Esculpido a sangre y fuego

A sangre y fuego: una trágica tramoya de héroes, bestias y mártires

  • Comentario literario del libro 'A sangre y fuego', de Manuel Chaves Nogales  

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Novelas cortas: A sangre y fuego

Autor: Manuel Chaves Nogales

Edición: Libros del Asteroide

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A Manuel Chaves Nogales le duele España, le hiere en lo más profundo lo que unos y otros han convertido en trágica tramoya de héroes, bestias y mártires. Nadie que no sea un estúpido o un fanático desea una guerra. Y menos, entre hermanos. Está escrito desde las tripas, de lo hondo, con unas letras esculpidas, como dice su título, a sangre y fuego. Pero además está escrito con una belleza literaria que empareja con los mejores clásicos:

"Cogidas del diestro por Currito, el espolique del marqués, piafaban y herían con la pezuña los guijarros del patio las cuatro jacas jerezanas de los señoritos, lustrosa el anca, cuidados los cabos, vivo el ojo, estirada la oreja, espumeante el belfo, prieta la cincha, el rifle en el arzón de la silla vaquera", empieza el relato de La gesta de los caballistas.

O, ¿no podría ser prosa compañera de esta otra que recuerda los sonidos —que no lugares—, de Valle Inclán, por ejemplo, en Cara de Plata: "A la redonda, los caballos se esparcen mordiendo la yerba sagrada de las célticas mámoas. En la altura, una vaca montesa embravecida por el vitelo que se lleva a la feria un rabadán".

"La calle era una sima honda, larga y negra", dice Chaves. "Una hendedura en la corteza de un astro muerto". La mano del hombre se desata y hace de las suyas en la guerra, cuando está permitido matar y el fanatismo campa a sus anchas. Pero también de los peores momentos nace y brota lo mejor de las personas. Son los primeros años de la Guerra civil española. 

Manuel Chaves convierte sin paños calientes el periodismo en Literatura. Marca una senda que luego recorrerán otros como Truman Capote o Tom Wolfe, pero que peregrina casi a la par en el tiempo con John Steinbeck en Las uvas de la ira (1939). Distintas temáticas pero igualmente ambos autores están comprometidos con la libertad, el periodismo y la verdad; cuando una bala borraba todas las palabras. Así que no ahorran en dureza sus expresiones cuando es necesario. A Steinbeck le acusaron de antiamericano, a Chaves directamente le ignoraron, la mediocridad quiso enterrarlo en el ignominioso baúl del olvido.

Los hombres y mujeres que protagonizan las once novelas cortas de A sangre y fuego, son de carne y hueso o lo fueron, son de verdad. No nacen en la imaginación o en la invención de Chaves. Escondió sus nombres verdaderos para que no les reconocieran, pero o vivió con ellos sus historias o se las relataron de primera mano. Esa cercanía es probablemente la que escarna el espíritu de Chaves para convertirlo en letras.

Aquí os dejo el fragmento textual del comienzo de una de mis historias preferidas de A sangre y Fuego. Lleva por título Bigornia:

"Le llamaban Bigornia, y era un ogro jovial y arrabalero que balanceaba su corpachón envuelto en tela azul desteñida junto a las vallas de los solares y los desmontes del suburbio donde tenía su vivienda. Un ogro que en vez de comerse a los niños los daba de sí, los producía con una fertilidad indecorosa. Un ogro municipal y suburbano escandalosamente prolífico, acampado con toda su prole en una casucha de los arrabales de la gran ciudad como en la orilla de un bosque, por cuya espesura de cúpulas, torres y chimeneas se adentraba todas las mañanas llevando un martillo de herrero que recordaba el hacha de que en otros tiempos debieron de llevar los ogros como él.

Era un ogro convertido en proletario metalúrgico del mismo modo que, andando el tiempo, la selva se había transformado en urbe sin que ni el uno ni la otra hubiesen perdido del todo su ancestral naturaleza. Bigornia era un obrero mecánico. Herrero, hijo de herrero y nieto de herrero, había conocido en su infancia una fragua que no difería gran cosa de la de Vulcano y, aunque el raudo progreso mecánico del sigo hubiese sometido su instinto y su fuerza natural a la deformación y al aguzamiento de la técnica, conservaba un fondo selvático de forjador primitivo, de hombre del bosque, fuerte y de gran resuelto. (…) Bigornia era un buen obrero mecánico porque había conocido el primer automóvil que llegó a España, la primera ametralladora, la primera linotipia, el primer aeroplano, y desde su humilde menester de acólito de la metalurgia había conseguido familiarizarse con los dogmas y misterios de la técnica moderna».

 

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