'David Lynch: The Art Life': sólo para fanáticos

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David Lynch The Art Life
Cartel anunciador del documental cinematográfico 'David Lynch: The Art Life'. / Film Constellation

No soy un entregado seguidor del modernísimo David Lynch, un autor que me parece demasiado caprichoso y muy dado a excesos narrativos, tanto de guión como visuales. De él sólo me gustan dos películas: El hombre elefante y Una historia verdadera.

No sé que le vio Mel Brooks a la desagradable y tan sobrevalorada Cabeza borradora para decidir producir la magistral El hombre elefante, pero el caso es que los dos lograron uno de los títulos más redondos y desgarradores de los años ochenta y, desde luego, la mejor película de Lynch con mucha diferencia. Su primer largo fue el mejor. Luego llegaron los desatinos y las moderneces.

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Mel Brooks fue muy listo al desvincular su nombre de la promoción de El hombre elefante, para que no se mezclara su humor chabacano con la delicadeza de la historia, una maravilla sobre el horror del diferente y su redención. Y ojo: no fue Lynch el primer candidato para rodar la desgarradora historia de Joseph Carey Merrick. Terrence Malick también estuvo entre los candidatos barajados. Nos libramos de una muy gorda. Finalmente, Lynch no sólo coescribió y rodó el film, también se encargó de la dirección musical y de su diseño de sonido.

Injustamente, en la entrega de los Oscar de su año (que tuvo lugar el 31 de marzo de 1981 en el Dorothy Chandler Pavilion) los premios al Mejor Guión y a la Mejor Película recayeron en la sobrevalorada Gente corriente. Robert Redford, su director, también ganó con ella el Oscar al Mejor Director, ganando no sólo a Lynch, también a Roman Polanski (nominado por Tess) y a Martin Scorsese (nominado por Toro salvaje).

Cuatro años más tarde, y ya asentado en Hollywood, Lynch rodaría la desastrosa Dune, cuya calamitosa producción da para un libro. Tras este dislate llegaron otras obras también bastante caprichosas y que han envejecido mal, aunque en aquellos años se consideraron modernísimas y todavía hoy tienen legiones de fans. Me refiero a Terciopelo azul, Corazón salvaje, Carretera perdida, Mulholland Drive e Inland Empire, tras la cual Lynch se dispuso a rodar infinidad de cortometrajes. Ahora acaba de regresar al universo Twink Peaks.

Entre todos estos caprichos, aplaudidos por los fanáticos y la crítica, David Lynch rodó otra hermosísima película “clasica” (y afortunadamente nada lynchiana) llamada Una historia verdadera. En ella Richard Farnsworth (Alvin Straight, apellido que significa derecho y hace alusión al título original de la película, Straight Story) es un anciano que vive en Iowa con una hija discapacitada. Tiene un enfisema, está medio ciego y sufre de la cadera. Un día le informan de que su hermano Lyle (Harry Dean Stanton), con el que lleva sin hablarse diez años, ha tenido un infarto. Ni corto ni perezoso, y a su edad, decide ir hasta Wisconsin a verlo. Y no sólo recorrerá 500 kilometros, además lo hará en una podadora, que es el único vehículo que el hombre tiene en la vida.

Lynch huyó de lo lynchiano con aquella maravilla y entregó un film clásico, poético, sencillo, precioso. Una película que parece que no tiene nada pero lo tiene todo y escrito por dos casi desconocidos: John Roach (este es su único guión, no ha escrito nada más) y Mary Sweeney, amiga cercana y colaboradora de David Lynch.

El estreno dejó a todo el mundo con el pie cambiado, como se suele decir. En 1999 los fans del director asistentes al Festival de Cannes no se podían creer lo que acababan de ver. ¿Casi dos horas de un viejo sobre una podadora?

Ahora esos fieles están de enhorabuena porque se estrena entre nosotros David Lynch: The Art Life, otro capricho del cineasta. Los que esperábamos escuchar un sincero y riguroso análisis de su cinematografía en sus propias palabras, nos quedamos con las ganas, porque en el documental habla de su infancia, su adolescencia, sus sueños, de imágenes del pasado... antes de hacer cine. En fin, que no se van a encontrar con un documental tan brillante como el reciente y muy recomendable De Palma, en el que el director de Carrie desentraña toda su carrera y además de forma severa y admirablemente autocrítica.

Eso no lo van a encontrar en este documental para devotos. Además, intuyo que David Lynch coincide con Stanley Kubrick en su rechazo a explicar demasiado sus películas. Me da que también prefiere que el propio espectador las interprete con total libertad.

David Lynch: The Art Life nos habla de la importancia de los sueños frente a una realidad anodina y a veces dura y está narrado por Lynch de forma natural y relajada. Y todo bajo el humo de sus cigarrillos y con sus pinceles cerca (también le fascina la pintura). Pero ya digo: es sólo para fans del cineasta. Para quien le interese las reflexiones sobre su infancia y sobre proyectos que no tienen nada que ver con su cine. La pena es que la vida de Lynch hasta rodar Cabeza borradora no tiene mucho de particular y es bastante anodina.

El plan B:

Por si había pocas, aquí llega una nueva franquicia: Ghost in the Shell, basada en una conocida saga de ciencia ficción. La película la protagoniza un híbrido cyborg-humano femenino dedicado a operaciones especiales para cazar a peligrosos extremistas y criminales.

La estrella de la función es la bella Scarlett Johansson y el resultado es una película con mucha acción y efectos digitales con más forma que fondo. El que solo busque eso en una película la disfrutará.

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