Harold Bloom, la búsqueda frenética del canon

  • Fallece el crítico literario, Harold Bloom, a los 89 años

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En un hospital de New Haven, en cuya Universidad de Yale fue profesor durante años, murió el día 14 Harold Bloom, quizá el crítico literario norteamericano más importante de las últimas décadas. No olvidemos por ejemplo que George Steiner es británico y, aunque quizá alzado a una excesiva fama por los medios de comunicación, como décadas atrás ocurrió con Marshall Mcluhan, lo cierto es que aunque solo fuera por aquello que le otorgó un lugar en la cultura no sólo académica sino que llegó hasta la pop, la frenética búsqueda de un canon de la literatura occidental, merece la pena acercarse a la obra de este profesor. Además, gordo como era, quiso reflejarse en la figura del Falstaff de Shakespeare en aquel libro que escribió sobre el dramaturgo inglés.

Critiqué en su momento, creo que fue en las páginas de El Mundo, el libro que le hizo famoso, El canon occidental, en el que el eje giraba alrededor de la obra de Shakespeare y donde Cervantes y Dante, por poner un caso entre varios, quedaban en lugar subalterno ante la luz que emitía el Bardo. Tengo que decir que a mí todo eso de las listas de nombres en la excelencia me parece ejercicio pueril, al modo de los ten tops, pero Harold Bloom, como lugareño propio de la cultura norteamericana a la que pertenecía, se pirriaba por hacer listas al modo de catálogos.

Me molestaba que un crítico serio cayese en semejante estropicio y que, además, hiciese girar nada menos que toda la cultura occidental alrededor de Shakespeare. Argumenté que en realidad el canon occidental, como todo buen vecino debería saber, se basaba en el ejemplo de los clásicos griegos y latinos y, si quieren, el hebreo, por aquello de la tradición bíblica y añadí, por si fuera poco, que Bloom había preterido esa tradición evidente porque, quizá por su condición de judío, se encontraba más liberado que los estudiosos de origen cristiano para dar de lado, un poco, aunque fuera un poco, la losa greco-latina.

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Sucedió que un amigo mío, José Antonio Gurpegui, por esas fechas, era asistente suyo en Yale y, un día, mientras hacían un receso en las clases y se tomaban un piscolabis, Harold Bloom se quejó de una crítica malintencionada que le había hecho un español. Gurpegui le preguntó por  le nombre del crítico y cuando oyó el mío, le respondió que me conocía y era buena gente. Así. Bloom se calló un momento y luego dijo que no, que le parecía mala persona. Y ahí quedó la cosa.

Hasta que me entero de su muerte. De un plumazo, tengo que decir, se me borró eso de la lista de 27 escritores que incluyó en su libro sobre el canon, no se trataba de un ten top sino de un 27 top nada menos, parece que por imposición de la editorial y del que se arrepintió durante el resto de su vida, y que fue el verdadero motivo, bueno, también lo de Shakespeare, de la crítica que hice para el diario.

Avatares del periodismo cultural. No diré como Cabrera Infante en su momento, cuando ejercía de crítico de cine, que Casablanca no le pareció gran cosa, algo que siempre se le reprochó y que un día me confesó estaba arrepentido porque “chico, con los clásicos nunca hay que meterse, sobre todo si son populares”. Cierto, pero ahora que ha muerto y que creo que su obra, a pesar de ciertas reticencias justificadas, está ahí y en cierto modo pervivirá, me pregunto si esa pervivencia no estará basada en un malentendido, es decir, embutida en una fórmula que a la larga se revela falsa. Como la pervivencia de Mcluhan por la frasecilla aquella de “el medio es el mensaje”, a Bloom se le conoce por la famosa lista de los 27, como si fueran los 27 escritores cuya obra haría bien en leerla antes de morirse.

Nada más hiriente que ese malentendido para alguien que se tomó la cultura tan en serio que reivindicaba casi una High Culture en un país donde se otorga carta de naturaleza democrática a la cultura pop, vale decir, un riesgo de ser acusado de clasista en una nación que se otorgó en su origen borrar cualquier distinción de clase.

Lo terrible del asunto es que esa lista de la que abominó es parte integrante de esa cultura pop, cuyo origen está en el género musical, y creo que lo me enfadó, e hice por consiguiente aquella reseña, se debió al hecho de que ese crítico y profesor de Yale que reivindicaba la literatura en su vertiente High Culture, cediese a la imposición de las listas para que el libro fuese más popular, es decir, se vendiese más.

Harold Bloom está ahí, quiero decir su obra, y es probable que no ejerza la infuencia de Antígonas o Extraterritorial o Después de Babel, de George Steiner, pero libros como el que realizó sobre el poeta Wallace Stevens, sobre Yeats o sobre el Apocalipsis de William Blake perdudarán como análisis justos y fehacientes de estos clásicos.

De El canon occidental sigo opinando lo mismo. Lo  siento.

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