LITERATURA / Las relaciones homoeróticas en la literatura son tan antiguas como la propia literatura

Obras maestras de la literatura homoerótica

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El escritor y periodista chileno José Donoso Yáñez, que recibió el Premio Nacional de Literatura de Chile en 1990, en una foto de archivo
El escritor y periodista chileno José Donoso Yáñez, que recibió el Premio Nacional de Literatura de Chile en 1990, en una foto de archivo. Se le considera integrante del boom latinoamericano, junto con Gabriel García Márquez (Colombia), Julio Cortázar (Argentina), Mario Vargas Llosa (Perú) y Carlos Fuentes (México). / Elisa Cabot (Flickr)

Las relaciones homoeróticas en la literatura son al menos tan antiguas como la propia literatura. En el siglo VII a. C. aparece la figura inmensa de Safo de Lesbos, una de las cumbres de la lírica mundial, una mujer que cantó el amor entre mujeres con una desnudez y una sinceridad que arrancan las lágrimas. Su influencia en la poesía posterior resulta incalculable hasta el punto de que, en cierto sentido, puede decirse que Safo es a la lírica lo que Homero a la épica:

Eros sacudió mi alma / como un viento que en la montaña sacude los árboles.

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Con Homero, por cierto, todavía se discute si la amistad imperecedera entre Aquiles y Patroclo, uno de los motores narrativos de La Ilíada, era sólo camaradería viril o si incluía el amor físico. En El mar en ruinas, mi continuación espuria de La Odisea, yo no tuve la menor duda en hacerlos amantes, aunque un helenista tan eminente como Carlos García Gual me reprochó que no hubiera tenido en cuenta la diferencia de edad entre ambos. Para mí, Aquiles y Patroclo eran más bien como Batman y Robin, de quienes Jesús Urceloy dijo en un poema que compartían "algo más que la noche y un par de leotardos".

Shakespeare, en Troilo y Crésida, también prefería la versión gay: numerosos biógrafos han señalado, aparte de su matrimonio con Anne Hathaway, varias relaciones íntimas con hombres. Una de las más probables fue con su mentor, el conde de Shouthampton, cuyas iniciales H. W., Henry Wriothesley, aparecen en la dedicatoria de muchos de sus sonetos. En el amor, como en todo lo demás, Shakespeare sigue siendo un misterio fascinante aunque si hay algo de lo que podemos estar seguros, es de que el dramaturgo fue cualquier cosa excepto el mamarracho agilipollado que encarnó Joseph Fiennes en Shakespeare in Love.

Oscar Wilde
Oscar Wilde. / Napoleo Sarony (Wikipedia)

Mártir de la causa, juzgado por salir del armario con un siglo de adelanto y por exponer a la luz pública la hipocresía de la alta sociedad británica, Oscar Wilde fue condenado a dos años de prisión en la cárcel de Reading. Allí escribió la que probablemente sea la epístola más hermosa de la literatura, In Carcere et Vinculis: De Profundis, una larga carta enviada a su amante, Lord Alfred Douglas, "Bosie", la mayor vindicación del amor homosexual (y quizá del amor, sin adjetivos) jamás escrita.

Djuna Barnes publicó su obra maestra, El bosque de la noche, en 1936, la cual fue saludada de inmediato como un clásico de la prosa en inglés, un texto barroco y deslumbrante en cuya oscuridad no sólo se vislumbra la ambigüedad sexual entre lo masculino y lo femenino, sino también la emersión de un tercer sexo, apenas sugerido, y la impotencia esencial del lenguaje para nombrar la compleja realidad de la carne.

La confesión póstuma, a través de sus archivos personales, de que José Donoso en realidad era gay ha teñido su obra de resonancias inesperadas. Se trata del novelista menos leído del célebre boom latinoamericano, lo cual es una verdadera lástima, porque El obsceno pájaro de la noche y Casa de campo son dos cumbres de la narrativa en castellano del pasado siglo, capaces de codearse con cualquiera de las obras maestras de García Márquez, Cortázar, Fuentes o Vargas Llosa. En El lugar sin límites, una soberbia novela corta, Donoso explora el tema del travestismo y la sexualidad tabú a través de un juego de perspectivas memorable.

La escritora belga Marguerite Yourcenar en 1986.
La escritora belga Marguerite Yourcenar en 1986.

Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, es uno de esos raros libros escritos en una oleada de pasión tras un paciente acecho de décadas. Yourcenar destruyó una primera versión de juventud y volvió a la novela en plena madurez, cuando sintió en su interior la voz del emperador clamando por salir al papel: "Escribí sin interrupción los pasajes sobre la infancia, el amor, el sueño y el conocimiento del hombre. No recuerdo días más ardientes ni noches más lúcidas". El amor, por supuesto, es el amor de Adriano por Antínoo, el joven griego con el que compartió tantos años y cuya muerte repentina en el Nilo cubre de sombras su vida.

Por último debo citar una vez más otra obra maestra, Poderes terrenales, de Anthony Burgess, un grandioso fresco histórico del pasado siglo en cuyo centro se halla la figura de Kenneth Toomey, un narrador genial, premio Nobel y declarado apóstata quien, en su juventud, descubre al fin el amor en brazos de un médico en el Lejano Oriente. El breve idilio entre ambos, bajo la estela de la enfermedad y con el telón del mal de fondo, es sencillamente prodigioso: un prodigio más en un libro absolutamente inolvidable.

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