre todo si te topas con un hueso duro de roer, como Huysmans, o Rimbaud, Jabès, Michaux, como he hecho anteriormente. Me va la marcha.

— Zoon politikón: del anarquismo a otras consideraciones. Vivimos un momento interesante en España a este respecto, ¿no te parece?

— Interesante… y patético, como ocurre siempre con estos procesos supuestamente revolucionarios.

— Nos hace falta más sentido del humor, mayor distanciamiento para evitar tanto rasgado de vestiduras, ¿no?

— Yo diría que no contentos con levantar una torre a nuestra humana soberbia, estamos ahora empeñados en cavar ese pozo de Babel, como llamaba Kafka a ese proceso de desmoronamiento y autodestrucción: “Estamos cavando el pozo de Babel”, decía exactamente.

— ¿Ilustra la intervención de Rufián en el Congreso, cuando la investidura de Rajoy, ese pozo de Babel?

— Un ejemplo perfecto de todo eso, en efecto. Yo de Rufián me quedo con su nombre. Lo añadiría gustosamente a la lista de nombres predestinados que tanto gusta a Rafael Lillo en San Judas 27, junto al del montañero Escalante o el banquero Botín. Y no digo más.