‘A propósito de nada’, la decepcionante autobiografía de Woody Allen

  • "Un artista que ha firmado guiones magníficos y libros de humor brillantes no puede permitirse el lujo de escribir con semejante desgana y tamaña abulia creativa"
  • "Una de las revelaciones del libro es que el gran sueño de Allen no era ser cómico, actor o director de cine, sino dramaturgo"
  • "El resultado es decepcionante pero hay que leerlo porque su autor es una de las figuras más icónicas del cine del siglo XX"

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Uno de los libros más esperados del año es una inmensa decepción. Primero porque está torpemente escrito. Un artista que ha firmado guiones magníficos y libros de humor brillantes no puede permitirse el lujo de escribir con semejante desgana y tamaña abulia creativa. Y segundo porque la estructura de A propósito de nada es una calamidad. Casi medio libro para hablar de su etapa de cómico, una barbaridad de espacio sobre su bronca con Mia Farrow y muy poco y mal sobre su cine, que es lo que nos interesa a la mayoría de lectores. Pero como Allen ha escrito siempre lo que le ha dado la gana, el resultado es como una de sus malas películas: una mediocridad.

Supongo que no se le pone un pero a un manuscrito del señor Allen y sospecho que ese sería el caso de la editorial Hachette, que finalmente decidió no comercializar la autobiografía por las presiones debidas a las acusaciones de abuso sexual por parte de Dylan Farrow. Allen recuerda en su libro lo solo que se sintió ante los ataques de los Farrow. Triste, se preguntó cómo toda esa gente que había conocido en su carrera, todos esos amigos, se callaban. La respuesta de esos supuestos amigos era siempre la misma: si te defiendo públicamente me quedo sin trabajo.

Cansina autoflagelación

Una de las revelaciones de A propósito de nada es que el gran sueño de Allen no era ser cómico, actor o director de cine, sino dramaturgo. Asiduo a las representaciones de Broadway y habituado a cenar con dramaturgos, su gran ambición era escribir algún día como Eugene O´Neill, Tennessee Williams o Arthur Miller. De hecho, conoció a estos dos últimos en persona. A Miller en Oviedo, cuando recibió el Príncipe de Asturias, y a Williams a la salida de un restaurante. Williams le dijo que admiraba su trabajo y Allen solo pudo contestar con balbuceos.

Woody Allen se infravalora de esta guisa en sus memorias: “A veces siento que soy un dramaturgo de los años treinta frustrado, fuera de mi época, que he perdido el tren, que he llegado demasiado tarde con mi trabajo. Pero a Elia Kazan le gustaban mis películas y eso me reconfortó. Yo sentía que encajaba más con esa gente: O´Neill, Clifford Odets, Arthur Miller, Tennessee Williams. No poseía su talento, pero si necesitaban que alguien les trajera café...”.

Durante toda su autobiografía, y de forma muy cargante, Allen repite que es una cucaracha comparado con los grandes, con Bergman, con Fellini... No es falsa modestia, el autor de joyas del cine como Manhattan o Maridos y mujeres no se considera a la altura de los grandes directores o los grandes dramaturgos. Y resulta agotador y algo peor: un insulto para los que pensamos que sí ha llegado a estar a la altura de los grandes, para los que sabemos que Allen ha sido uno de los cineastas americanos más talentosos y sobre todo más libres de todos los tiempos.

Allen jamás ha ido a recoger un Oscar, ha sido veinticuatro veces nominado y lo ha ganado en cuatro ocasiones: como director con Annie Hall y como guionista por esta misma película, por Hannah y sus hermanas y por Midnight in Paris. Sobre las buenas críticas escribe: “¿Críticas para leer que soy un genio o un idiota incompetente? Ya sé que soy incompetente y que no nací genio. La obsesión con uno mismo, esa traicionera pérdida de tiempo”. Más adelante dice: “Soy el primero en decir que he tenido más suerte y éxito del que merezco”.

Además de minusvalorar su talento, Allen reconoce que ha sido un hombre con mucha suerte gracias a estar en el lugar y momento adecuados. Según él, las tres personas más importantes en su carrera, y sin las cuales no hubiese ni empezado, son el productor Jack Rollins, el crítico del New York Times Vincent Candy y Arthur Krim, responsable de United Artist y más tarde de la mítica Orion Films.

Sobre la posteridad Allen dice con sorna: “Envidio a las personas que se consuelan con la convicción de que el mundo que crearon perdurará y que el legado que dejan como artistas los hará inmortales. La cuestión es que todas las personas que discuten sobre el legado del artista están vivas y pidiendo pastrami”. Y el libro acaba con esta gran frase: “Más que vivir en los corazones y en las mentes del público, prefiero seguir viviendo en mi casa”.

Su manera masoquista de minusvalorarse tiene que ver con que Allen nunca se ha considerado un intelectual aunque siempre haya tenido pinta de serlo con sus gafas, sus suéters y sus pantalones de pana. Muchas de sus películas están plagadas de tiendas de discos, librerías, clubs de jazz y fiestas con vino blanco y ópera de fondo, pero Allen siempre ha sido un terrorista cultural y detesta el postureo intelectual. Como en Annie Hall, prefiere ver un buen partido por la tele que hablar de Sartre o una exposición de Willem de Kooning. Igualmente detesta la cultura oficial y por obligación, como cuando de pequeño tenía que tragarse a Shakespeare y sus “¡Os lo ruego!”, “¡Escuchad!” o “¡Pero alto!”.

Otro de los lugares comunes en el pensamiento y la obra de Allen es que es un hombre que no se lleva bien con la realidad y por eso los que pensamos igual nos sentimos tan cercanos a su cine. Allen recuerda la importancia de salir de casa para huir de los constantes gritos de sus padres (recordados en Días de radio) y entrar en un cine para ver esas lujosas películas de la MGM que Mia Farrow ve en La rosa púrpura del Cairo. O Casablanca, Sopa de ganso y Cantando bajo la lluvia, que Allen ve proyectadas en Sueños de seductor, Anna y sus hermanas y Delitos y faltas. De hecho, reconoce que si algún personaje de todos los que ha escrito se parece a él especialmente es la Cecilia de La rosa púrpura del Cairo, una camarera con una vida gris y deprimente que olvida en cada proyección.

Allen, que odia los ordenadores y ha escrito toda su obra en una vieja Olympia portátil que compró a los 16 años, ha vivido para su trabajo, que le ha ayudado a no enfrentarse a la realidad. De hecho, estas apresuradas memorias surgen cuando tuvo que enfrentarse a una nueva campaña de difamación por parte de los Farrow. Una de las consecuencias más tristes es que no hay proyecto de Woody Allen para 2021, cuando cada año cumplía con sus espectadores. Sobre su huida de la realidad trabajando dice: “Trabajo todo el día o al menos parte de cada día de la semana. No porque sea un adicto al trabajo, sino porque eso me evita enfrentarme al mundo, uno de los escenarios que menos me gustan”.

Mia Farrow

Portada del libro. / Alianza Editorial

En un primer momento parece que Allen va a tocar el tema de Farrow de forma discreta, pero nada más lejos. La describe como una mujer comida por la furia, vengativa y psicótica. Sus argumentos se basan en su experiencia y en la de su hijo Moses, que la recuerda como una mujer terrorífica. También en las revelaciones de su mujer Soon-Yi Previn, con la que lleva casado 23 años.

Farrow es descrita en el libro como una mujer que dormía desnuda con Satchel (ahora Ronan, porque le cambió el nombre como si tal cosa) hasta que cumplió once años. También asegura que arrancó a Soon-Yi, con siete años, de todos los amigos que tenía en el orfanato, de todos sus vínculos afectivos. “La llevó de gira por otros orfanatos, donde examinaba a otros huérfanos de las misma manera en que uno podría examinar los cajones de saldos de una librería”.

Allen recuerda las llamadas a horas intempestivas. Y los gritos, las amenazas, las frases incoherentes. Y ese día fundamental en el que le dijo: “Tengo algo planeado para ti”. Y lo que tenía planeado era quitarle a su hija Dylan. En una de las visitas a su casa de campo para ver a sus hijos, y tras una barbacoa, Mia le colocó una nota en la puerta de su habitación: “Pedófilo en la barbacoa. Abusó de una niña y ahora va en busca de otra” (la “niña”, según Farrow, tenía en ese momento 22 años).

Woody Allen no fue jamás culpado de absolutamente nada. Y es más: el supuesto pederasta peligrosísimo adoptó a dos niños con Soon-Yi y dos jueces realizaron, por separado, minuciosas investigaciones para cerciorarse de que los niños iban a disfrutar de un padre completamente normal. Y así ha sido.

Un misántropo que ha conocido a media historia del cine

Pero hay muchos más personajes conocidos que desfilan por las memorias de Allen, que también charló con Fellini, que dijo sentirse muy identificado con sus recuerdos de infancia, y con Bergman, que lo invitó a su famosa isla pero Allen rechazó porque no sabía qué pintaba allí. Y no olvida Allen las amistades rotas, entre ellas la de la productora Jean Doumanian, una de sus mejores amigas. Un día, y por una auditoría, descubrió que ella y su novio le estaba tangando una millonada. Finalmente hubo juicio y tuvieron que aceptar un acuerdo.

Y, por supuesto, no puede faltar Diane Keaton, que obligó a Allen a aparecer en el homenaje que le rindió el American Film Institute. Allen, que odia todos los premios, le propuso grabar algo y ella le dijo: “No, tronco, vas a venir. No solo eso; tú me entregarás el premio. Lo siento. Sácale la naftalina a tu traje”. En su mordaz presentación, Allen recordó los orígenes del pueblo de su actriz fetiche, una zona de población ultraderechista: “Donde nació Keaton si ayudas a un ciego a cruzar la calle te acusan de socialismo”.

Aparte de Farrow y Keaton, la lista de intérpretes con los que ha trabajado Allen es envidiable e irrepetible. Nadie ha trabajado con tan alucinante cantidad de talentos: Geraldine Page, Maureen Stapleton, Danny Aiello, Jeff Daniels, Max von Sydow, Michael Caine, Diane Wiest, Barbara Hershey, Gene Hakman, Gena Rowlands, Sandy Dennis, Martin Landau, Anjelica Huston, Alan Alda, Donald Pleasence, John Malkovich, Sydney Pollack, Judy Davis, Juliette Lewis, Cate Blanchett… la lista es interminable. Antes de la caza de brujas y de las delaciones, todo Hollywood quiso trabajar con Woody Allen.

A la espera de ver lo que ha rodado en San Sebastián (Rifkin´s Festival), este libro suena a despedida. El texto necesitaba un buen editor que le aconsejara, pero no ha sido así. El resultado es decepcionante por su fallida estructura y por lo caótico, perezoso y precipitado del conjunto, pero hay que leerlo porque su autor es una de las figuras más icónicas del cine del siglo XX. Por supuesto, esta afirmación a él le parecería disparatada. A mí también la forma en la que te has minusvalorado, querido Woody.


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1 Comment
  1. olula Garcia says

    La autobiografía no tiene desperdicio. No he terminado de leer el artículo porq no me parece real. Es una maravilla si te gustan sus películas, sus referencias musicales, las personas que le gustaban a él. En fin. A mi, me ha encantado. Muy necesaria la parte de Mia Farrow, y, nos guste o no, le ha marcado para siempre

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