ESTRENO

Le Mans 66: clasicismo, espectáculo y buen cine

  • Tiene alguna típica tara de las películas yanquis para grandes públicos pero es en realidad una película sobre perdedores y también sobre la pasión y la excelencia
  • Es una película perfecta para ver en una buena pantalla y con un buen sistema de sonido para escuchar bien el rugido de los motores

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El cine americano a veces tiende a la americanada, que suele caracterizarse por alardes patrioteros y ciertos manidos discursos como el “lucha por tus sueños” o el “si lo quieres de verdad, conseguirás llegar a los mas alto”. Pero Le Mans 66, que tiene alguna típica tara de las películas yanquis para grandes públicos, es en realidad una película sobre perdedores y también sobre la pasión y la excelencia

La película arranca en 1959, cuando el tejano Carroll Shelby (Matt Damon) ha ganado las 24 horas de Le Mans. Por desgracia su médico le advierte que está vivo de milagro: sufre una cardiopatía que le retira de las carreras y le hace tener que depender de las pastillas para el corazón de por vida. No le queda otro remedio que reinventarse y lo hace diseñando y vendiendo coches en una fábrica en la que trabaja con los mejores mecánicos, entre ellos el genio británico Ken Miles (Christian Bale), un tipo arrogante, libre y de tremendo carácter.

Otro de los grandes personajes de la película es el temido Henry Ford II, muy bien interpretado por Tracy Letts. Conocido como El Deuce, en la película el empresario se enfrenta a Enzo Ferrari y lo hace fabricando uno de los mejores bólidos de todos los tiempos: el Ford GT40 MKII, coche que cambió la imagen de la marca Ford y participó en la famosa competición de Le Mans en 1966.

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Lo mejor que se puede decir de Le Mans 66, que iba a llamarse Go Like Hell y en un principio la iban a protagonizar Tom Cruise y Brad Pitt, es que no solo es una película de acción y coches, como Rush, Baby Driver, Fast & Furious o Días de trueno, todas ellas flojas o directamente malas. La película que ha dirigido James Mangold y han escrito Jez Butterworth, John-Henry Butterworth y Jason Keller es mejor porque tiene un buen tema: buscar la excelencia y la perfección (aunque sea inalcanzable) con toda la pasión. Y todo a pesar del poder empresarial, el trepa de turno, las trabas administrativas y hasta la fama, al fin y al cabo pura vanidad.

Y esa excelencia y esa pasión tiene un premio que es acercarse a una experiencia mística y que en el guión se resume con estas líneas: “Hay un punto a 7.000 revoluciones donde todo desaparece. La máquina es ingrávida. Se desvanece. Solo queda un cuerpo que penetra el tiempo y el espacio. Es ahí, a 7.000 revoluciones. Es ahí donde te espera”.

Como ha recordado el propio Mangold, en la vida puedes ser el mejor en lo tuyo y ser una persona llena de talento, pasión y determinación, pero siempre puede aparecer alguien de arriba, alguien con traje que está por encima de ti y que no tiene ni idea de nada pero sí la última palabra. Y él decide y ahí se acaba todo.

En el aspecto técnico, Le Mans 66 es una gozada. Mangold pretendió siempre que Damon y Bale condujeran de verdad, en pistas reales y con coches reales. Se nota y el espectador lo agradece. El coordinador de especialistas estuvo una semana con Bale en la escuela de Bob Bondurant de conducción en Phoenix, especializados en coches de carreras. Y allí Bale, conocido por ser un tipo meticuloso y hasta obsesivo, lo dio todo. Y se nota en la pantalla.

La recreación de época, del director de producción François Audouy, es otra gozada. Tanto Mangold como los productores han apostado por tener pocos trucos digitales para que los espectadores vivamos una experiencia real, táctil. Para tal fin recrearon de forma admirable la sede central de Ford en Michigan, los talleres de Shelby American en California y la ampliación de sus instalaciones en el aeropuerto internacional de Los Ángeles. La escena más ambiciosa, que contó con los escenarios más grandes, fue la recreación, a escala real, de las gradas de Le Mans tal y como era entonces el circuito, hoy completamente cambiado.

Lo más destacado de la función es Christian Bale, que ya trabajó con Mangold en la estupenda El tren de las 3:10. Aquí Bale está rozando el histrionismo pero no llega a él y defiende estupendamente el personaje principal y más atractivo de la película. Huele a nominación a Oscar, aunque ya se sabe que este año el premio se lo va a llevar, muy merecidamente, Joaquin Phenix por Joker. De todas maneras, es muy posible que la película esté en las nominaciones a los Oscar en unas cuantas categorías.

Lo peor:

La parte familiar. La mujer de Ken Miles (Bale) cae mal, es una traba para su pasión, es ambiciosa, materialista, fría. Y un mero adorno, su personaje no tiene enjundia ni está trabajado. Lo mismo ocurre con el hijo que tiene a su padre como gran ejemplo y es un tanto repipi. Si sus hacedores se hubiesen evitado esta parte (en una película que dura dos horas y media) estaríamos hablando de un film mucho mejor.

El malo de la función, el vicepresidente Leo Beebe (bien defendido por Josh Lucas), es demasiado malo todo el rato. Acaba siendo muy cargante y en la pura caricatura.

Matt Damon llorando, de forma forzada y poco creíble, ante el hijo de Miles. Igual es hora de reconocer el limitado registro interpretativo de este hombre.

La película cae en la americanada, pero muy poco, sin que estropee el resultado final.

Lo mejor:

Como era de esperar, Le Mans 66 cuenta con fabulosas escenas de carreras, rodadas con brío y pulso, y un gran trabajo de montaje acompañado de una brillante selección musical.

Toda la parte de Italia y las conversaciones con Enzo Ferrari.

La amistad entre Shelby y Miles, con temperamentos muy fuertes. Se odiaban y querían a la vez y les unía la pasión por el coche perfecto y la carrera legendaria.

Ford II montado en el bólido que financia y descubriendo, entre lloros, lo que es la velocidad de verdad. Una escena tan emocionante como cómica.

La escena de los tres coches de la escudería Ford entrando juntos a la línea de meta. Da gusto ver esa épica en una pantalla de cine, como en los tiempos del Hollywood clásico.

En definitiva: una película perfecta para ver en una buena pantalla y con un buen sistema de sonido para escuchar bien el rugido de los motores.

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