Juan Marsé, la memoria del Guinardó

  • De joven se ganó la vida como pudo y en las biografías oficiales se dice que era joyero, pero en realidad la cosa es más dura, era ayudante de joyería, trabajaba en un taller
  • Fue el escritor que más imaginación puso en la memoria del barrio, en esa mezcla de fantasía caballeresca y cruda realidad, de erotismo buscado y de pornografía impuesta
  • Si bien es cierto que el 'boom' le seccionó en parte una carrera ya prevista por sus amigos, Guinardó es parte esencial de nuestra memoria literaria y personal

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Ahora que Juan Marsé ha muerto con 87 años muy bien llevados, quiero decir, llevados con la altísima dignidad que siempre supo dar a todo lo que tocaba, convendría dejar claras algunas cosas sobre esas calificaciones de las que se nutre la superchería literaria y que se repite indefectiblemente siempre que una figura literaria de su nivel desaparece.

Así, esa curiosa manía de ligar su literatura a la de sus amigos, nada menos que Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Terenci Moix, Manolo Vázquez Montalbán y meterle entonces en la Generación del 50, que como la del 27 o la del 98, es tan heterogénea que había que restringirla un poquito y entonces la denominación de Escuela de Barcelona parece definir la cosa, aunque ésta no deja de ser un trampantojo académico: esos componentes de la Escuela de Barcelona eran sobre todo amigos. La verdad, ligar la narrativa de Juan Marsé a la poesía de Gil de Biedma o de Barral es sencillamente un disparate. Las afinidades entre ellos habría que buscarlas en otros ámbitos, desde luego la abierta posición contra la literatura oficial del momento y su cercanía a las propuestas que en ese momento llevaba a cabo el PCE. Esto es cierto siempre que hagamos la salvedad de que en la oposición al Régimen franquista, la única organización que subsistía para los jóvenes era el Partido Comunista, habida cuenta que las organizaciones cenetistas estaban desperdigadas y no tenían, salvo el caso de Federica Montseny, un claro referente intelectual. Mientras los republicanos y los socialistas, estos tenían aún un reducto ugetista en Baracaldo pero poco más, se encontraban inmersos en sus peleas en su exilio latinoamericano y carecían de dinero, voluntad y organización y militantes de esos que se dejaban la piel a veces con un sentido de la irrealidad agudo pero con una capacidad para el sufrimiento enorme, y de estos el PCE andaba sobrado.

En realidad la Generación del 50 es una generación que se explica más por la oposición a la cultura dominante del franquismo que a una clara adscripción comunista. Solo así se explica que hubiera miembros destacados de la misma que se llamaban comunistas y estaban fascinados por la figura de Manuel Azaña, algo absolutamente surrealista en 1935.

Juan Marsé, Juan Domingo Antonio Faneca Roca, fue un crío típico de la posguerra que fue adoptado por un matrimonio, de ahí el apellido de Marsé después de la muerte de su madre en el parto. De joven se ganó la vida como pudo y en las biografías oficiales se dice que era joyero, pero en realidad la cosa es más dura, era ayudante de joyería, es decir, trabajaba en un taller pero no diseñaba joyas. Luego le vemos participando en la revista Arcinema y comenzar a escribir relatos y presentarse a premios, como el Sésamo, que en aquellos años era premio prestigioso. Desde que en 1960 publicara Encerrados con un solo juguete, bien puede decirse que fue ahí cuando comienza la carrera literaria en serio de Marsé, como una preparación, pasando por París, claro, donde trabajó en el Instituto Pasteur, para la redacción de una novela importantísima, Últimas tardes con Teresa, donde creó un personaje grande, el Pijoaparte, una versión muy de la España de esos años del pícaro tradicional, pero utilizando los encantos del glamour contemporáneo y el erotismo que lleva consigo, aunque la bajeza moral que describe es similar.

Luego vino La oscura historia de la prima Montse y una novela tremenda, de agudo corte expresionista, fue la primera que leí de Marsé en la Editorial Novaro de México porque en España se prohibió, Si te dicen que caí, que sigo pensando es la narración más acabada de su autor junto a Ronda del Guinardo. El problema de Juan Marsé fue que se le cruzó sin quererlo, cosa de los tiempos, el boom de la literatura latinoamericana, que promocionó con gran agudeza su amigo Carlos Barral.

Años antes Gil de Biedma y Barral pensaron elevar a Juan Marsé a la categoría de escritor proletario, es decir, salido del pueblo, que era lo que se llevaba y buscaba en la Europa del momento, sobre todo en Italia, que era el espejo donde se miraban los de la Escuela de Barcelona. Y le fue bien con Teresa, el Pijoaparte y la prima Montse, pero por ahí se cambió el gusto debido a gentes como Vargas Llosa, García Márquez, Carlos Fuentes, Guillermo Cabrera Infante, y lo que el boom arrastró, es decir, Borges, Lezama Lima, Onetti... El descubrimiento de unos hermanos mayores con genio, que cambió el modo de percibir el español y por tanto su literatura, hizo que escritores adscritos a un realismo del que no debían creer mucho, caso de Camilo José Cela o de Gonzalo Torrente Ballester comenzaran a publicar novelas mucho más modernas, más libres... así, La saga fuga de JB.

Y Marsé, entonces, publica La muchacha de las bragas de oro, novela muy por debajo de las anteriores, y se recupera con Crónicas del Guinardó y con los relatos de Teniente Bravo, para luego darle a una especie de Pijoaparte en una suerte de alter ego, Juanito Marés, en El amante bilingüe, que tampoco es ya Últimas tardes... Aunque publica libros de gran belleza con intermitencias, Rabos de lagartija, por ejemplo, haciendo del Guinardó un barrio que pasa por ser un barrio suburbial de cualquier rincón de España, de nuestra infancia, aun siendo barceloní hasta los huesos.

Con Marsé se nos fue el escritor que más imaginación puso en la memoria del barrio, en esa mezcla de fantasía caballeresca y cruda realidad, de erotismo buscado y de pornografía impuesta, una pornografía política que Marsé supo ver como nadie de esa generación.

Y si bien es cierto que el boom le seccionó en parte una carrera ya prevista por sus amigos, lo cierto es que Guinardó es parte esencial de nuestra memoria literaria y personal.

Nada menos.

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