Rubens, el boceto es también una obra de arte

Hasta el 5 de agosto, la muestra se inauguró a finales del mes pasado, los madrileños y los turistas que visitan la ciudad tendrán el raro privilegio de poder asistir en el Museo del Prado a una de esas exposiciones preciosas, raras, que lejos de dirigirse a realizar una retrospectiva general de la obra de un autor, se para en ahondar en un aspecto esencial de su producción hasta el punto de conseguir la exhaustividad, algo que se revela precioso para entender las obras ingentes de autores ingentes del pasado. Rubens, que es algo más que uno de ellos, se ve representado en la muestra del Prado, Rubens, pintor de bocetos, donde se intenta dar cuenta que el pintor fue el más grande creador de estos, entendidos como una especie de catálogo de las obras que más tarde remataría con fruición desmedida, con el alma encandilada por ese soplo que poseía y que otorgaba a sus pinturas una profundidad distraída.

El boceto no fue inventado por Rubens, de hecho en la Italia del XVI, Caravaggio, Beccafumi, Frans Floris, Tintoretto, Veronés, ya lo hacían con cierto éxito, pero fue el holandés el que inventó el boceto en color, al óleo, es decir, con un soporte duradero que hacía de él un objeto intencionado, vale decir, como una suerte de catálogo de su propia obra. Se desmarca, así, del modo de realizar bocetos de la mayoría de los creadores del momento, que los hacían en papel, monócromos a pluma, lápiz o sanguina antes de trasladarlos al cuadro y que muchos destruían, como Miguel Ángel, que al decir de Vasari, quemaba los bocetos porque no podía dejar constancia de la plasmación del sufrimiento que le había costado llegar casi a la perfección y de la que el boceto dejaba enorme constancia de ese esfuerzo.

En 1980 se catalogaron 456 bocetos pintados de su mano, una vez más hay que dejar constancia de la enorme producción de la mayoría de los clásicos, que nos dejan un vergonzoso asombro, lo que equivale a un tercio de su producción pictórica, unas 1.500 obras. El Museo del Prado y el Boijmans Museum de Rotterdam, son dos instituciones que cuentan con el mayor número de bocetos pintados por Rubens. Ellas han sido las responsables de organizar esta muestra de 73 de ellos, que proceden de museos tan prestigiosos como el Louvre, el Hermitage, el MET de Nueva York, la National Gallery de Londres, junto a los que han aportado el Boijmans y el Prado, sólo este museo posee una veintena de ellos. La muestra ha sido patrocinada por la Fundación AXA y el Gobierno de Flandes. En septiembre la exposición viajará a Rotterdam.

Estos bocetos dan para mucho… son variados hasta constituir una muestra de los intereses múltiples del artista: los hay minúsculos, como la Alegoría de la Sagrada Sabiduría, que mide 9 por 7 centímetros; los hay enormes, como el San Gregorio con los santos Domitila, Mauro y Papiano, que mide 147 por 120, la mayoría de tamaño medio, pero sorprenden por su rápida pincelada y la sensación de acabamiento, algo que parece milagroso cuando algunos de estos bocetos no pasan de haber sido realizados en media hota, con escasa pintura, con una imprimación que muchas veces deja ver el soporte de madera y donde los tamaños y las proporciones curiosas, que muchas veces no tienen nada que ver con las composiciones finales.

Hay momentos en esta muestra que rebasan la mera curiosidad, como por ejemplo en el boceto titulado El carro triunfal de Kallo, donde se aprecian las indicaciones que el propio Rubens hace a los carpinteros para la construcción del carro; por ejemplo, cuando en La glorificación de la Eucaristía pinta dos columnas distintas en un altar para que el cliente escoja.

En fin, una pasión por el boceto que hacía que el pintor se negara a darle al cliente éste cuando se lo pedían para acompañar la obra acabada; una pasión que hizo que Rubens acaso fuera el primero en coleccionar bocetos: cuando murió en 1640, se encontraron seis bocetos al óleo de Tiziano, Veronés y Tintoretto.

En la exposición cuelgan algunos de los primeros que realizó, como La Circuncisión y La adoración de los pastores, cinco obras que se encargaron para decorar el techo de la iglesia de los jesuitas en Amberes; otros de la serie Aquiles y los dedicados a la Eucaristía, que le encargó la infanta Isabel Clara Eugenia para las Descalzas Reales; los bocetos para la Torre de la Parada que le encargó Felipe II, unas sesenta obras de tema mitológico para decorar este pabellón de caza a las afueras de Madrid…

Hay obras enormes, como El Descendimiento, que se encuentra en la Courtauld Gallery de Londres o La caza del león, de la National Gallery de la capital británica, y que muchos consideran que aquí Rubens quiso medirse con el Leonardo de la desaparecida Batalla de Anghiari junto a otras de simbolismo próximo a lo surreal, como en La expulsión de Adán y Eva del Paraíso, donde se aprecia que es un esqueleto el que expulsa a Eva arrastrándola del pelo.

Rubens y el boceto es una exposición esencial para entender los múltiples vericuetos a que nos conduce el Barroco por la mano de uno de sus más excelsos representantes. Es, también, la gran exposición que existe hoy en Madrid, ciudad pródiga en ellas. No se la pierdan.