Quemar a Marsé

Dibujo de Phillip Wachowiak inspirado en la novela Farenheit 451, de Ray Bardbury
Dibujo de Phillip Wachowiak inspirado en la novela Farenheit 451, de Ray Bardbury, en la que la policía quemaba los libros prohibidos por el gobierno. 451 grados farenheit (233 grados celsius) es la temperatura a la que el papel arde espontáneamente. / Phillip Wachowiak

Cuando una bibliotecaria de Cambrils denunció que había encontrado varios libros de Juan Marsé pintarrajeados con insultos (botifler y renegado, principalmente), muy pronto este acto aislado de vandalismo adquirió el rango de una campaña de acoso digna del Tercer Reich. De repente, la anécdota fue creciendo en los telediarios y en los periódicos como muestra de la levadura ideológica de la que se alimenta el nacionalismo catalán. Sin embargo, no quiero ahondar una vez más en el tema de la manipulación informativa sino indagar más bien en el respeto que la literatura sigue imponiendo a los poderes fácticos. Visto desde esa óptica, no importa tanto el hecho de que fuese cierto o no (más bien parece que no) que los independentistas pretendieran quemar a Marsé en efigie. Lo verdaderamente asombroso es que, paradójicamente, se trata de una excelente noticia para la literatura.

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Piénselo bien: ¿cuándo ha salido un libro en los últimos años durante un telediario? Me refiero a un libro de verdad, no a la enésima aventura del niño mago o al fenómeno editorial de la temporada, el cual suele ser un producto caducifolio, como su propio nombre indica. Un libro estropeado, un libro mancillado inesperadamente obtiene uno de los primeros puestos en la parrilla de noticias, aunque sólo sea como objeto arrojadizo.

En una época en donde, según las cifras de ventas, rara es la novela que pasa de unos pocos miles de ejemplares vendidos, de pronto, gracias a un idiota, el status de escritor vuelve a alcanzar la categoría de guía intelectual, aquel “artista como lugarteniente” del que hablaba Walter Benjamin. Lo cual quiere decir que, como sospechábamos, la verdadera esencia de la literatura siempre estuvo muy lejos del negocio de la papelería y de las ventas millonarias. Cuando subproductos y/o mamarrachos mediáticos como Karmele Marchante o Federico Jiménez Losantos se alinean en uno u otro bando, a favor o en contra del independentismo catalán, nadie hace mucho caso, a pesar de que ambos ejemplares cuentan con docenas de miles de seguidores, del mismo modo que ningún lector con dos dedos de frente puede tomar en serio aquella payasada de Paulo Coelho sobre que James Joyce hizo mucho daño al arte literario. Pero Marsé, al igual que Joyce, que Kafka o que Cervantes, se encuentra en una posición inexpugnable a las cifras, a las hechicerías de la propaganda o a esa endeble entelequia denominada “gusto del público”. Por eso sus novelas magistrales se utilizan como ejemplo supremo de atentado cultural, algo que no se tendría en cuenta con cualquier tocho impreso y firmado por un presentador de telediarios.

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En febrero de 1989, cuando yo todavía estudiaba en la Facultad de Filología en la Universidad Autónoma, estalló como una bomba la noticia de la fatwa contra Salman Rushdie decretada por el ayatolá Jomeini por culpa de su novela Los versos satánicos. Era una amenaza bestial que nos devolvía de golpe a la Edad Media, pero que de algún modo restituía a la literatura su aura sagrada. Cinco manifestantes murieron en Islamabad en unas protestas multitudinarias contra el libro; el traductor al japonés fue asesinado; el traductor al noruego tiroteado; el traductor al italiano apuñalado. En julio de 1993, 37 personas perecieron en la denominada masacre de Sivas, un tumulto donde las autoridades turcas se cruzaron de brazos y que iba dirigido por fundamentalistas sunitas contra la minoría alevita y, principalemente, contra Aziz Nezin, quien había intentado una traducción al turco. A día de hoy el libro sigue prohibido en muchos países. Escribir, de repente, volvía a ser una actividad peligrosa, subversiva, incómoda para el poder de cualquier signo, un oficio mal retribuido y poco reconocido cuyo ejercicio podía pagarse con la vida. Aquel ayatolá irascible se tomaba la literatura muy en serio, mucho más que esos ávidos mercaderes occidentales para los cuales un libro no es más que la oportunidad de ocupar un sitio en el estante de novedades.