‘La escopeta nacional’ y el perdigonazo en el culo de la hija de Franco

  • La escopeta nacional', de Luis García Berlanga, cumple este año 40 primaveras y sigue más actual que nunca porque el verdadero poder sigue relacionándose en las cacerías.
  • Para el guion, Berlanga volvió a contar con Rafael Azcona para hacer un retrato de la España eterna, casposa y corrupta a pesar del cacareado “consenso” de la Transición.

Todos recordamos la famosa cacería a la que asistió el mediático Baltasar Garzón. Organizada por una de las principales constructoras implicada en la trama Púnica, en ella cada cazador se gastó 5.000 euros y en ese precio iban incluidos todos los animales que quería matar, un secretario personal, las armas, el transporte, las comidas y el alojamiento. Todo muy berlanguiano.

Las cacerías pagadas por promotores y a las que acuden políticos son algo natural en este espantoso país. Y hay otras cacerías que han llenado portadas, por ejemplo, la organizada en Jaén y que costó la cartera al exministro Fernández Bermejo y a la que acudió Dolores Delgado, actual ministra de Justicia. Y no olvidemos a Miguel Blesa y su extraño suicidio, ni al rey emérito y su pasión por la caza.

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La escopeta nacional, de Luis García Berlanga, cumple este año 40 primaveras y sigue más actual que nunca porque el verdadero poder sigue relacionándose en las cacerías, el tan español “qué es de mío” no ha cambiado con el nuevo régimen y el gran mangoneo nacional sigue escenificándose en las batidas, las plazas de toros, los palcos de estadios de fútbol o en las cubiertas de yates, que es donde acaba El verdugo, también de Berlanga y del que Franco dijo: “No es comunista, es peor. Es un mal español”.

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Luis García Berlanga (en el medio) durante el rodaje de ‘La escopeta nacional’.

Para el guion, Berlanga volvió a contar con Rafael Azcona con la idea de hacer un retrato de la España eterna, casposa y corrupta a pesar del cacareado “consenso” de la Transición. Esa España de la especulación y la inminente burbuja inmobiliaria, y todo con un ambicioso y paciente catalán con ganas de trepar como personaje que ayuda a mostrar un retrato coral.

El catalán es Jaume Canivell (Saza), que costea una cacería de perdices en una propiedad del marqués de Leguineche (Luis Escobar) con el objeto de conseguir contratos para su empresa de fabricación de porteros automáticos. Su idea es que un ministro (Antonio Ferrandis) obligue a instalar sus porteros en edificios de nueva construcción.

La idea de la cacería como escenario simbólico (como en La caza, de Saura) surgió por una anécdota ligada al franquista Manuel Fraga, que acababa de ser nombrado ministro de Información y Turismo. En febrero de 1961 fue invitado a una cacería en una finca en Ciudad Real. En ella también iban a estar Franco y su hija Carmen, a la que Don Manuel le pegó, accidentalmente, un perdigonazo en el ojal. Una perdiz baja, que pasó entre Fraga y la marquesa de Villaverde, fue la causa de tan tronchante incidente.

Tras la indignación que provocó El verdugo (1963) entre los franquistas, Berlanga se tuvo que ir a Argentina a rodar La boutique (1967) y a rodar con dinero francés e italiano Tamaño natural (1974). La escopeta nacional es una realidad gracias a la financiación de Impala e In-Cine, con las que levantó un reparto para la historia de nuestro cine: Luis Escobar, José Luis López Vázquez, Amparo Soler Leal, José Sazatornil, Antonio Ferrandis, Luis Ciges, Agustín González, Mónica Randall, Bárbara Rey, Rafael Alonso, Chus Lampreave, Félix Rotaeta, Laly Soldevila…

‘La escopeta nacional’.

El rodaje, como todos los de Berlanga, no fue nada fácil. El director valenciano acabó siendo muy famoso por sus largos planos secuencia y en los que participaban decenas de actores a la vez. No conocí en persona a Berlanga, pero sí conozco a Marisol Carnicero, directora de producción en muchas de sus películas y mi tutora en la Escuela de cine. Fue ella quien me confesó que el primer día que trabajó a sus órdenes rompió a llorar, desolada por lo que era rodar aquellos complicadísimos planos secuencia. Berlanga se acercó a Marisol preocupado y le dijo: “Tranquila, piensa que una vez sale el plano, nos cargamos un montón de páginas del guion”. Mano de santo, oigan.

La escopeta nacional fue un éxito de taquilla, la vieron más de dos millones de espectadores. Y no ganó Goya alguno porque todavía los premios no estaban inventados, pero sí el Fotogramas de Plata. Gracias a su éxito, Berlanga cerró la trilogía de los marqueses de Leguineche con Patrimonio nacional (1981) y Nacional III (1982). En el cajón quedó, por falta de subvención y la muerte de Luis Escobar, una cuarta entrega titulada ¡Viva Rusia!.

En declaraciones a cuartopoder.es José Sacristán me dijo que La escopeta nacional inaugura un Berlanga harto de los españoles. “A partir de ahí Berlanga dice: “Os vais a enterar”. Y pierde la piedad por los personajes. Todo lo que viene después (La escopeta nacional, Patrimonio Nacional y Nacional III, Moros y Cristianos, Todos a la cárcel…) es despiadado. Se lo dije a la cara y me dijo que tenía razón”.

El rotulo final de La escopeta nacional, después de que Saza grite, en catalán, la mierda de país en el que sobrevive, es demoledor: “Y ni fueron felices ni comieron perdices… desgracia habitual mientras existan ministros y administrados”.

Seis años después de su estreno, llegó otro peliculón con la caza como tema, Los santos inocentes, en la que el señorito Iván acaba colgado de un árbol. Cuando la escena se proyectó en el Festival Cannes toda la sala aplaudió a rabiar el ahorcamiento. Los inventores de la guillotina siempre nos han llevado ventaja.