Si presumes de bandera, es que nunca has leído a Bohumil Hrabal

  • En estos días de exaltación patriótica, Bohumil Hrabal es una guía de cómo sobrevivir a los tópicos y la estandarización
  • Las banderas son valiosas solo cuando permiten protegerse del frío. O esconderse para hacer el amor

En estos días de exaltación patriótica, Bohumil Hrabal es una guía de cómo sobrevivir a los tópicos y la estandarización. Hrabal cursaba Derecho en Praga cuando las tropas nazis entraron en Bohemia, en 1938, y lo obligaron a interrumpir los estudios para servir como mano de obra. Lo destinaron a la red ferroviaria, y le gustaron tanto los trenes que empezó a temer que los rusos o los estadounidenses liberasen Checoslovaquia porque él tendría que volver a la universidad para continuar con los estudios de Leyes, que odiaba. No sentía ningún aprecio por los nazis. Ni mucho menos. Pero tampoco era tan hipócrita como para fingir que estaba más contento cuando se preparaba para ser picapleitos. Aunque ese no fuera el caso de algunos de sus compatriotas: los que eliminaban las tildes y los acentos circunflejos checos de sus nombres para que pareciesen alemanes, y que unos años después antepondrían la palabra «camarada» a sus apellidos.

Trenes rigurosamente vigilados se publicó en 1965. Es una novela de nazis. Pero no hay judíos. Ni tiene esa visión maniquea de muchos relatos sobre el Tercer Reich. Para Hrabal los bandos y las banderas son como esa sábana debajo de la que el protagonista, Milos, tiene su primera experiencia sexual con una chica. Las banderas son valiosas solo cuando permiten protegerse del frío. O esconderse para hacer el amor. En estos días de puritanismo, de procesar a cómicos y sentirse ofendido por cuestiones abstractas, en los que cualquier palabra parece una violación a los sentimientos religiosos o al honor de algún conjunto humano, me acuerdo del abuelo ilusionista de Milos, que camina solo hacia los tanques alemanes para hipnotizarlos antes de que lleguen a Praga, que mira fijamente a las máquinas intentando infundirles una idea: «Dad la vuelta y regresad, dad la vuelta y regresad». Pero no sirve para nada. Los tanques lo atropellan y su familia tiene que esperar a que se detengan para recoger su cabeza atrapada entre las cadenas. No hay metáfora más potente del individuo contra la maquinaria del poder. Ni de la imposibilidad de persuadir a las fuerzas represoras: porque para ser hipnotizado hay que tener al menos un poco de imaginación.

Hrabal escribía sobre trabajadores manuales, sobre entrañables fanfarrones de bar, sobre comilonas y borracheras pantagruélicas. O sobre un camarero que anhela cubrir de pétalos el cuerpo desnudo de una prostituta, o sobre un muchacho que intenta suicidarse porque su primera experiencia sexual ha sido un fracaso. Lo suyo era el «hominismo» y no el «humanismo». Escribía sobre la carne, no sobre las ideas. Los héroes son encarnaciones de ideas. Las ideologías son conjuntos de ideas concéntricas. Las religiones son el triunfo de la inverosimilitud sobre la capacidad humana de enfrentarse a la idea de la muerte. Hrabal oponía a eso la ternura de la carne: el padre de Milos recogiendo chatarra, y las palomas cagando sobre el uniforme del jefe de la estación, y el sabor salado del agua en la bañera cuando Milos se corta las venas.

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Hrabal vivió en esa República Checa que fue ocupada primero por los nazis y luego por los comunistas soviéticos. Aun así se las arregló para escribir sobre el individuo carnal y tierno, lleno de apetitos, desordenado, disoluto, que molesta al poder como una espina metida en la uña. Su mayor logro es haber dotado de un resplandor extraordinario a esa dimensión de piel y cariño. Entre la rigidez de las ideologías y de los partidos políticos aparece el hombre preocupado por asuntos eróticos y que alberga pequeñas ilusiones secretas. Hrabal sabía que eso es lo que hermana verdaderamente a los seres humanos: lo que los iguala y la fuente primera de la ética y la justicia. En la década de 1970 el régimen soviético ordenó que se retirasen sus libros de las librerías. Hrabal ya solo podía publicar en la clandestinidad.

En Trenes rigurosamente vigilados el factor Hubicka, un hombre feo y calvo, pero atractivo para las mujeres, es enjuiciado por haber quitado la falda a la telegrafista, la preciosa Zdenka, una noche en que se quedaron los dos solos en las oficinas, y por haber colocado sobre su trasero, uno a uno, todos los sellos de la estación. Cuando los inspectores se dan cuenta de que Zdenka está encantada, de que se ríe y juguetea con un mechón de pelo mientras recuerda lo que el factor Hubicka le hizo, el narrador dice: «Yo sentía que los dos funcionarios hubieran querido hacerle a Zdenka lo mismo que el factor Hubicka, pero eran demasiado cobardes, como todos, tenían demasiado miedo, el único que nunca tenía miedo era el factor Hubicka, que ahora estaba sentado y disfrutaba de su fama». Finalmente lo expedientan por haber insultado a la lengua del Tercer Reich: porque algunos de los sellos encontrados en el trasero de la guapa telegrafista son alemanes.

Detrás de los símbolos y las banderas parece decirnos Bohumil Hrabal, del puritanismo y el sentimiento de ofensa ante la libertad de expresión y el libre tránsito de los seres humanos por el mundo, se esconde siempre la misma tríada: mediocridad, falta de imaginación, cobardía.

Trenes rigurosamente vigilados es una novela corta con una atmósfera absorbente, en la que los convoyes de hierro se alejan traqueteando por el paisaje nevado, en la que huele a carbón y los maquinistas se limpian las manos negras en las perneras del mono de trabajo, en la que los soldados alemanes miran ciegos, ingenuos por las ventanillas de los vagones que los llevan a la muerte, y en la que las excentricidades de los personajes, sus pequeños deseos y afectos, se agigantan y brillan hasta empequeñecer el poder de cualquier bandera o símbolo.

Trenes rigurosamente vigilados (Seix Barral, Barcelona 2017), 152 págs. Bohumil Hrabal