Picasso y Toulouse Lautrec, una relación traída por los pelos

Picasso y Toulouse Lautrec
Vista de las obras ‘Jeanne (mujer tumbada)’, de Picasso, y ‘La cama’, de Toulouse-Lautrec, que forman parte de la exposición del Museo Thyssen. / Chema Moya (Efe)

El concepto de lo que debe ser un museo ha cambiado radicalmente desde que el mundo de las exposiciones entró en el vasto campo de la mass cult, con el beneficio económico que ello conllevaba. Se dejó, entonces, de pensar que un museo era un lugar donde se guardaban tesoros con unos cancerberos que, sobre todo, desconfiaban de los visitantes del mismo, para convertirse en un amable espacio donde se enseñaba al observador a estar a gusto, rodeado de un montón de obras maestras y al que se procuraba entretener a la par que enseñar. Comenzaron, entonces, los años de las exposiciones monstruos y la afluencia de un público tan masiva que, confesémoslo, a más de uno nos dejó pasmados porque nunca imaginábamos que hubiera tanto aficionado genuino al arte. Y digo esto con plena ironía y sin acritud alguna pues generan unos beneficios tan abrumadores que los cancerberos, que existen camuflados en bonachones comisarios comprensivos, se frotan las manos porque saben que de esta manera seguirán siendo los guardianes sempiternos del tesoro.

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La lampedusiana situación, pura Realpolitik, abunda en ejemplos señeros y el cambio de estrategia comercial ha generado situaciones curiosas que amenazan, ahora, con desenfocar una visión certera de la historia del arte. De un tiempo a esta parte está de moda confrontar artistas con pretextos curiosos y cuyo verdadero reclamo es la fama del artista mismo. En el Museo Thyssen, con ocasión del 25 aniversario de la llegada de la institución a España, se ha programado una exposición con estupendas obras de Picasso y Toulouse Lautrec que sólo por verlas merece la pena una buena excursión. Así, sin más. Pero ahora los museos no se conforman con mostrar expresiones sino que tienen que justificarlas, es decir, aplicar un señuelo. En el caso de la exposición que nos ocupa, Picasso/Lautrec, que estará entre nosotros hasta el 21 de enero de 2018, se basa en la relación que ambos mantuvieron con los bajos fondos del París de entonces. Montmartre, Pigalle y aledaños, más o menos por las mismas fechas, por los que en su obra se reflejan esas calles, los espectáculos, el mundo circense, las prostitutas, los mendigos… relación que, creemos, a pesar del tema, no justifica un acercamiento entre figuras tan distintas.

A beneficio de inventario tenemos, sin embargo, una muestra de 112 obras, de las que solamente cinco pertenecen al Museo. El resto son prestaciones de instituciones públicas y privadas de variada procedencia, como la del hermoso tapiz de Las señoritas de Aviñón, propiedad del nieto de Picasso, Bernard Ruiz Picasso, que estaba exultante con esta muestra los días previos a su inauguración, el 17 de octubre, y que, además, del tapiz ha traído la inquietante pintura de la muerte de Carles Casagemas que hizo Picasso a la muerte de su amigo y que interpretó de manera enloquecida pero coherente Norman Mailer en su bello libro sobre Picasso donde escribe que la llama de la vela que ilumina el cadáver es el sexo de la amante de ambos, que se repartieron en escenas de celos increíbles.

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Los comisarios de la muestra, Francisco Calvo Serraller y Paloma Alarcó, jefa de conservación del Museo Thyssen, han trabajado durante tres años buscando afinidades, que no influencias. Menos mal porque salvo una etapa inicial, sujeta a discusión, la influencia de Lautrec es nula sobre Picasso, a pesar de que sus amigos, Max Jacob, André Salmon y Guillaume Apollinaire, cuando Picasso les presentaba sus obras, con maneras caricaturescas y de aire de cartel, dijeran: “Encore trop Lautrec!”, es decir, “¡ Todavía demasiado Lautrec!”. Pero lo cierto es que Picasso siempre tuvo una enorme simpatía por el diminuto Lautrec, tanto que en su casa de La Californie conservó un retrato de éste, tal y como nos legó la foto que tomó Paul Sescau y que podemos ver en la exposición.

Picasso y Toulouse Lautrec
‘La mallorquina’, obra de Pablo Picasso

Dividida en cinco partes: Bohemios, Bajos fondos, Vagabundos, Ellas y Eros recóndito, la muestra se presenta, así, esencialmente temática. A resaltar Autorretrato con chistera, de 1901, de Picasso, que recrea todo el ambiente que pintó Lautrec, así como Moulin Rouge, de 1901 también donde Picasso exagera el aspecto caricaturesco de ese ambiente. Se nota una distancia respecto a esta sugerente mitología montmartriana respecto a Picasso que convendría resaltar y este cuadro es buena prueba de ello.

Esa diferencia se nota mucho a la hora de pintar prostitutas: La pelirroja con blusa blanca, de Lautrec es obra melancólica, de aura deliberadamente decadente al modo baudeleriano; Mujer con flequillo, de Picasso expresa a la puta enferma de sífilis. La distancia temporal entre ambas obras es la que va de 1889 a 1902. No mucho, pero decisiva en el cambiante y vertiginoso mundo de las vanguardias.

¿Una obra en esta muestra especialmente destacable? Quizá La mallorquina, de 1905, propiedad del Museo Pushkin de Moscú. Es una obra maestra del gouache. Destaca entre otras maravillas, pero sólo por capricho de éste que escribe.

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