DAVID TORRES | Publicado: - Actualizado: 30/3/2017 14:31

Howard Phillips Lovecraft en Brooklyn, donde vivió sus últimos años. / Donovan K. Loucks (Wikipedia)

Lovecraft. Aunque, en sentido literal, Lovecraft significa otra cosa, la palabra suena a moho, a tentáculos, a grimorios ocultos y misterios pavorosos. En la biografía de Sprague Du Camp, que leí hace ya muchos años, salía retratado como un caballero retraído y bondadoso, educado en tradiciones vetustas, sobreprotegido por una madre que no paraba de martirizarlo por su aspecto físico y que no le permitía jugar con otros críos. Ese aislamiento forzoso se tradujo en una vocación de soledad y en un racismo patológico que se fue acentuando con los años. Lo curioso es el modo en que él aprovechó sus propias fobias y rarezas como combustible para fundar una cosmogonía y un nuevo territorio literario. El asco que le inspiraron los negros o los chinos y con el que amasó inmundas abominaciones; la alergia al pescado que le intoxicó una vez de niño y que él tradujo en un temor repulsivo al mar y a sus criaturas.

Cuando murió, todavía muy joven, el 15 de marzo de 1937, ni siquiera había publicado un solo libro, apenas lo conocían unos cuantos lectores de revistas y un puñado de discípulos incondicionales. Hoy su influencia se ha infiltrado en diversos géneros –del terror a la ciencia-ficción– y su obra no sólo cuenta con millones de admiradores, sino que ha sufrido plagios, homenajes musicales, juegos de rol, videojuegos y adaptaciones cinematográficas. Muchos lo consideran un autor mediocre por su estilo ampuloso y su sobrecarga de adjetivos; otros, por ejemplo, Houellebecq, piensan que es mucho más que un gran escritor: “No sabía que la literatura podía hacer eso. Y además no estoy seguro de que pueda. Hay algo en Lovecraft que no es del todo literario”.

Puede que no fuera un gran prosista ni un mago del idioma pero, en efecto, alguna extraña fascinación ejerce un artista al que uno de los estilistas consumados del siglo XX, Jorge Luis Borges, rindió pleitesía en There are More Things, un cuento que huele a Lovecraft por los cuatro costados. Como otros grandes escritores antes que él, en su obra puede rastrearse el influjo de docenas de maestros anteriores (Poe, Lord Dunsany, Arthur Machen, Algernon Blackwood, Robert W. Chambers, Ambrose Bierce); sin embargo, Lovecraft no sólo significa el punto común a todos ellos, el delta literario donde de algún modo desembocan, sino una especie de síntesis dialéctica que cuajó en lo que se ha denominado “horror cósmico” o “cuento materialista de terror”. En la imprescinble antología Los mitos de Cthulhu (Alianza Ed.), el estudioso Rafael Llopis ha dividido en tres grandes momentos el enorme ciclo narrativo generado en torno al genio de Providence: los precursores, que incluyen a los escritores antes citados y algunos relatos primerizos del propio Lovecraft; el círculo de Lovecraft, formado por el grueso de su obra y los discípulos más o menos directos (Frank Belknap Long, Clark Ashton Smith, Robert E. Howard); y los continuadores, entre los que se cuentan August Derleth –el taxonomista maniqueo del grupo– Ramsey Campbell o Robert Bloch, quienes muestran la inevitable decadencia mediante la repetición de clichés, fórmulas y parodias.

Era sencillo caer en el cliché puesto que la idea motriz que anima la literatura lovecraftiana es sencilla, atractiva y muy fácil de resumir: el mundo es sólo un espejismo bajo cuyo cristal acechan divinidades bestiales y todopoderosas, exiliadas en los abismos del espacio y del tiempo, que un día reclamarán lo que siempre fue suyo. Este sentimiento de lo numinoso, de algo horripilante oculto tras el velo de maya, aparecía ya en algunos relatos escalofriantes de Machen (El gran dios Pan), de Chambers (El rey amarillo) y de Blackwood (El Wendigo), pero Lovecraft lo dotó de una carnalidad y un impulso metafísico que convierten la lectura de sus mejores cuentos (La llamada de Cthulhu, El retrato de Pickman, La sombra sobre Innsmouth, El caso de Charles Dexter Ward, En la noche de los tiempos) en una experiencia inolvidable.

No son los argumentos –bastante trillados por otra parte– ni el estilo –tan farragoso en ocasiones– lo que hacen de Lovecraft un autor de culto, un visionario único. Es, más bien, la atmósfera de puro espanto sobrenatural que lo impregna todo: escenario, personajes, trama, ambiente, desde la primera frase hasta la última. La observación de Houellebecq es misteriosamente certera: cuando uno descubre a Lovecraft a los trece o a los quince años, de repente sabe que no está leyendo un extraordinario cuento de miedo, sino una revelación atroz. De algún modo, hasta el lector más friki o despistado comprende que este tipo no es tanto un escritor de literatura fantástica como el involuntario profeta de una religión aterradora. En los momentos más altos de su pánico, ahí donde el lenguaje no llega y tiene que recurrir a descripciones lujuriosas o a la impotente reiteración de adjetivos (lo innombrable, lo indescriptible), Lovecraft alcanza una desesperación nítida, adelantando aquel pasaje de Paul Bowles en que el protagonista sospecha que el cielo es una capa que nos esconde de la noche, protegiéndonos del horror que hay en lo alto.

Thomas Ligotti, uno de sus grandes herederos, ve en Lovecraft no sólo uno de los artífices supremos del horror, sino un guía absoluto del pesimismo, de una honestidad abrumadora, intolerable. En la primera frase del magnífico ensayo que dedicó a su género favorito (El horror sobrenatural en la literatura), Lovecraft escribió: “La más antigua e intensa de las emociones humanas es el miedo, y el más antiguo e intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”. El tuvo miedo de todo –miedo de los negros, de los chinos, de los peces, de las mujeres, del tedio central de la existencia humana– excepto de explorar su propio miedo hasta sus últimas consecuencias, para nuestro deleite y nuestro escalofrío.

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