‘Nadie quiere la noche’: Isabel Coixet necesita unas vacaciones

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Cartel de la película 'Nadie quiere la noche', de Isabel Coixet.

Muchas directoras de cine piden, indignadas, más personajes e historias femeninas en las películas, en los guiones, en las series... Desde luego si el ejemplo de ese cine es la protagonista de esta aburrida película, apañados estamos: una señora estirada, antipática, clasista, elitista y malhumorada que, cómo no, aprende una lección vital. Pero la tipa cae tan mal desde el el minuto uno, que da igual lo que le suceda el resto de la película, algo que resulta mortífero para el film.

En estas misma páginas comenté, hace meses, la anterior película de Isabel Coixet, llamada Aprendiendo a conducir. Paradójicamente, titulé la crítica “Fría película de encargo'”. Qué casualidad que Coixet vuelva con otra película fría como un témpano de hielo pero no por el lugar donde se desarrolla, el Polo Norte, sino por su gélida construcción de personajes.

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Igual que en Aprendiendo a conducir, en Nadie quiere la noche, una mujer madura, amargada y estirada aprende una lección vital con alguien que no pertenece a su raza o su cultura. En la primera sucedía con un taxista y en esta con una voluntariosa esquimal. Si en la primera la relación era curiosa (la película es olvidable pero se dejaba ver), en este nuevo Coixet te aburres y desconectas enseguida. La película no engancha, no interesa, cansa.

En Nadie quiere la noche una tal Josephine (una Juliette Binoche más desagradable que nunca), es una tía con pasta, prejuicios y culta que se dirige al Polo Norte para reunirse con su marido, el explorador llamado Robert Peary. En el durísimo viaje, su guía es una esquimal con la que acabará sola, a lo Robinson Crusoe, en una cabaña, en plena tundra y con un frío de narices.

La cinta ya venía del festival de Berlín con una colección de muy malas críticas. Le dieron una considerable manta de palos. Der Spiegel dijo de ella que era una película “cara y desgraciadamente patética” y la tachó de cine “sobrecargado”. El Berliner Zeitung habló de “pobreza intelectual” y se quejó de que semejante bodrio abriera la Berlinale.

Tras la paliza, Nadie quiere la noche se estrena en nuestras salas con una versión reducida, un intento de evitar aquel desastre en la Berlinale. Coixet se encerró un mes en la sala de montaje y volvió a ver todo el material rodado para remontarlo. No les descubro nada nuevo, lo de las tijeras lo ha reconocido la propia directora: “Después de Berlín llegué a mi casa y me quería cortar las venas. Me costó mucho cortar, pero tengo la sensación de que ahora llega mucho más al espectador. Fue una lección de humildad, lo hice y estoy contenta de haberlo hecho”.

Desgraciadamente, el resultado no es para estar contenta. Nadie quiere la noche podría haber sido un buen western femenino (que, intuyo, era su intención), pero cuenta con un guión flojo de Miguel Barros (autor de Blackthorn, otro western español en tierras inhóspitas). La película arranca con interés, porque lo que plantea es entretenido, pero enseguida descubres que Coixet no parece estar muy interesada en entretenerte y acaba firmando una película que se desmorona a los pocos minutos. Ni la protagonista te interesa, ni hay escenas de acción que te mantengan pegado a la butaca, ni los secundarios tiene enjundia (el pobre Gabriel Byrne pasa por allí con un look bastante lamentable).

Al final, vemos dos formas de ver el mundo (la mujer de Peary y la esquimal) que podrían dar para un buen conflicto, pero nada de eso ocurre. De esos dos mundos, encontrados y tan diferentes, no sale un atisbo de interés, de chicha. Por eso Nadie quiere la noche, que me temo se va a pegar un buen leñazo en las salas, es una fría película rodada en el mayor de los fríos. Un film helado, aburrido, desapasionado, poco inspirado. Y su final es muy decepcionante.

Isabel Coixet es una mujer muy lista que tiene la inmensa fortuna de hacer cine, de hacer mucho cine en comparación con otros colegas de profesión que se las ven y se las desean para rodar y estrenar. Y lo hace, además, con actores internacionales. Su productividad es indudable, pero quizás ese sea uno de sus mayores problemas como realizadora. La prisa, currarse poco las películas y los guiones. Precipitarse.

Aprendiendo a conducir fue del montón, Ayer no termina nunca bochornosa, Mi otro yo insustancial, Escuchando al juez Garzón hecha con prisas... todas ellas rodadas en solo cuatro años. Descanse, señora Coixet, tómese unas largas vacaciones.

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