Esa enorme memoria del español

  • Se clausura en Los Llanos de Aridane el II Festival Hispanoamericano de Escritores

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El pasado domingo 15 de septiembre se clausuró el II Festival Hispanoamericano de Escritores que fue inaugurado en la isla de La Palma el 10 con un discurso de Mario Vargas Llosa. Reunió durante una semana a sesenta escritores, ¡sesenta!,  de diversos países de América, entre los que se encontraban Gonzalo Celorio, Martín Caparrós, Alberto Ruy- Sánchez, Fernando Aramburu, Nuria Amat, Carmen Riera, Alexis Revelo, Marcelo Luján, José Manuel Fajardo, Héctor Abad Faciolince, Esther Berdaham, José Balza, Rosa Beltrán, Juan Carlos Chirinos, José Esteban, Mayra Montero, el enorme fotógrafo Vasco Szinetar y el cineasta Manuel Gutiérrez Aragón. También estuvieron Francisco Javier Pérez, secretario general de las Academias de la Lengua en español, que reúne la RAE y las diversas Academias Americanas, Nicolás Melini, director del Festival y Juancho Armas Marcelo, director de la Fundación Mario Vargas Llosa, y factotum de este acontecimiento, que han sido el alma de este proyecto que lleva ya dos ediciones en la isla volcánica.

La isla de La Palma
es producto volcánico que reúne dos paisajes rutilantes, bellos y distintos: a un lado la muy escarpada zona donde se encuentra Santa Cruz de La Palma y las Brañas Alta y Baja, de memoria tabaquera, y de la otra, la menos montañosa, donde se halla Los Llanos de Aridane. Allí, entre el Museo Arqueólogico y una Plaza de España presidida por varios laureles de indias espectaculares, lugar de encuentro de los habitantes de la ciudad que reúne por la mañana a los jubilados, luego a las madres y niños que salen del colegio y por la tarde se convierte en lugar de encuentro y paseo, tuvieron lugar múltiples debates en el que los habitantes de la isla asistieron con interés a los que tuvieron lugar al aire libre. Ni que decir tiene que el día de la inauguración, con el discurso de Mario Vargas Llosa la plaza estaba intransitable... literal. No se podía dar un paso.

Vargas Llosa cumplió con su papel. Realizó un discurso previsible donde realzó ciertas tesis que repite machaconamente, como que la literatura nos hace mejores y que el relato es uno de los factores que separó la barbarie de la civilización y, de paso, apeló en estos tiempos recientes tan oscuros a la lectura como terapeútica. Un discurso basado en las tesis ilustradas que hubiera servido para ofrecer un debate serio y de profundo calado. No se produjo porque el interés, muy comprensible, estaba en otro lugar, en la literatura y el español, ese reino de Cervantes, que en el fondo es un milagro porque logró reunir a diversos escritores de la veintena de repúblicas americanas y a escritores españoles, peninsulares y canarios en un modo de decir común a pesar de las diferencias. Todos allí se entendieron y no sólo en los elogios sino también en las diferencias, que las hubo y grandes.

La semana fue tan intensa que se produjeron alrededor de cinco mesas al día, mesas donde podías encontrarte un debate sobre la tertulia que Juancho Armas dirige en el Café de Gijón, y donde asisten muchos de los componentes que se hallaban en Los Llanos y que es lugar de encuentro para muchos escritores latinoamericanos que pasan por Madrid. U otra en la que se daba prioridad a un tema inquietante, la literatura como depositaria de la memoria, donde intervinieron Pedro Flores, José Manuel Fajardo, Raúl Tola, Martín Caparrós , Alberto Ruy Sánchez y Ricardo Hernández Bravo... En medio, muchas otras en las que se debatió de casi todo, pero con la persistencia de la memoria como telón de fondo, una memoria que se escribe en un idioma común y que es un tesoro impagable.

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Debates... y comidas... y cenas. Agotador... y gozoso. Y, luego, para despejar la cosa, dos autobuses cargados de escritores, ya digo, sesenta, cantando a medianoche Vivir así es morir de amor, en homenaje a Camilo Sesto con escándalo fingido de algunos escritores más tendentes al rock o a la música sinfónica o de cámara.

La comparación es odiosa pero inevitable. Algunos, malintencionados, comparaban estos recientes Festivales con el habido en Gran Canaria en el 79, el I Congreso Internacional de Escritores de Lengua Española, y que dirigió Juancho Armas y cargaban las tintas entre las diferencias de figuras como Onetti o Rulfo con las actuales.

La cosa, amén de injusta, es ciega y peca de rebuscado anacronismo pues nadie es capaz de prever el futuro de muchos de los escritores de probada calidad que acudieron a Los Llanos, como nadie fue capaz de prever el provenir de Guillermo Morón, José Manuel Caballero Bonald, Vinicio Romero, Luis Goytisolo, Fernando Arrabal o Jorge Edwards o Abel Posse. Un ejemplo: ¿conocen ustedes a muchos lectores que compren ahora las obras del último autor citado?

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