Don Quijote en el Congreso

La presidenta del Congreso, Ana Pastor, el pasado miércoles, durante la prsentación de los ejemplares llegados a la Biblioteca de la Cámara procedentes de una treintena de países. / Congreso de los Diputados (Facebook)

Todo lo bueno y todo lo malo en los últimos años de vida de Alonso Quijano fue por culpa exclusiva de la lectura. Por un exceso de letra impresa nació don Quijote y por la infamia de un impostor llamado Avellaneda, que publicó un libro con aventuras apócrifas, salió otra vez junto a Sancho Panza a correr los caminos. Nunca agradeceremos bastante a Avellaneda esa usurpación de copyright que dio a Cervantes la ocasión de desquitarse con las páginas más altas que haya dado la literatura.

A los políticos de turno se les llena la boca a dos carrillos hablando de don Quijote cuando en realidad casi siempre están haciendo el Sancho. Últimamente, sin embargo, la tendencia ha ido a peor y han preferido el papel de cura, que le quemó la biblioteca a Alonso Quijano para curarle de su demencia. Fue una imagen afortunada porque, desde los tiempos del Santo Oficio, la crítica literaria se ha ejercido en España a base de cerillas. Larra decía que escribir aquí es llorar, en cambio leer siempre ha sido cosa de risa, una operación de riesgo en un país donde casi siempre triunfan los gañanes, los ignorantes, los vendemotos y los analfabetos a tiempo completo.

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En un alarde de solemne desvergüenza, Ana Pastor, la presidenta del Congreso, ha presentado una exposición en la biblioteca de la cámara con ejemplares del Quijote en distintos idiomas cedidos por diversos embajadores extranjeros. Para ser coherente con la gestión del gobierno del que forma parte debería haberlos quemado en un auto de fe en el patio, porque lo ha hecho exactamente la misma semana en que se abandona la Literatura como asignatura obligatoria en los planes de estudio del bachillerato. Era el último bastión docente que quedaba de las Humanidades, la consecuencia lógica de haber ido echando por la borda en los institutos el estudio del Latín, el Griego y la Filosofía.

Si don Quijote entrara hoy en el Congreso de los Diputados y viera el panorama, empezaría a correr a lanzazos a su señorías sin dejar uno sano. A unos por llevar a cabo el atropello de las letras, a otros por permitirlo. Se trata de un auténtico genocidio cultural con visos de suicidio en masa. Esta charlotada de bibliotecarios viene a mostrar el auténtico lugar que le asignan los actuales gestores políticos a la literatura y al Quijote: un zoológico de letras muertas, una exposición de ejemplares en cautividad donde admirar sus monerías sin riesgo alguno de contagio. La hayan leído o no, saben de sobra que la obra maestra de Cervantes guarda en la recámara peligrosos ejemplos de rebelión y de lucha contra el poder establecido. Por algo don Quijote liberó a los galeotes: porque podía estar loco pero no era gilipollas.