La barbarie de una u otra forma se paga

  • Comentario literario de Pedro Araque sobre la novela 'Que de lejos parecen moscas', de Kike Ferrari

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Novela: Que de lejos parecen moscas

Autor: Kike Ferrari

Iba a visitar a 10 millones de dólares, que diría Raymond Chandler. Un tipo despreciable y pagado de sí mismo, carente de la más mínima empatía, un aprendiz de psicópata que desconoce todo el mal infringido a infinidad de personas que de lejos le parecen moscas. Y como nuevo rico creado a la sombra de la dictadura y los primeros albores de la democracia argentina, conduce ese maldito BM de 200 lucas, un BMW de 200.000 dólares, su perdición. Lo mismo que esa Glock 45 que le regaló su amigo el Loco Wilkinson y que guarda en la guantera, o esas esposas de peluche rosa que utiliza para sus juegos sexuales.

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Al final, la barbarie de una u otra forma se paga.

Pero antes de que comiences la lectura de esta novela de Kike Ferrari, si lo haces, estás advertido: si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya. Ferrari recupera las palabras de Rodolfo Walsh, siempre a caballo entre realidad y ficción, entre periodismo y literatura; siempre comprometido. No creo que sea casualidad que escoja esta sentencia del pionero de las novelas testimoniales, desaparecido misteriosamente durante la dictadura argentina.

Que de lejos parecen moscas hoy en día es una novela de culto. Pero hasta recibir los elogios de The Wall Street Journal y el reconocimiento internacional, hasta que el rotativo estadounidense le colocó el sonoro adjetivo de "revelación literaria argentina", hasta entonces, ha sentido en sus carnes de papel todo un calvario de nueve años. Casi tres años hasta conseguir el premio a la mejor ópera prima en la Semana Negra de Gijón de 2012 y otro seis hasta que una editorial con proyección internacional: Alfaguara, Narrativa Hispánica, decidió publicarla. Quizás sea porque su crítica social incomoda. Quizás sea porque, como Rodolfo Walsh, su literatura se parece demasiado a la realidad.

Una puñetera realidad bastante familiar más allá de las fronteras argentinas. Quizás aquí mismo, a nuestro alrededor, encontraríamos paralelismos sonrojantes. Sobre todo si contempláramos y describiéramos con la misma valentía y honradez con que lo hace Kike Ferrari. Entonces observaríamos, aunque no fuéramos a visitarles, a esos millones de dólares… o de euros. A lo mejor, descubriríamos el lado oscuro de algunas fortunas cercanas, las debilidades inconfesables de sus dueños… Sobre todo si algún desconocido les colocara un muerto en el maletero de su coche.

Aquí tenéis un fragmento textual de Que de lejos parecen moscas:

Sabe que tiene que mirar, que para desenganchar lo que sea va a tener que dirigir su vista al cadáver sin rostro metido en ese traje azul y que entonces, por mucho que lo llame eso, eso se transformará en un hombre.

Un hombre muerto.

Un hombre muerto con la cara destrozada.

Un hombre muerto con la cara destrozada y lleno de sangre.

Un hombre muerto con la cara destrozada y lleno de sangre metido en el baúl de su auto.

Se sobrepone al vértigo, el señor Machi, y mira qué es lo que está trabando el cadáver. Y entonces sí, la arcada vence toda resistencia y el señor Machi cae en el pasto y vomita, vomita, vomita.

Cuando logra levantarse del suelo, sacude su traje Scappino, manchado de sangre, de vómito, de tierra.

¿Qué más va a pasar?, se pregunta.

Basta, pide, basta.

La mano derecha del cadáver está sujeta al BM. El señor Machi conoce lo que estrangula la muñeca del muerto. Un juguete inofensivo, un pasatiempo de la imaginación, un pequeño chiste secreto.

Secreto, piensa, esto lo cambia todo. Significa, por ejemplo, que Pereyra no puede haberlo hecho solo, porque no sabía. Alguien más tiene que estar en el ajo. Un aliado. O una aliada.

Eso lo cambia todo, se repite.

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