‘El último lobo’: tan bonita como previsible

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El último lobo.
Cartel promocional de 'El último Lobo', de Jean-Jacques Annaud. / Vértigo.

Esta es una de esas películas espectaculares que hay que disfrutar en una sala de cine, a lo grande. Lo del 3D (la peli está rodada en ese formato) lo dejo para los que quieran sufrir ese suplicio de las gafitas de plástico barato a un euro. Yo no me pongo gafitas para ver cine y El último lobo, en 2D, se ve de maravilla.

Dirigida por Jean-Jacques Annaud, El último lobo es un filme impecable formalmente: una fotografía suntuosa y trabajadísima, unas localizaciones fabulosas y todo reforzado con música de un James Horner (que ya colaboró con el director en El nombre de la rosa) bastante inspirado.

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Reformulación de la vieja historia ecologista del joven de ciudad que debe aprender a vivir en la naturaleza, en el caso de El último lobo el protagonista se ve obligado a 'culturizar' campesinos en plena Revolución Cultural china. Chen Zhen, joven estudiante pekinés, debe convivir, por orden gubernamental, con pastores nómadas de Mongolia Interior. Allí no solo conocerá a las temidas y respetadas manadas de lobos, sino que se atreverá a criar uno por su cuenta y riesgo, ya que el gobierno chino ha dado orden de eliminar de la región a todos los lobos.

La película, que es entretenida y respira en todo momento atmósfera de western, tiene la suerte de estar dirigida por un profesional como Annaud, que ya en la fabulosa El oso (muy superior a esta película) y en Dos hermanos había demostrado sus dotes para rodar con animales y sobre animales, fusionando brillantemente el documental con la ficción. Este señor sabe lo que se hace, lleva casi medio siglo haciendo cine y a sus 73 años ha sacado adelante una película de durísima producción, complejísima. Me da que esta es su despedida del cine.

Financiada completamente por el gobierno chino (desgraciadamente, se nota en el tono amable de algunos personajes 'del régimen'), en su preproducción no llegaron a encontrar directores locales para embarcarlos en el proyecto porque ninguno de ellos quería meterse a supervisar el entrenamiento de decenas de lobos. Para la película, y se nota y se agradece, se pasaron tres años entrenando a 35 lobos mongoles de tres tamaños diferentes.

Sorprende, de todas maneras, la libertad con la que ha trabajado Annaud en el guión. La novela autobiográfica homónima (de Lu Jiamin y publicada en 2004) tuvo un gran éxito a pesar de ser critica con el intervencionismo chino en esa zona de Mongolia y Annaud no solo ha tenido libertad en su adaptación, también en el montaje final. Y no viene mal recordar los problemas que tuvo con el gobierno chino cuando estrenó Siete años en el Tíbet.

Una pena que, a veces, Annaud recurra a efectos digitales de un hortera que te mueres (lo de las nubecitas con formas humanas o animales es de bochorno), que el filme comience a desinflarse en el tercer acto, que su trama amorosa sea tan innecesaria y que su final sea totalmente previsible. Para el recuerdo, una escena nocturna con una manada de lobos atacando a otra de caballos que acaban en un río helado. Alucinante.

Y ya lo saben: si deciden verla, háganlo a lo grande, en una sala de cine con buena pantalla. Y si quieren con gafitas, pues con gafitas.

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1 Comment
  1. camaras frigrorificas barcelona says

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