Feria del Libro de Madrid: por suerte, más de lo mismo

Las voces agoreras que pronostican males tremendos a la Feria del Libro de Madrid se dividen en dos clases, los que piensan que tarde o temprano ese enorme aparato de ventas terminará cayendo por la crisis que afecta al sector y, acabáramos, los que creen, sin aportar argumentos de peso siquiera mediano, que esta Feria debería parecerse más a la FIL de Guadalajara, en México, a la de Frankfurt o, por lo menos a la de Buenos Aires o Londres, criticando por lo demás que se trata de una Feria de libreros y no del libro. Es decir, no para la profesión y sí como una concentración intensa y enorme de librerías y editoriales que hacen de librerías de sus propios productos en torno a unas fechas que anuncian el verano y, por lo tanto, aprovechan que el lector suele comprar antes de las vacaciones algún libro para hacer, nunca mejor dicho, el agosto.

Algo que tiene visos de verdad pues en esta Feria se venden más de la cuarta parte de los libros de todo un año. Tanto unos como otros en contradicción flagrantre entre ellos mismos, pues unos critican el sistema de las ventas mientras otros advierten de que estas pueden irse a pique, no parecen darse cuenta de que la respuesta a todo esto es obvia, amén de algo chulesca: ¿Y?

Porque sí, la fórmula se repite, año tras año, indefectiblemente. La Feria es un circo pero sólo porque el número de personas otorga siempre cierto tono de masa desagradable a lo que individualmente es más grato: semejante a la publicidad de los coches de marca donde uno viaja solo en parajes mediterráneos con un bólido casi supersónico obviando los atascos reales. Nuestro inconsciente juega con la idea de que hacer cola para que un autor firme posee un algo de vulgaridad que no tiene el que uno se encuentre al autor a solas y, mágico poder, tenga uno en la mano un ejemplar escrito por ese autor y, claro, le pide, así más por deferencia que por otra cosa, que se lo firme.

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Sí, la cosa se repite año tras año, indefectiblemente. Este año es la República Dominicana el país invitado como otros años lo fueron Francia, México, etc., y al igual que hace tiempo su suegra era fotografiada con un libro de Solzhenitsin que había adquirido en alguna caseta, la reina Letizia acoge ahora el día de la inauguración el libro de Gerald Brenan, Cosas de España, de reciente aparición, lo que parece al impaciente que nada cambia y que el evento padece cierta esclerosis.

Nada menos cierto: la Feria tiene visos de quelonio y como tortuga se mueve lenta, pero se mueve. Imperceptiblemente, como quien no quiere la cosa, ha sorteado una crisis del sector que va ya para años y, poco a poco, ha conseguido acoger a todo tipo de pelajes de gentes dedicadas al mundillo del libro, los últimos los youtubers que arrasan entre… los propios consumidores de la cosa, pero que son legión aun sea cuestión de poco tiempo debido a los gustos cambiantes de sus acólitos, de extremada juventud, pero, ya se sabe, ésta es proclive al consumo y nada es más respetable si lo que haces es vender.

Y sí, la rueda de famosos que firman ejemplares parece repetirse año tras año: Rosa Montero, Juan José Millás, Almudena Grandes, Luís Landero, Fernando Aramburu, Luís García Montero… los vendemuchos, los best sellers, Julia Navarro, Arturo Pérez Reverte, Lorenzo Silva, Albert Espinosa, el inevitable e inagotable Sánchez Dragó… pero también dando paso a escritores más jóvenes, tan cambiantes todos los años como promesas que son: Karina Sanz Borgo, Manuel Jabois…

Y sí, el cartel de esta 77 edición de la Feria, como todos los años, arrastra su polémica… prevista. La del 2019, debido a Sara Morante, es la tercera consecutiva que sale una mujer, después de aquel cartel donde sobresalía un tremendo bigote de perturbadora masculinidad propia de otroros tiempos, un cartel hermoso lleno de guiños, como buen artefacto posmoderno, así, las llamas que simbolizan el Fahrenheit 451, la temperatura a que arden los libros y que es también referencia a Ray Bradbury, por aquello de la censura, pero que no convence a muchos porque les parece “facilón”…

Los actos culturales que se suceden en las carpas… los actos dedicados a la infancia, las mesas redondas donde suele haber siempre alguna dedicada al problema del libro impreso respecto al electrónico y el no menos previsible enzarzamiento entre apocalípticos e integrados de una u otra vertiente, alguna conferencia de algún ensayista, más o menos de pro, en la Biblioteca Eugenio Trías, en el espacio donde antes se ubicaba la Casa de Fieras, de bello nombre e inquietante imaginación… y, como todos los años, alguna que otra llovizna y, sobre todo, un calor de muerte, anuncio de lo que nos espera en las semanas que dura el verano en ciernes y que hace que el antiguo visitante de la Feria compare a los autores que sudan la gota gorda con aquellos animales de la Casa de Fieras enjaulados y expuestos a la curiosidad general y que, de seguro, s emiraban de reojo para ver quién tenía más espectadores…

Ya digo… como todos los años. Menos mal.