73 formas de mirar Marbella

  • El fotógrafo Jesús Chacón retrata la cara menos visible de una ciudad marcada por el cliché del lujo y la corrupción: la Marbella “real”

Existen ciudades que, sin serlo, parecen reales. Ahí está, por ejemplo, la Macondo de García Márquez. La vieja aldea colombiana siempre fue pura ficción, sin embargo el mundo la imaginó con tanta fuerza que acabó por hacerse carne y arcilla. Todavía hay quien dice haberla visto en los mapas o incluso haber pasado por allí.

Otras veces ocurre todo lo contrario. Hay ciudades que, siendo reales, parecen imaginadas, ficticias. De tanto hablarse de ella se desgastan, se vuelven etéreas, irreales. Como un animal mitológico, como un unicornio, inaccesible. Ahí está Marbella.

Durante años, el lujo y la corrupción, las noches lisérgicas de champán y rosas y la construcción sin escrúpulos deformaron la imagen de esta ciudad como en esas casas de los horrores llenas de monstruosos espejos cóncavos y convexos. Al calor del flash de los paparazzis, Marbella se transfiguró, se convirtió en artefacto de ficción.

Publicidad

Hoy podría ser una más de aquellas ciudades invisibles que soñó Italo Calvino. De hecho, conserva un curioso parecido con una de ellas, Sofronía. Calvino la describió así: “Esta ciudad es como una mezcla de dos medias ciudades. En una está la montaña rusa, el carrusel con el haz estrellado de sus cadenas, la cúpula de circo con su racimo de trapecios. La otra media ciudad es de piedra, mármol y cemento, con el banco, la fábrica, el matadero, la escuela y todo lo demás, la vida entera”.

Marbella, como Sofronía, es una ciudad hecha de dos medias ciudades. La del Moët Chandon y la de la caña a un euro, por mucho que el imaginario colectivo se empeñe en dibujar siempre la misma mitad. “Existen dos Marbellas, la de los sitios de lujo y la del bar de toda la vida, pero se ha conseguido anular una de ellas, sólo la conoce quien es de aquí”, cuenta Jesús Chacón, un fotógrafo marbellí que lleva siete años buscando la imagen completa.

Para eso ha decidido enfocar su cámara hacia otro lado, hacia las personas que transitan la piedra y el cemento. Él ha sido el primero en retratar Marbella sin Marbella, centrándose sólo en su geografía humana, en su paisanaje. Su proyecto – Miradas de una ciudad– abarca un libro y una exposición donde se incluyen 73 rostros que son tan parte de los cimientos de este lugar como la antigua muralla del siglo XI que custodia su casco histórico.

Un repaso por referentes de la cultura y el deporte nacidos o criados en este rincón sureño, donde se incluyen nombres conocidos como el diseñador David Delfín, los actores Pepón Nieto y Mariola Fuentes, el baloncestista Carlos Cabezas o el cocinero Dani García; pero también representantes de la vida local y bulliciosa que vibra a ese otro lado del arco de piedra donde se abre la ciudad.

Todos posan delante de una tela oscura. Sin fondo ni paisaje.  Esa era la idea desde el principio. El paisaje son ellos.

“Todo el mundo conoce imágenes de la ciudad. Yo quería retratar a su gente”.

expomarbella
La exposición ‘Miradas de una ciudad’. / MJC

¿A dónde mira David Delfín?

Las pupilas apuntan justo al centro pero miran mucho más allá. La suya es una mirada absorta, desenfocada. Una mirada de mil metros.

Jesús Chacón tardó más de un año en conseguir esta foto. Era imposible cuadrar la agenda. Finalmente, en julio de 2015 David Delfín se sentaba en su estudio. Camiseta blanca, una pequeña cruz atada al cuello. Dos años después se marcharía para siempre. Por eso Chacón le eligió a él para encabezar el proyecto.

“Primero pedí permiso a su familia, por respeto. Todos ellos han estado en la inauguración de la exposición, los cuatro hermanos y la madre. Estaban muy emocionados”. El resultado, imponente, ocupa un lugar central en la muestra que ahora se expone en el Museo del Grabado Español Contemporáneo de Marbella. Una exposición que, como dice su autor, es mucho más que una colección de caras.

“Son retratos con carácter, a veces retratos muy duros. No pasan desapercibidos, de cada uno he retratado su historia. En el caso de David, es un retrato que te mueve. Esa mirada me la creo, hay cosas detrás”.

En el proyecto de Chacón, las miradas no se fingen, han sido delicadamente esculpidas durante sesiones lentas, algunas de más de dos horas. Chacón se sentaba frente a sus modelos muy cerca, hasta rozarse las rodillas, para buscar en ellos no al diseñador, ni al actor, ni al cocinero; sino al vecino de toda la vida, al hijo del pescador y al de la limpiadora, a la Marbella real – así, en minúsculas, sin nada que ver con esas gloriosas dinastías que se pasean en bañador por las revistas- .

“Al final, empiezas a ver las fotos, empiezas a tirar de aquí y tienes a toda Marbella. No importa si son famosos o no, son personas que representan mucho más. Por ejemplo, entre los retratos está también el de mi abuela, que trabajó en el mercado. Ella representa a todas las familias del pueblo”.

Qué tendrá Marbella  

No fue ni mucho menos la única. En aquellos orgiásticos años 90, medio país construía a pelo y sin protección. Sin embargo ahí quedo Marbella como emblema del exceso, de la España burbuja. Una Marbella obscena, escandalosa, insaciable.

“Que tendrá Marbella que todo el que llega allí se coloca”, cantaban los Chichos. Y el unicornio engordó hasta ocuparlo todo.

“No hace mucho si decías que eras de aquí todo el mundo te miraba como si fueras rico, ya pensaban que tus padres tenían pasta y que tú tenías un yate y una mansión. Tenías que estar excusándote, explicando constantemente lo que es Marbella. A todos nos ha pasado”, cuenta Chacón. El sueño de los magnates produce monstruos. Postales de sol y purpurina con un milímetro de profundidad.

El escritor Alejandro Pedregosa, cuyos textos también forman parte hoy del proyecto ‘Miradas de una ciudad’, lo explicó muy bien en 2017. En una columna del diario Sur escribió:

“En mis 43 años de telespectador todavía no he conseguido ver un reportaje donde se trate sin maniqueísmo el día a día de esta ciudad. Y no lo digo con rabia sino con absoluto asombro”.

Imágenes de Marbella hay muchas. La de la mansión y el yate en Puerto Banús, la de las prostitutas de lujo y los mafiosos tatuados, la de aquel señor flotando en el jacuzzi con la panza regia descamisada.

Y puede que hasta sea normal. Cada santo aguanta su vela, cada ciudad su cliché. Uno puede mosquearse, maldecir hasta quedarse ronco, pero a veces lo sencillo es mucho más revolucionario. Un par de ojos, una nariz, una marca de nacimiento. Una piel, unos huesos. Una foto que a la vez haga de retrato y de espejo. Pero un espejo de los buenos, sin trucos de feriante.