Elena Fortún y Carmen Laforet, amores intensos

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Elena Fortún y Carmen Laforet, Carmen Laforet, en su juventud/ munich.cervantes.es
Carmen Laforet, en su juventud, en una imagen de archivo, fumando un cigarrillo. / munich.cervantes.es

Se ha publicado una correspondencia entre Elena Fortún y Carmen Laforet (De corazón y alma, Fundación Banco de Santander, 2017) que desvela el calor de la amistad de dos mujeres a las que separaban 35 años y muchos kilómetros, pero que estaban unidas por la literatura y la soledad, dos fuertes amarras. Una joven Carmen Laforet  que había ganado el primer premio Nadal a los 23 años, con su primera novela, Nada, escribe a una madura y enferma Elena Fortún,  autora de la gran Celia que Laforet había leído y admiraba con entusiasmo. El libro se presentó este jueves, día 9, en la sede del Instituto Cervantes, de Madrid.

Con prólogo de Cristina y Silvia Cerezales, hijas de Laforet, y la especialista en Fortún, Nuria Capdevila-Argüelles, qué oportuno que se resuciten dos nombres marginados de la literatura española de los peores años del siglo XX, Guerra Civil y postguerra. El que un escritor no se dé a conocer con obra ya publicada suele deberse a que sus libros no son importantes y el tiempo se encarga de borrar de la memoria a escritores que quizá hayan tenido mucho éxito cuando vivos, pero cuyas obras no significan gran cosa. Así ha sido siempre y así seguirá ocurriendo.

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Pero el caso de estas dos mujeres me parece distinto. La calidad literaria de ambas es indudable y más aún la visión de la realidad de esos años que aporta su mirada femenina, nada complaciente con la de las heroínas de la novela rosa, como señaló brillantemente Carmen Martín Gaite en su ensayo: Desde la ventana. Enfoque femenino de la literatura española (1987).

Cubierta de la Obra. / fundacionbancosantander.com

En el caso de Laforet: la sórdida realidad de la Barcelona de postguerra; con Fortún: los desastres de la guerra mirados sin pasión partidista, como en Celia en la revolución (Renacimiento, 2016), recientemente reeditada. Por suerte, el afán recuperador de sus mejores lectores las devuelve a la luz.

Otra buena noticia es la publicación de la novela inédita de Elena Fortún, Oculto sendero (Renacimiento, 2017) que ha dormido un largo sueño, en parte debido a que su peculiar historia amorosa hizo dificil la publicación en su día, y de la que quizá nos podamos ocupar aquí más adelante.

Fortún, como ya se leyó en cuartopoder.es en otra ocasión, mantuvo una relación amorosa con la grafóloga Matilde Ras, y en sus cartas a Laforet muestra una inclinación que sobrepasa la de una amistad común y corriente. Al fin y al cabo, nada en ella era común y corriente.

Pero es que Laforet inspiraba instinto amoroso en cuantos la trataron. Algo había en ella que incitaba a quererla. Le pasó a otro corresponsal con quien intercambió cartas, Ramón J. Sender, quien llegó a escribirle: “No sabes lo que daría por poderte ver una o dos veces, al menos, por semana. Todas las miserias del llamado exilio desaparecerían y la vida sería un verdadero lujo. Al menos, para mí”. (Puedo contar contigo. Correspondencia, Destino, 2003).

Como en aquella correspondencia, Laforet cuenta a Fortún su desasosiego por haberse metido en el lío de montar una familia y no tener tiempo ni soledad para escribir. Y la autora de Celia anima a la joven escritora a encerrarse en el baño si hace falta para sacar tiempo.

Una vez divorciada, en 1971, Laforet le escribe a Sender: “Ahora tendré más libertad para moverme que durante los últimos veinticuatro años. Y también creo que más libertad de espíritu”. Ahora sabemos que apenas pudo superar el éxito de su primera novela antes de que la enfermedad se cebara en ella.

Pero estábamos con el libro recién presentado de las cartas entre Elena Fortún y Carmen Laforet. Una lectura amable y vibrante que acerca a quien la haga las personalidades de dos grandes escritoras. Sin concesiones ni condescendencias que valgan, dos corazones solitarios que alumbran una pequeña fogata para alentar las ganas de vivir y escribir.

En palabras de Soledad Puértolas: “Se huye de lo mismo que se persigue. Lo que queda fuera de la razón, los sueños. Regresamos a Nada y, repentinamente, nos vemos en medio del pasillo en penumbra, indecisos, sin saber qué pasos dar para alcanzar todo lo que esperábamos de la vida”. Estas cartas son una lección para jóvenes escritores.

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