CINE / Friedkin ha agitado el Festival de Venecia con la presentación fuera de concurso del documental 'The Devil and Father Amorth'

El diablo sin trampa ni cartón

DAVID TORRES | Publicado: - Actualizado: 07:10

William Friedkin
El director de cine estadounidense William Friedkin posa durante la presentación de la película “The Devil and Father Amorth” en el ámbito del 74º Festival de Cine de Venecia. / EFE (Ettore Ferrari)

No muchos recuerdan que William Friedkin empezó su carrera haciendo documentales. Fue su experiencia en este terreno lo que dotó de un realismo asombroso a su primera obra maestra, The French Connection (1971), sin duda uno de los policíacos esenciales de la historia del cine. Gene Hackman y Roy Scheider patean las calles de Nueva York ateridos de frío, pisando chicles aplastados, comiendo de pie en una esquina, conduciendo como locos y disparando a los villanos por la espalda. La película arrasó con cinco Oscars (nada menos que frente a La naranja mecánica), pero Friedkin superó las expectativas con El exorcista (1973), la cual, aunque no se llevó tantos premios, resultó un éxito de taquilla indiscutible y un fenómeno de masas a gran escala. Basada en la novela homónima de Willliam Peter Blatty y con guión del propio escritor, Friedkin logró el prodigio de aterrorizar a medio mundo con un espanto genuino no visto en el cine desde la extraordinaria La semilla del diablo (1969), de Roman Polanski.

Después, al igual que Coppola, Cimino, Scorsese y otros grandes cineastas de los setenta, sufrió un batacazo monumental con Carga maldita (1977), un desesperado intento por emular un clásico del cine francés del que ya he hablado largo y tendido en este mismo rincón. Logró salir a flote mal que bien, entre películas más o menos resultonas y bodrios sin remisión, pero sin alcanzar ni de lejos el esplendor de sus dos monalisas. Jamás logró enderezar su carrera y él mismo admitió que a su arte le faltaba vida, pasión, energía: ese pulso interior que antaño había llenado las pantallas de terror y adrenalina pura. A la hora de poner en marcha sus proyectos tampoco ayudaban mucho su ego faraónico y su carácter intratable. Friedkin, quien una vez dijo que quería hacer en cine algo equivalente a la Novena Sinfonía de Beethoven, se había hundido como el Titanic.

Aun así, en 2011 su talento se despertó con un feroz, aberrante y vigoroso thriller negro, Killer Joe, una película donde satiriza la América profunda y presta oído a ese sustrato redneck que con el tiempo iba a encumbrar a Donald Trump. A pesar de contar con un Matthew McConaughey en estado de gracia, la película, por desgracia, pasó bastante desapercibida. Ahora, a la espera del estreno de su adaptación de El invierno de Frankie Machine, el viejo hechicero ha agitado el patio del Festival de Venecia con la presentación fuera de concurso de un documental, The Devil and Father Amorth, que muestra el noveno intento de un exorcista, el reverendo Gabriele Amorth, por sacar el diablo del cuerpo a una mujer poseída. Friedkin lo ha grabado él mismo, cámara en mano, dentro del mismo dormitorio, rememorando los tiempos en que torturaba a la pequeña Linda Blair con trucos de maquillaje y purés de guisantes. Pero aquí no hay ningún truco, ninguna levitación, ninguna artimaña de montaje, nada más que la experiencia de un auténtico exorcismo a tiempo real y a un metro de distancia. El propio Friedkin ha declarado: “Fue aterrador, pasé de estar asustado por lo que pudiera pasar a sentir una gran compasión por esa pobre mujer y su sufrimiento”. Añadió que había enseñado la película a diversos especialistas, neurólogos y neurocirujanos, y aseguró que ninguno había visto síntomas como aquellos ni había podido diagnosticar qué dolencia padecía la enferma. Los psiquiatras consultados hablaron de un trastorno disociativo y, aparte del tratamiento indicado, recomendaban también un exorcismo.

Sugerir que la realidad puede ser mucho más escalofriante que la ficción puede que únicamente sea una estrategia para vender la película. Al fin y al cabo, El exorcista de 1973 también tiene su lado oculto, también puede verse como una película profundamente patriarcal que sataniza la metamorfosis de una niña en mujer y disfraza el terror de médicos y sacerdotes ante la menstruación y los cambios hormonales. Tal vez Friedkin haya intentado, aunque sea inconscientemente, realizar un exorcismo en primera persona, hacer un pacto de sangre, recobrar la fuerza perdida de aquella juventud que se le evaporó a finales de los setenta.

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    “también puede verse como una película profundamente patriarcal que
    sataniza la metamorfosis de una niña en mujer y disfraza el terror de
    médicos y sacerdotes ante la menstruación y los cambios hormonales.”

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