Qué hubiera pasado si…

El escrito estadounidense conversa con su colega indio Salman Rushdie
El escrito estadounidense conversa con su colega indio Salman Rushdie, durante un encuentro celebrado en Israel en mayo de 2009. / David Shankbone (Flickr)

La ambigüedad respecto al valor literario de Paul Auster me ha perseguido desde que leí en la desaparecida Júcar su Trilogía de Nueva York, de esto hace ya muchos, muchos años. Hubo fragmentos que me gustaron frente a otros que me causaban indiferencia, por lo que nunca llegué a valorar una obra suya en su totalidad, excepción hecha de La invención de la soledad, que me pareció notable y tremendamente equilibrada, amén de inteligente.

En este juicio tiene mucho que ver el tono de previsibilidad que el pensamiento de Auster posee de manera notable. Ello se me confirmó cuando leí la correspondencia entre éste y J. M. Coetzee, en donde el escritor sudafricano lleva claramente las riendas, con cierto estilo no exento de cierta cruel complacencia, frente a un Auster que siempre, siempre, se mantiene en el estricto canon de la corrección política de los liberales norteamericanos. Un ejemplo: confiesa a Coetzee que se ha encontrado en una convención frente a Charlton Heston y que ha dado gracias a Dios de no encontrarse en una situación en que tuviese que haberle saludado porque él no puede tener contacto con alguien que representa a los defensores de portar armas. Luego, además, afirma que es mal actor y cosas así.

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4321, última novela de Paul Auster.
Portada de, '4321', la última novela de Paul Auster.

No entendí las reticencias de tener que saludarlo. No entendí esa falta de coraje, si no quiere saludarle sencillamente no le saluda y se acabó, y, además, esto es cosa mía, debería tener en cuenta, ya que es novelista, cierta complejidad del alma humana. Así, que gracias a Heston Orson Welles rodó Sed de mal, y de paso, demostró que no era tan mal actor como le supone Auster. Más inteligente, en esto no hay color, fue Gore Vidal, que colaboró en el guión de Ben Hur. Sabiendo que Heston era un reconocido homófobo, escribió aquel famoso diálogo entre Ben Hur y Masala donde se transparenta cierta atracción sexual entre ambos, por no decir algo más. Desde luego Heston no se enteró de nada, ni lo olió, para gran regocijo de Vidal y William Wyler, el director de la película, que estaba enterado de la trampa, digamos, semántica, en que le había colocado el creador de Myra Brekinridge. Más tarde, suponemos un chivatazo, Heston se mostró descontento con la escena y la cosa no llegó a más. Pero el diálogo sigue ahí, en la pantalla, y la lanza clavada en que la escena acaba.

Me permito esta disgresión por la sorpresa ante la edición, después de siete años de no haber publicado ficción, de la última novela de Auster, 4321, y que acaba de ser publicada en España por Seix Barral. Y digo sorpresa porque no me imaginaba que Auster escribiera una novela de mil páginas y que, además, la narración se mantuviera en equilibrio a lo largo de tanta extensión. Es obra importante, ambiciosa, desde luego la mejor de su autor, sin duda alguna, y donde Auster ha vertido toda su experiencia anterior, algo que no garantiza la calidad superior de una obra, por ejemplo, el Doctor Faustus, de Thomas Mann, novela no comparable a La montaña mágica, o Una fábula, de William Faulkner, novela ambiciosa y que no resiste la comparación con sus novelas anteriores e, incluso, las que escribió después, como Los rateros.

No es el caso de esta novela de Auster. Como no sabemos lo que escribirá después de ésta, podemos asegurar que 4321 es su mejor obra, la más acabada, hasta el punto de que en ella es capaz de resumir lo pergeñado en sus anteriores novelas. 4321 trata de las cuatro distintas vidas de Archibald Isaac Ferguson, nacido en 1947 en Newark, al igual que Paul Auster que, por otra parte, gusta de estos juegos, en Leviatán, por ejemplo, Peter Aaren, el protagonista, lleva las iniciales de su creador, y descendiente de un emigrante de origen ruso-judío, cuatro vidas muy distintas que se desarrollan a partir de un incendio en el almacén de su padre, almacén que en otras vidas no es quemado sino robado, aunque en definitiva signifique la ruina de la familia. Auster narra una vida del tal Ferguson, rebobina hasta la escena del almacén y cuenta otra que podría haber ocurrido, y luego otra y luego otra, y todas muy distintas entre sí, y todas protagonizadas por el tal Archibald Isaac Ferguson, que permite que el autor nos pasee por la historia de la segunda mitad del siglo de los Estados Unidos y, de paso, realizar un canto de amor a la localidad de Newark, su lugar de nacimiento y paisaje habitado por una considerable población de emigrantes judíos.

Paul Auster siempre fue deudor de cierta influencia europea: en sus novelas, novelas donde se rompe con la idea de causalidad y se apela al azar y a la indeterminación, pueden rastrearse influencias de Franz Kafka y de Samuel Beckett. En 4321, Auster se muestra abrumado por la obra de Heinrich von Kleist, en especial Michael Kohlhaas, que considera muestra con enorme grandeza el desorden interno de su héroe. 4321 es, así, novela americana deudora de la tradición alemana del Bildungroman, de la novela de iniciación y que tiene en Werther, de Goethe, su expresión más cercana, y que la aleja de la tradición norteamericana del género, que podría estar representada por Tom Sawyer o Huckleberry Finn, de Mark Twain.

4321 es novela de largo recorrido, un goce que atiende en especial a la indeterminación, al azar, al ¿qué hubiera ocurrido si...?, cuestiones que en Auster son una obsesión.

Pero hay una diferencia esencial con Michael Kohlhaas: mientras éste se debate con realidades grandes,a Ferguson le da por dirimir diferencias entre las diversas clases de cuscús. Lo dejamos aquí.