Música para Stalin

Dmitri Shostakovich, en el centro, flanqueado por Sergei Prokofiev ( a la izquierda) y Aram Khachaturian
Dmitri Shostakovich, en el centro, flanqueado por Sergei Prokofiev ( a la izquierda) y Aram Khachaturian, en esta imagen tomada en 1945. / Wikipedia

En la década de los treinta los compositores e intérpretes soviéticos sufrieron presiones y encontronazos brutales con el régimen. Muchos de ellos no pudieron soportarlo y su música pagó las consecuencias. Aleksandr Mosólov, que había triunfado con obras que exaltaban el poder de la revolución y el progreso industrial como La fundición de hierro Acero, fue condenado a siete años de trabajos forzados en 1937 y, aunque salió de prisión gracias a la ayuda de varios amigos influyentes, su sonido jamás recobró el vigor de antaño. Nikolái Roslavets, un pionero de la armonía que experimentaba con la disolución del sistema tonal, desapareció de golpe de la vida cultural soviética. La acusación de formalismo, de hacer una música burguesa, incomprensible o incapaz de ser apreciada por el pueblo, era la más grave que se podía lanzar contra un compositor. De este modo se malogró a uno de los talentos más grandes de la música sinfónica del pasado siglo, Gavriil Popov: su Primera Sinfonía, una partitura intrépida y fabulosa, recibió un veto oficial que hizo que su autor se refugiara en los caminos trillados.

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«Shostakovich ya no pudo abandonar esa doble máscara de compositor oficial y de yurodivi que le gritaba al zar la verdad a la cara»

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Uno de los pocos que sobrevivió a las prohibiciones, los vetos y las amenazas fue Dmitri Shostakovich, cuya atormentada odisea con la censura a propósito de su ópera Lady Macbeth del distrito de Metnsk, ya hemos comentado aquí. Shostakovich no se atrevió a dar al público su ambiciosa Cuarta Sinfonía, que se quedó un cuarto de siglo esperando en un cajón, hasta que pudo ver la luz tras la muerte de Stalin. Desarrolló un lenguaje directo y eficaz, aunque no exento de ironía y de falsas lecturas, que estalló en todo su esplendor con el estreno de la Quinta Sinfonía, el 21 de noviembre de 1937, bajo la dirección de Yevgueni Mravinski. Fue un éxito absoluto que se repitió a lo largo y lo ancho de la URSS. A pesar del carácter heroico y aparentemente optimista de la obra, muchos de los espectadores presentes sintieron que alguien se había atrevido a revelar el desquiciado mundo de las delaciones, las farsas judiciales, las detenciones arbitrarias y el terror de la sociedad soviética durante la época de las Grandes Purgas. Shostakovich ya no pudo abandonar esa doble máscara de compositor oficial y de yurodivi que le gritaba al zar la verdad a la cara, una visión esquizofrénica que vertebró muchas de sus páginas sinfónicas –en especial la Séptima, la Octava y la Décima– y algunos de sus grandes cuartetos.

Aun más asombrosa, hasta el punto de parecer estrictamente increíble, es la historia de Maria Yúdina, la genial pianista de origen judío apenas conocida en Occidente. Su relación con Stalin me obsesionó durante años hasta el punto de que estuve a punto de escribir una novela que finalmente terminó incrustada en el segmento central de mi próximo libro, Palos de ciego. La leyenda cuenta que Stalin quedó tan conmovido por la interpretación de Yúdina del Concierto para piano No. 23 de Mozart que llamó al Cómite de Radio para pedir que le enviaran un disco con la grabación a la mañana siguiente. El problema es que nadie había grabado aquel concierto y que tuvieron que llamar otra vez, a toda prisa, a los músicos para que lo volvieran a tocar de madrugada, una verdadera odisea musical en la que hubo hasta tres cambios de director y que se resolvió en la grabación más exclusiva de la historia de la fonografía: se hizo una sola copia que se envió a la dacha de Stalin de inmediato. La historia no termina ahí, sin embargo, porque Stalin, en agradecimiento, le hace llegar a Yúdina un sobre con veinte mil rublos y ella le responde con una carta en la que dice que dará el dinero a los pobres y que reza todos los días a Dios para que le perdone sus horrendos crímenes. No puedo extenderme más porque me llevaría muchas páginas y estaría destripando buena parte de Palos de ciego, pero lo asombroso no sólo es que Stalin decidiera no hacer nada, sino que, poco antes de morir, cuando los guardias entraron en el cuarto donde lo encontraron de bruces en el suelo, sobre el gramófono de Stalin estaba aquel disco único con el concierto de Mozart interpretado por Maria Yúdina.

Anteriores entregas:

Octubre Rojo (II): “Ruiseñores en las jaulas: la poesía en tiempos de Stalin” [LEER]

Octubre Rojo (I): “Los ingenieros de almas de Stalin” [LEER]