John Cheever, el ‘Chéjov de los suburbios norteamericanos’

John Cheever
El escritor John Cheever. / Youtube

Va para una veintena de años que Manuel Vicent escribió una columna en El País que desbordaba la ironía y la mala leche que en principio se le suponía: trataba de un ejecutivo que regresaba a casa muy cansado, una de esas casas que se denomina chalés adosados y que pululan en las barriadas de clase media del norte madrileño, camino a la sierra. El ejecutivo visitaba la cocina, tomaba un piscolabis, se duchaba y, luego, abría con cuidado la habitación donde dormían sus hijos para enternecerse con su abandono y, más tarde, se metía en la cama donde cumplía con desgana no exenta de lejana lujuria con sus deberes conyugales con su adorada esposa, que apenas podía contener el fastidio de haber sido despertada. A la mañana siguiente, durante el desayuno, el ejecutivo se da cuenta de que aquellos que le esperan en la cocina no son su mujer y sus hijos. Sencillamente se había confundido de puerta, de pareado. Esta columna sobre estas urbanizaciones de clase media, que en los Estados Unidos llaman suburbios, nosotros reservamos esta palabra para las barriadas de pobres, revelaba distorsiones psicológicas sufridas por sus habitantes, por ser amables, que años antes, ya en la posguerra, narró como nadie el escritor John Cheever, quien en su país es calificado como “el Chéjov de los suburbios”. Era la época en que en Estados Unidos, el único país rico en Occidente en aquellos momentos, la época de Eisenhower, proliferaron como la peste los suburbios, los supermercados, los cochazos y el temor a los comunistas y al holocausto nuclear promovido por la URSS. Ese, sumado al paisaje de Massachussetts, es el mundo narrado por Cheever sin igual, por mucho que otros escritores de su generación de enorme talento, caso de John Updike o Saul Bellow, incurriesen en él. Paisaje, atmósfera fascinante que nos revelan películas como El nadador, rodada en 1968 por Frank Perry y terminada por Sydney Pollack, con Burt Lancaster y Janice Rule como protagonistas, basada en un cuento de Cheever que en principio fue concebido como novela y que acabó, como gran parte de su obra narrativa, publicada por la revista New Yorker, publicación por la que Cheever siempre mantuvo una estrecha relación y donde trabajó allí su amigo Updike.

Estamos de enhorabuena: en España la obra de Cheever, salvo casos excepcionales como la edición por parte de Alfaguara de La crónica de los Wapshot, es escasa, no así en español, editada en su mayor parte por Emecé de Buenos Aires. Pues en cuestión de pocos días, los comprendidos en el mes de enero, se han publicado en ediciones Debolsillo, las dos novelas de la saga de los Wapshot, así como la estupenda nouvelle ¡Oh, esto parece el paraíso!, escrita poco antes de morir y donde Cheever parece por fin reconciliar sus hasta entonces irreconciliables fantasmas, y Literatura Random House ha editado sus Cartas y sus Cuentos, tapando en cuestión de semanas un enorme hueco que el lector de Cheever suplía con las ediciones argentinas aunque en España ya publicaba las obras RBA, de difícil acceso. ¿Para cuando una edición española de sus inquietantes Diarios? Parece ser que Literatura Random House los publicará  en junio de este año, lo que no deja de ser una agradable noticia pues la edición argentina ya no se encuentra disponible.

John Cheever
Portada de ‘Cuentos’ de John Cheever. / Editorial Literatura Random House

John Cheever es, sobre todo, un cuentista excepcional, como muchos que han dado las letras norteamericanas, desde Edgar Alan Poe y Mark Twain a Foster Wallace, un cuentista del New Yorker, lo que equivale en esas tierras a algo parecido a la consagración, y ello se ve en estos relatos publicados y que hacen justicia a ese calificativo de “Chéjov de los suburbios” por la sutilidad con la que describe el ambiente de esas urbanizaciones que parecen extenderse en el infinito paisaje norteamericano hasta el infinito mismo. Una salvedad se nos impone, sin embargo: en Chéjov la comprensión ahoga la ironía y la amargura que resultan de la expresión de una determinada época de la Rusia de los zares. En Cheever esa comprensión deriva en farsa, por no hablar de esperpento, aunque esa palabra cuadre a gran parte de sus relatos  y novelas, no hay más que recordar la Nochebuena con la que acaba la saga de los Wapshot, con una mesa llena de ciegos al modo de la película Viridiana de Buñuel. Una frase de ¡Oh, esto parece el paraíso! resume como pocas el modo en que Cheever se enfrenta a ese tópico nefasto llamado sueño americano: “¿Por qué celebrar un vertedero? ¿Por qué esforzarse en describir una aberración? Aquí estaban los desechos de una sociedad que se inclinaba al nomadismo sin haber disminuido su pasión por los objetos. La mayoría de los pueblos errantes desarrollan una cultura de tiendas de campaña, sillas de montar y rebaños migratorios, pero éste era un pueblo errante que tenía pasión por los cabeceros gigantescos y los frigoríficos inmensos”. Paisaje que se corresponde con un paisanaje que le haga juego: en El escándalo de los Wapshot, leemos: “Es a Ofelia a quien más se parece, haciendo su fantástica guirnalda no con ranúnculos, ortigas y purpúreas, sino con sal, pimienta, pañuelos de papel, albóndigas de bacalao congeladas, chuletas de cordero, hamburguesas, pan, mantequilla, mayonesa, un tebeo americano para su hijo y un ramo de claveles para ella”

Paisaje y paisanaje que parecen idóneos a esa conciencia racista, homófoba, llena de miedos y complejos, anticomunista hasta el delirio colectivo, en contraposición con la generación rooselveltiana de la preguerra.

Cheever, su Chéjov, su Dante, sí, pero jamás su víctima.

Lean.

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