LIBROS / La última novela de la autora de 'Lección de anatomía' incita a la introspección con buenas dosis de humor

'Clavícula', de Marta Sanz, la sencillez del dolor

ELVIRA HUELBES | Publicado:

Clavícula de Marta Sanz
La escritora Marta Sanz. / Youtube

Me había despertado con la frase redonda para empezar un artículo, pero fue poner los pies en el suelo y se disipó como vapor en el aire. Quería escribir sobre Clavícula (Anagrama, 2017), de Marta Sanz, por ver si lograba animar a mis improbables lectores a leer algo tan fresco y profundo. Era una frase redonda, pero se me cruzó el que había dejado encendida la lavadora por la noche con toda la ropa dentro.

Ante esa emergencia, y para calmar la ansiedad de Túbal por salir de paseo, lo enlacé y bajé al cuarto de la lavadora con él. Saqué la ropa –olía raro- mientras le daba vueltas a la frase. Al tender la ropa, vi algo oscuro entre las toallas, ¿qué demonios haría allí un nuncio de la muerte? ¿Cómo se había metido en la lavadora? Pobre tío, menuda aventura desdichada la suya, entre los golpes de la ropa mojada. El jabón, el suavizante –había muchas toallas- y los centrifugados. Seguramente había trepado por el cesto de la ropa sucia.

Ya en el paseo, confié en que la andanza peripatética me ayudara a dar con esa frase que me pareció tan buena al despertar. Clavicula es una novela -o lo que sea, me da igual- escrita con una sencillez tal que parece que cualquiera pueda hacerlo, como los cuadros de Picasso. Habla del dolor y del miedo a la muerte pero sin un asomo de tremendismo ni escabrosidad. ¿Cómo era esa frase? Es un libro que debiera leer cuanta más gente mejor…

Clavícula de Marta Sanz
Cubierta del libro de Marta Sanz, “Clavícula”

Pero el bosque no ayudó mucho. Al poco de entrar, se nos cruzaron tres hermoso corzos jovencillos a los que Túbal pretendía dar caza. Opuse mis 65 kilos a su empuje mientras trataba de concentrarme. ¿Era sobre la valentía de su planteamiento?

No sólo el hecho de las cosas que cuenta en el libro sino de la escritura en sí: sin adornos, sin ocultaciones, sin trampa ni cartón. Nada que recuerde otras literaturas actuales celebradas, en las que reina la ambigüedad fallida y se elige lo vaporoso por no atreverse el autor a decir lo que tiene que decir. Marta Sanz lo suelta con la elegancia de la inocencia.

Sí, eso; la inocencia nada inocente de decir las cosas por su nombre sin caer en lo obsceno, aunque esté hablando del ataque de pedos de una tía suya, que alivió su sospecha de un infarto de miocardio en la sala de espera de urgencias. Pero no era eso, tampoco, lo que andaba yo buscando.

Me encanta la forma delicada y directa de hablar de las “cosas de mujeres”. Su descaro grácil, la universalidad de sus achaques tan personales, a menudo poco confesables. Por lo cansino.

Al salir del bosque, una bofetada de peste en el aire me saca de mis pensamientos. Si en lugar de cautivar gallinas los contadini cultivaran berenjenas, el campo olería bien en agosto. Pero no, prefieren ganarse la vida cautivando pobres vidas miserables que luego se come la gente sin saber que comen el resultado de la tortura.

Y luego está la portada, una clave de sol que termina en flecha. ¿Por qué? ya sé que lo importante de un libro está dentro y no en la portada pero esta portada no es ajena a lo de dentro, estoy segura. A mí también me importa la foto del autor en la solapa, sobre todo en libros como Clavícula, porque acudo mucho a ella, para ver si cuadra lo que leo con lo que veo en esa foto. Aquí cuadra a la perfección. Pero, lo de la clave de sol terminada en flecha de género masculino, aunque hacia abajo… No sé.

Sí, Marta Sanz ha vuelto a hacerlo, ha escrito un libro de lectura grata y corrida, que exige detenerse para cobrar aliento. Uno de esos para los que se busca tiempo con que continuar leyendo. Ella lo que quiere es gritar un quejido, protestar por un dolor de huesos que, a lo mejor, es imaginario. Pero la denuncia del dolor se convierte entre sus dedos en una grácil pirueta literaria, cargada de sentido y de intención, que no deja lugar a dudas y llena a quien la lee de sugestivas ideas sobre lo que es vivir. Y lo que no.

Lo que hay que hacer con el dolor es remediarlo”, dice Sanz; tratar de manejar los inmensos desajustes que causan infelicidad en el ser humano y que, manda carallo, los crea ese mismo ser, imaginaria o realmente. Sanz no elude la injusticia que la crisis ha plantado como un implacable tirano para condenar al dolor a los más débiles: mujeres, enfermos y pobres. Y el temor a la miseria, a la soledad, al desamparo.

Nada de lo que escribo hace justicia a este libro. Es asombroso en cada linea. Como si la autora se viera desbordada por la acumulación de males del cuerpo y el alma humana, recurre a la poesía, recordando la última palabra de un haiku de Kobayashi Issa, Sarinagara, que para Marta Sanz parece querer alimentar cierta esperanza de vida, cuando todo induce a creer lo contrario: la miseria de Manila City –paupérrimo suburbio rodeado de hoteles de lujo-, la asquerosa decrepitud, los males de la carne cuando la mente se ocupa en fastidiar los momentos felices o que podrían serlo, la destrucción del ser humano –“lobo para el hombre” es decir poco-.

La frase redonda no aparece, pero yo tengo prisa por que le llegue, generoso lector, mi modesta recomendación de lectura. No le arruinará el verano playero o campestre: Sarinagara deja una puerta abierta: “Todo es nada, dice Kobayashi Issa, todo avanza inexorablemente hacia el olvido. Y sin embargo…

Lo más increíble: el escarabajo está vivo.

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