J. Malpartida: “Hemos confundido la crítica al autoritarismo con la de la autoridad”

Juan Malpartida
El escritor Juan Malpartida en una tertulia de ‘Cuadernos Hispanoamericanos’. / Casa de América (Flickr)

En febrero de 1948 salió a la luz el número primero de ‘Cuadernos Hispanoamericanos’, siendo su director Pedro Laín Entralgo, uno de los fundadores de la revista Escorial. Setenta años después, en este mes de febrero se publica el número 812 de la misma en cuya portada nos mira un ceñudo Mario Vargas Llosa. Con un espléndido contenido que va desde una entrevista a Vargas Llosa, pasando por artículos de Jorge Edwards, Félix de Azúa, Antonio Muñoz Molina, Eduardo Mitre, Nélida Piñón, Blas Matamoro... la revista celebra tan señalada fecha, convirtiéndose junto a Ínsula, que comenzó a publicarse en 1946 con Enrique Canito, en la decana de las revistas literarias españolas y una publicación de largo aliento que ha dejado constancia de su alta calidad a varias generaciones de lectores.

Hemos mantenido esta entrevista con Juan Malpartida (Marbella, 1956), director de la revista desde 2012, poeta (Espiral, A un mar futuro), narrador (Reloj de viento, Camino de casa), ensayista (Los rostros del tiempo, Margen interno), traductor, a él se deben versiones de L´amour fou de André Breton, de la Obra selecta de Tom Eliot, en colaboración con Jordi Doce, y de La huella del ciervo, de Charles Tomlinson, donde nos ofrece un justo y lúcido panorama de las andanzas de la revista en estos setenta años, además de reflexionar sobre la situación del panorama de la cultura en el momento actual.

— ‘Cuadernos Hispanoamericanos’ cumple 70 años. La perspectiva para su valoración es ya amplia. ¿Cúal cree, a setenta años vista, que ha sido su principal aportación?

«’Cuadernos Hispanoamericanos’ es una metáfora interpretativa de las obras, pero también, claro, un acto de atención, de señalar lo que hay, y sopesarlo»

–Ser un puente, desde la unidad de la lengua, de la diversidad cultural. Un puente crítico, quiero decir: un pasaje y una lectura. Una metáfora interpretativa de las obras, pero también, claro, un acto de atención, de señalar lo que hay, y sopesarlo.

— Inicialmente parece ser que quiso ser una contestación a Cuadernos Americanos, revista realizada en México por exiliados españoles donde había figuras como Juan Larrea con vistas a promocionar una imagen de España antes que tender puentes a la América en lengua española. ¿En qué momento se dio ese cambio de promoción de toda la cultura en lengua española para que se produjese donde se produjese aun estuviera lastrada por cierta concepción a lo Menéndez Pelayo de la misión española en América?

— Luis Rosales, que ya desde 1949 estaba muy cerca de Cuadernos, aunque su director era Laín Entralgo, tenía claro que la literatura hispanoamericana no era una continuidad ni una rama de la española, sino que tenía vida propia y, al cabo, formaba parte, ampliando y modificando, distanciándose y a veces oponiéndose, de lo que se denomina la literatura de una lengua, o en una lengua.

— A pesar de que todos los directores de Cuadernos han sido y son personas de cierto fuste intelectual, ¿piensa que el cambio real del rumbo de la misma se produjo con Luís Rosales? ¿Podría hablarnos de su figura, usted que es poeta, figura que creo no ha sido entendida plenamente aun hoy?

«Luis Rosales le dio forma a la revista, y eso no la formalizó, sino que le dio estructura, y luego los distintos directores hemos contribuido a su crecimiento»

— Luis Rosales es un poeta que ya había iniciado su obra antes de la guerra, aunque todo lo mejor de su producción vino después de ella. Fue un poeta con un profundo conocimiento de nuestra literatura clásica, desde la renacentista al siglo de oro. Notable cervantista, le debemos también un ensayo biográfico y literario excepcional: Fulgor y muerte del Conde de Villamediana. Por otro lado, se interesó por el pensamiento europeo de su tiempo, sobre todo por el existencialismo, en su versión cristiana, la que venía de Kierkegaard, que había sido introducida en España por Unamuno. Para Rosales, además de la literatura española, que conocía muy bien, como le digo, las literaturas hispanoamericanas, y lo digo en plural, desde la poesía a la novela, existían. Por cierto, cuando le dieron el Premio Cervantes, en disputa con José Bergamín, hubo alguna protesta. Creo que los que creyeron que Bergamín lo merecía por encima de Rosales se equivocaban. Sin duda el autor de La música callada del toreo o Calderón y cierra España fue un escritor muy inteligente, e incluso un poeta estimable. Pero Rosales fue un gran poeta, y esto, ya solo, no es poco. Y también fue un ensayista de una prosa admirable. Pero Rosales era conservador, y Bergamín fue comunista. Ni lo uno ni lo otro hizo mejor sus obras, como tampoco hace mejor ni peor que Neruda fuera stalinista o Ezra Pound defendiera a Mussolini… ¿O tal vez sí? Lo que sí influye es la actitud moral que se tiene ante la lengua a la hora de escribir. Volviendo a Cuadernos: Rosales le dio forma a la revista, y eso no la formalizó, sino que le dio estructura, y luego los distintos directores hemos contribuido, desde el conocimiento y desconocimiento de cada cual, a su crecimiento.

— ¿Podría trazarnos un breve perfil de la aportación de cada uno de los directores, entre ellos el suyo, a cargo en la revista desde 2012? Yo, por ejemplo, noto ahora cierta preocupación por dar voz a lo último que se está realizando en España y América sin descuidar a nuestros mayores más prestigiosos… También la importancia dada a la entrevista…

«Me habría encantado que Rosales, a quien conocí, pudiera leer un estudio sobre el pensamiento y la poesía de Antonio Machado que publico en estos días»

— Es complejo, porque habría que matizar mucho. Lo haré de otra forma. Laín Entralgo fue un humanista, un historiador de la medicina, para el que existía la literatura. Luis Rosales fue un creador, un poeta notable, un prosista reflexivo, machadiano, y un hombre algo socarrón. José Antonio Maravall fue historiador, influido por la escuela de los Annales, por Braudel. Un gran estudioso del pensamiento del siglo de Oro, y antes de la picaresca. Félix Grande, poeta y crítico literario algo impresionista, fue también flamencólogo. Como Rosales, tuvo interés por la poesía y la prosa que se hacía en Hispanoamérica. Blas Matamoro, nacionalizado español, es argentino. Hombre de gran formación en literaturas europeas y por supuesto de lengua española de ambas orillas, es también musicólogo. Es autor de numerosos estudios y biografías, de una desusada erudición. Benjamín Prado es novelista y poeta. Y en cuanto a mí, usted sabe bien que escribo poesía, narración y he escrito no pocos ensayos. Comparto, creo, el amor también por el pensamiento. De hecho, y me habría encantado que Rosales, a quien conocí, pudiera leer un estudio sobre el pensamiento y la poesía de Antonio Machado que publico en estos días

— Otra de sus aportaciones ha sido la creación de una página web, con lo que la revista se imbuye de una vocación atenta a las nuevas tecnologías. ¿Fue difícil esta creación? Lo digo porque es muy diferente crear una revista digital a lo que usted está haciendo ya que Cuadernos sigue imprimiéndose en papel…

Cuadernos siempre ha dado importancia a la cultura en lengua no española, haciendo realidad la querencia de Goethe por una Weltliteratur. Debe ser difícil contextualizar ésta en una producción como la del español que abarca más de una veintena de países..

«En ningún momento ‘Cuadernos Hispanoamericanos’ ha sido una revista nacional. Y a mí me horrorizaría que lo fuera»

— Bueno, Juan Ángel, ya sabes que esto de las páginas web lo hacen los técnicos, gente que maneja estas tecnologías. Las encargas, te ofrecen soluciones de acceso, visualidad y lectura distintas, y vas eligiendo dentro de una deseada coherencia. En cuanto al contexto de nuestra lengua, sí, no hay que olvidar nunca que ninguna lengua termina ni comienza en sí misma. Todas vienen de otras, y la cultura que se expresa en una lengua forma parte de un tejido que es, en puridad, universal. En ningún momento Cuadernos ha sido una revista nacional. Y a mí me horrorizaría que lo fuera.

— Para finalizar, mi pregunta tiene que ver con su experiencia como director de la revista, pero también con su labor como creador. ¿Cúal cree que es el mayor reto a que tenemos que enfrentarnos hoy día en el terreno de la expresión y difusión de la cultura?

«Creo que hoy día se pueden dar grandes obras y ser desconocidas para el público. Ser un crítico lúcido hoy en día supone merodear entre los escombros»

— Creo que el primer reto en cuanto a la expresión es tratar de resistir la velocidad que imprimen los nuevos medios de comunicación. Hay que pararse un poco, que no quiere decir detenerse. Pararse un poco es atender al movimiento y no a la agitación. Por otro lado, yo soy de los que creen en la obra bien hecha, que la obra debe cumplirse para sí misma para que pueda ser para otro, y sostengo que hay que sospechar un poco de tanta gestualidad y manoteo cultural que oculta –aunque en realidad pone sobre la mesa para quien quiera verlo- una enorme ausencia de contenido y de valor. Y en cuanto a la última pregunta, la difusión de la cultura, creo que ahí el problema radica en que necesitamos una actitud crítica para discernir en el maremágnum. Hemos confundido en alguna medida la crítica del autoritarismo con la de la autoridad. En nombre del derecho a la expresión se ha hecho de todo un derecho a la publicidad. Todo es igual a todo, que finalmente es nada, o lo es porque apenas se puede distinguir. Creo que hoy día, y por razones opuestas a los siglos XVII, XVIII y XIX, se pueden dar grandes obras y ser desconocidas para el público. Pueden estar tiradas entre los grandes montones de escombros de lo que hoy llamamos cultura. Ser un crítico lúcido hoy en día supone merodear entre los escombros.

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