Juaristi: "Los vascos siempre serán necesarios para cualquier nacionalismo español"

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El escritor bilbaíno Jon Juaristi, autor del ensayo ‘Los árboles portátiles’. / Efe

Jon Juaristi (Bilbao, 1951) acaba de publicar su último libro de ensayos, Los árboles portátiles (Taurus), donde rememora la travesía que desde Marsella realizó a la Martinica, el 25 de marzo de 1941, el carguero Capitaine Paul Lemerle, con doscientas personas a bordo, personalidades más o menos importantes que huían del fascismo. Entre ellos se encontraban André Breton, Victor Serge, Claude Lévi-Strauss, Wifredo Lam… En este ensayo, Juaristi realiza una especie de balance de lo que significaron las vanguardias y, de paso, las implicaciones con los regímenes totalitarios que en muchos casos ayudaron a consolidar. Tratándose de Juaristi, la cosa no se queda ahí y así, por ejemplo, aprovecha el capítulo que dedica a Lévi-Strauss para ofrecer un apasionante recorrido por las distintas facciones del judaísmo en la Europa del XIX. De estilo magnífico, digresivo aunque sin perder nunca el hilo, Los árboles portátiles es uno de los grandes ensayos de su autor. Con él mantuvimos esta entrevista donde explica aspectos insospechados del libro y repasa algunas cuestiones que tenemos aparcadas hoy día, como el significado último del nacionalismo vasco.

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Los árboles portátiles, el título de su último libro es un heptasílabo de Lope de Vega. La mayoría de los títulos de sus libros son heptasílabos. ¿Manía de poeta? ¿Y que tipo de manía? Recuerdo un amigo que titulaba con endecasílabos, pero esto parece más normal…

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— En rigor, es un heptasílabo extraído de un endecasílabo de Lope: “Los árboles portátiles de España”, que se refiere a la Armada Invencible. No sé de dónde me viene esa manía, de verdad. Me la hizo notar, hace ya mucho tiempo, Julio Martínez Mesanza, un gran poeta y amigo que tiene un oído finísimo.

Un heptasílabo es medio alejandrino, un hemistiquio redondo que pide otro no escrito aún, como una deixis en fantasma. Posiblemente tenga algo que ver con los zortzikos de Iparraguirre que oí en mi infancia: Gernikako arbola (7 sílabas)/ da bedeinkatuá (otras 7). En vasco no se hace sinalefa. O, en castellano, “El árbol de Guernica/ nunca se secará”. El árbol de Guernica y los árboles portátiles, las siete ramas simbólicas del árbol vasco y toda la coña esa del zazpiak bat, “las siete una”, por las siete euskalerrías. Pero acaso venga de las siete notas de la escala, de los siete planetas, de los siete pecados capitales o de los siete enanitos de Blancanieves (que son lo mismo).

El libro parece un cierto juicio a la Modernidad, a las vanguardias, en especial sus relaciones con el totalitarismo. Sin embargo, tanto Breton, como Serge, como Lévi-Strauss, como muchos otros, huyen en el barco hacia América haciendo najas del fascismo…

— Más que un juicio, creo que quiere ser una divagación personal sobre la genealogía de la modernidad, o quizá de la posmodernidad (o sea, de la modernidad en la primera fase de su globalización, a la que llega gracias a una guerra que, ahora sí, por primera vez, es verdaderamente mundial) y que implica ese flujo de refugiados hacia América, un flujo que habría comenzado con los republicanos españoles en 1939. También ellos salieron huyendo del fascismo y, sin embargo, había entre ellos muchos partidarios del otro totalitarismo. Ramón Mercader y su mamá, sin ir más lejos.

“Hay gente con un sentido demasiado reverencial de la literatura, a quienes irrita la disgresión, pero está en Cervantes, en la primera parte del Quijote.”

El libro mantiene una fascinante línea narrativa, no es la primera vez en sus libros, incluso hay digresiones personales, referentes a sus antepasados, incluso lecturas personales, de Conrad, de Baroja. Incluso nos narra que está escribiendo el caluroso verano del 2016 con una camiseta y pantalón Levi´s, en lo que concierne a Lévi-Strauss. Háblenos de este método no muy frecuente entre nosotros y sí más entre los anglosajones…

— No Levi’s, sino Levi Strauss, con todas las letras. Hay gente con un sentido demasiado reverencial de la literatura a la que esta tendencia a la digresión irrita. Qué le vamos a hacer. Está ya en Cervantes, desde el prólogo mismo a la primera parte del Quijote. Pero sí, es cierto que la he aprendido sobre todo de autores británicos, irlandeses, estadounidenses o asimilados, como Nabokov, que es un maestro, el tío. Y la verdad es que no sé hacerlo de otra forma, no sé guardar pudorosas distancias.

El capítulo dedicado a Lévi-Strauss es importante porque casi, casi es un pequeño ensayo sobre la situación de los judíos europeos desde mediados del XIX y su aportación a la cultura. Se ha dicho muchas veces que los judíos fueron decisivos en la conformación de las vanguardias artísticas y revolucionarias ¿Cúal cree que fue su auténtica dimensión?

— A mediados de los noventa coincidí en Jerusalén con George Steiner (nos alojábamos los dos en Miskhenot Sha’ananim, ese complejo hotelero tan estupendo junto al molino de Montefiore). Yo estaba invitado por el Pen Club y él, creo, por la Universidad Hebrea de Monte Scopus o por otra institución universitaria, de modo que no asistí a su famosa conferencia que tanto irritó a los israelíes, cuando les dijo que se olvidaran de la gran cultura judía de la diáspora, que habían escogido ser una pequeña nación-estado y que tendrían en adelante el porcentaje de genialidad correspondiente a cualquier otra nación-estado de esas dimensiones. Mis amigos israelíes, los escritores sobre todo, estaban muy indignados, pero creo que Steiner tenía razón. Fueron las condiciones de exclusión a las que se sometió a los judíos en los países de mayoría cristiana lo que propició la aparición de una gran cultura judía, tanto en el campo de las letras como en el de las ciencias. Américo Castro ya había observado algo muy parecido acerca de los conversos españoles de nuestra Edad Conflictiva. Se buscaba la integración social mediante la meritocracia en el campo del saber, pero esto, que estaba al alcance de los gentiles, les estaba vedado a los judíos, de modo que sus elites intelectuales derivaron hacia la revolución o, cuando menos, se radicalizaron.

Cubierta de la obra de Jon Juaristi
Cubierta de la obra de Jon Juaristi

La deconstrucción que lleva a cabo supone una desacralización tremenda. Pienso en la acusación de homófobo, cierto, de Breton que llegó a expulsar del movimiento surrealista a homosexuales…

— Sí, bueno…está el caso de René Crevel, que acabó suicidándose, en parte, al menos, a causa de las humillaciones que le infligía Breton. Pero sospecho incluso que la antipatía que éste desarrolló hacia Dalí se debía a cierta intuición de la bisexualidad daliniana. Dalí era un paranoico consciente de serlo, que elevó la paranoia a método; Breton, un paranoico que se ignoraba. El paranoico, como es sabido, no está seguro de su identidad sexual y cree que todo el mundo quiere abusar de él. Por eso desarrolla fobias contra los homosexuales de su sexo.

Me interesa especialmente que adscriba las vanguardias a una reacción de la alta cultura ante la cultura de masas. Muy interesante y esclarecedor…

— Pero creo que eso ya está muy asumido por la historia crítica de las vanguardias. Pienso en Umberto Eco, en John Carey…

Lo que las vanguardias pretenden salvar es la sacralidad del artista. Mi maestro Paul Bénichou explicó cómo a la desacralización del sacerdote, en el siglo XVIII, había sucedido la consagración del filósofo, y a ésta, en el Romanticismo, la del literato, o la del artista, si se prefiere, el nuevo poder espiritual. Las vanguardias fueron la última línea de defensa del sacerdocio artístico. El ejemplo más claro, a mi juicio, es Duchamp, que se erige en la encarnación del Artista como Dios. Es Arte cualquier cosa que él decida que es Arte, un botellero o un urinario. Obviamente, lo que Duchamp defiende no es la sacralidad del Arte, sino la del Artista.

“Las vanguardias fueron la última línea de defensa del sacerdocio artístico. El ejemplo más claro es Duchamp, que se erige en la encarnación del Artista como Dios”

En aquel barco que fue a la Martinica usted quiere ver una metáfora de la joven Europa huyendo del fascismo. Me interesa la relación que usted establece entre los avatares de ese grupo antes de salir de Marsella y la película Casablanca, que parece calcada…

— Y es lógico. Probablemente, alguno de los técnicos del equipo de Fritz Lang que viajaron en el Capitaine Paul Lemerle terminaría trabajando el año siguiente con Curtiz en el rodaje de Casablanca. Ambos acontecimientos, el viaje y la película, se inscriben en la misma historia, son sincrónicos, casi simultáneos. Sin embargo, me parece que hay una semejanza mayor entre la Casablanca de Casablanca y el Fort-de-France que encuentran los exilados en Martinica (con trasuntos sorprendentes del capitán Renault) que entre Marsella y Casablanca. Casablanca y Martinica son colonias, con toda la arbitrariedad del poder colonial representado por Renault (o por el teniente Castaign o el Almirante Robert, en Martinica). En Marsella, a pesar de Vichy, las instituciones republicanas siguen funcionando. Véase un ejemplo : el funcionamiento inicuo de los tribunales martiniqueses, descrito por Breton y Lévi-Strauss, nada tiene que ver con el de los tribunales de Aix-en-Provence o Marsella, que denegaron a Franco la mayor parte de las extradiciones exigidas por el embajador en París, José Félix de Lequerica. Gracias a ello, a la relativa independencia de los tribunales en la metrópoli francesa, salvaron sus vidas Josep Tarradellas, Luis Fernández Clérigo, mi propio tío Tomás Bilbao –ministro de la II República– y un buen número de refugiados españoles.

Para nosotros, los españoles, nos es especialmente sugerente la persona de Víctor Serge, el revolucionario antiestalinista, por excelencia. Las relaciones con el POUM, por ejemplo. En el libro le otorga usted una especial lucidez, incluso respecto a Breton y el surrealismo. ¿Podría valorarnos brevemente al personaje, poco conocido para el común?

— Bueno, no tanto: se acaba de publicar en español una de sus novelas, Medianoche en el siglo. Sí, Serge tuvo bastante relación con España. En 1917, como anarquista, participó en los acontecimientos insurreccionales de Barcelona junto a Salvador Seguí, el Noi del Sucre. Murió en México, junto a sus compañeros poumistas (Gorkin, Gironella), como un refugiado español. Fue un personaje complejo, siempre moviéndose entre la clarividencia y el delirio. Denunció, mucho antes que cualquier otro comunista, el carácter totalitario del régimen soviético. En fin, la desgracia lo persiguió desde niño. Hay una foto de sus últimos años en México que lo clava. Aparece elegantemente vestido con americana, corbata, abrigo y sombrero, del brazo de su mujer, Laurette Séjourné, y en compañía del muralista Gerardo Murillo (Doctor Atl, hecho un desgarramantas, un Cantinflas, como le era usual), al pie de un volcán en erupción. Podría ser el cónsul Firmin, de Lowry. Serge vivió siempre under the volcano, le iba la marcha.

¿Establece usted algún tipo de relación entre la situación actual y los años previos al fascismo? Lo digo, porque parece haber hoy día una confrontación entre librecambio y defensores de la autarquía más o menos larvada… Trump, Le Pen…

— No, no se parecen en nada, lo que no quiere decir que lo que nos espera vaya a ser mejor.

“Los nacionalistas vascos han logrado ganar perdiendo o perder ganando, como siempre. El escarmiento que infligió con ETA al resto de España, ha funcionado”

Tengo que decirle que a mi la novela de Joseph Conrad, La flecha de oro, no me parece tan rematadamente mala como a usted le parece en el libro, poniéndolo por debajo de la novela de tema marsellés de Baroja. Pero mi pregunta final no es esa sino de corte más prosaico, ¿cómo valora la actual situación política en España y siendo como fue, un vasco que primero llevó al PSOE a los restos de la socialdemocracia vasca y, luego se ha implicado en todos los procesos de su tierra de origen, cómo valora la especial conformación del País Vasco, tan diferente de la de Cataluña?

— Pero convendrá conmigo que tampoco es de lo mejor que escribió Conrad.

Los nacionalistas vascos han conseguido ganar perdiendo o perder ganando, como siempre. ETA ha tenido que dejar de matar, pero el escarmiento que mediante el terrorismo infligió el nacionalismo vasco en su conjunto a la España democrática ha funcionado. Nadie cuestionará de ahora en adelante los privilegios vascos. Como el lehendakari Urkullu ha hecho saber, los vascos son “la nación foral”, lo que significa dos cosas: que la identidad “nacional” vasca no consiste en la lengua ni en la raza, sino en los fueros –o sea en el privilegio–, y que los vascos son aquella parte de la nación (española) que, no se sabe por qué, disfruta de privilegios que no tienen los demás españoles. Si usted está de acuerdo con esa situación, vale y todos conformes, y si no, guárdeselo para usted, porque no querrá empezar otra nueva guerra del norte, ¿verdad? Deje eso a Juego de tronos… Mientras no se cuestione el privilegio (o sea, que los vascos hagan de su capa un sayo o una boina) nadie allí reclamará en serio la independencia (¿para qué?, ¿en qué otra situación estarían mejor?).

Y me encanta eso de que yo inicié el trasvase de la socialdemocracia vasca al PSOE. Eso creía yo, pero, treinta años después, está claro, desgraciadamente para mí, que lo que yo inicié fue el trasvase de lo poco que quedaba del PSOE en el País Vasco a la socialdemocracia vasca (Partido Socialista de Euskadi-Euskadiko Ezkerra), que es lo que hoy existe, o sea, la rama socialdemócrata del nacionalismo vasco (una especie de PSC pero en gorrón). En fin, que no hay quien pueda con la gente marinera ni con el nacionalismo vasco, entre otras cosas, por lo necesarios que son los vascos para cualquier nacionalismo español, que siempre les encomendará representar a la España primitiva y eterna. Para ello tienen que formar parte inalienable de España, pero mantenerse aparte de los demás españoles, como una comunidad racial y lingüísticamente diferenciada, sin mezcla de moros, judíos o maquetos. Lo siento, pero eso hay que pagárselo a los vascos, como a los empleados de cualquier parque temático.