Sant Jordi y Cervantes, a la mano

En Sant Jordi es costumbre desde hace muchos años regalar un libro y una rosa. En justa correspondencia es costumbre en los medios de comunicación ofrecer una lista de las novedades que el lector, en este caso comprador de libros pues la cosa es tradición social, ante todo, puede encontrarse en los miles de chiringuitos montados al aire libre donde los autores, en eso la opinión es unánime, se lo pasan en grande departiendo con los lectores. Parece ser que ese día la gente se desinhibe y olvida un rato sus frustraciones para intentar pasárselo lo mejor posible.

Es lo que podríamos llamar en lenguaje un tanto peculiar un día donde la gente sale de casa dispuesta al “buen rollo”, casi como si de una obligación se tratara. Si a eso añadimos que conmemoramos también el día de la muerte de Cervantes y, si no se hubiera metido por medio la diferencia de cálculo de diferentes calendarios, la del deceso del propio Shakespeare, y que además, en el Paraninfo de la Universidad Complutense de Alcalá de Henares, ciudad donde nació el autor de El Quijote, los Reyes otorgan el Premio que lleva el nombre de nuestro insigne escritor, no hay duda de que el 23 de abril es fecha de obligado interés cultural en este nuestro país.

Pero en Sant Jordi no sólo se conmemora sino que se vende. De ahí que demos prioridad al evento recomendando pocos libros, tres, pero poseedores de una alta calidad. Como el presupuesto no da para mucho no les recomedamos más porque queremos que, a ser posible, se compren los tres.Así evitan la tentación de la dispersión. Una recomendación: si nos les gustan los libros pueden disparar al crítico. Para eso están.

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José Esteban. Ahora que recuerdo. Reino de Cordelia.

Después de su Diccionario de la bohemia, un libro referente en todo lo que tiene que ver con aquel estado que definió en buena parte la literatura española de finales del XIX y principios del XX, José Esteban (Sigüenza, Guadalajara. 1935) acaba de publicar Ahora que recuerdo. Su esperado libro de memorias y que, no podía ser menos en él, un hombre que ama la literatura española con pasión desaforada, sigue en parte en cuanto a su estructura la de La novela de un literato, de Cansinos Assens. Sigue un cierto orden cronológico pero lo importante es que el libro está dividido en entradillas, en enlaces, diríamos hoy, que nos remiten a una especie de afortunado índice temático. El libro comienza bajo los auspicios de Pío Baroja, con la publicación de su libro de memorias, Desde la última vuelta del camino, y acaba bajo su misma estrella, reproduciendo un prólogo al tomo quinto de las mismas donde don Pío dice que las Memorias son un poco de anécdotas y un poco de chismografía y que él desde luego huyó de esa pedagogía de sacar en ella consecuencias de su oficio.

José Esteban parece atenerse a esa lección de su primer maestro y en este esperado medio siglo de recuerdos personales donde se refleja en buena parte la cultura española de los años cincuenta hasta ahora. Nos hace un recorrido divertido, irónico, pero, sobre todo, lleno de una profunda comprensión por todo lo humano, como identificándose con lo más genuino del espíritu de su admirado Cervantes, que le ha llevado a una independencia de criterio que tirios y troyanos no le han perdonado.

Pero lo relevante de la cosa es que mediante este recorrido por el París de los sesenta, por las tertulias madrileñas, por la creación de editoriales, como Ciencia Nueva o Turner, por haber promovido actos culturales de importancia enorme, como la de dirigir junto a Juancho Armas Marcelo el Congreso de Escritores de Canarias, que juntó a personajes imposibles, como Juan Rulfo y Juan Carlos Onetti, al lector le es dado hacerse una idea muy veraz de lo que ha sido la cultura literaria española, con incidencia plena en Madrid, de los últimos años. Sin que Esteban se olvide de Barcelona, mejor dicho, de sus amigos de Barcelona, es decir, aquellos de la Generación de los 50 que sobrevivían en la capital tomando copas en Boccacio, en especial su también admirado Carlos Barral.

Leila Guerriero. Opus Gelber. Retrato de un pianista. Anagrama.

En el ámbito del reporterismo en lengua española, la argentina Leila Guerriero (Junín, Argentina, 1967) ocupa un lugar eminente, hasta el punto de que muchos han querido hacer de ella una muestra representativa de la extraordinaria tradición del periodismo que hizo de Guy Talese, de Tom Wolfe y de Truman Capote referentes en las generaciones de reporteros surgidos en los setenta.

Ahora se acaba de publicar entre nosotros un libro que no dudo en calificar de excepcional, Opus Gelber. Retrato de un pianista, donde realiza una especie de reportaje biográfico sobre Bruno Gelber, a quién visitó en 2017 durante meses hasta el punto de alcanzar una intimidad que el talento excepcional de Guerriero sabe dirigir hacia una objetividad que no impide, antes bien parece exigirlo, la identificación emocional con el personaje.

En este sentido cabe decir que es muy probable, así lo creo, que el libro de Leila Guerriero está escrito siguiendo en cierta manera el modo de conducirse de Gelber ante el piano, donde técnica y tensión emocional tocan momentos dificílmente alcanzables y que han hecho de este pianista, junto a Daniel Barenboim y Martha Argerich, los tres nombres señeros argentinos de la interpretación de la música clásica en el siglo XX. Gelber está considerado uno de los grandes, sobre todo cuando interpreta a Brahms, Rachmaninov, Schumann y Beethoven. Un gran libro de una de nuestras grandes reporteras hoy día en lengua española.

Alberto Sánchez Piñol. Fungus. Alfaguara

Cuando leí La piel fría, allá por 2002, no me podía imaginar que Albert Sánchez Piñol (Barcelona, 1965), fuera a convertirse en el escritor catalán de best sellers por excelencia. Aquella primera entrega me dio a conocer a un autor de inteligencia muy sutil y capaz de llevar a cabo malabarismos narrativos casi próximos al funambulismo. Se le veía dotado para ello.

Pandora en el Congo o Trece tristes trances son títulos que nos revelan que el autor es hombre proclive por estudios y vocación a la antropología, pero fue con Victus, en 2012, cuando Sánchez Piñol dio el salto a la fama, como se dice. Y el secreto de la cosa no estriba, desde luego, en que se refiera en cierto modo a los orígenes de la conciencia nacionalista de Cataluña, sino al modo con el que construye ese mundo, sin esquematismos interesados y, por supuesto, con una implacable independencia de criterio.

Como antropólogo, Sánchez Piñol estudia de algún modo el pasado desde diversas perspectivas. El traslado a culturas exóticas se realiza en espacios fuera de la historia, en desgraciada frase hegeliana, pero cuando la mirada se dirige a la cutura propia, el pasado histórico se revela como fuente de conocimiento. Sánchez Piñol, en cierta manera, lleva a cabo esa elucidación del pasado de su país en sus narraciones. Fungus, por ejemplo, su última novela nos traslada al año 1888 donde un ejército de setas gigantes recorre las pirenaicas montañas catalanas, un ejército de hongos libertarios que odian el poder y que son dirigidos por un tal Ric - Ric, un peculiar anarquista que huyendo de la policía terminó buscando refugio en las montañas y acabó convirtiéndose en el “Rey de los Pirineos”.

Sánchez Piñol titula sus series en latín: así, Victus, derrotado, Fungus, seta, y este título de su última novela no oculta la ironía con que trata la golosa pasión de sus paisanos por las setas, que comen de todos tamaños y aspectos (no sólo de níscalos vive el hombre).

Además el título remite a la leyenda de los minairons, los duendes de los Pirineos, unos seres fantásticos que viven gracias a la solidaridad entre ellos afrontan los peligros que les viene del exterior y logran sobrevivir. La novela, por tanto, es una metáfora a la vez que una especie de alegoría del poder en clave de farsa.

En el valle donde se habla occitano se encuentra uno en una sociedad ideal pero donde no hay ideología, es decir, un mundo construido por los de abajo sin el concurso de los de arriba, que son los que fomentan las mismas. En este sentido Fungus es la antítesis del mundo rural idealizado desde arriba, es la antítesis de Terra Baixa, de Ángel Guimerá. En cierta medida la fascinación que la novela ofrece está basada en buena parte de desmontar ese mundo rural idealizado propio de la ideología romántica y, ya que nos encontramos ante la obra de un antropólogo, diríamos que el poder está representado por los de abajo, vale decir, sigue las teorías de Marcel Mauss en detrimento de las de Nietszche. Por suerte, en esta divertida novela nada de esto se trasluce.