‘La semilla del diablo’: 50 años de una obra maestra

La semilla del diablo
Cartel de ‘La semilla del diablo’, la película dirigida por Roman Polanski.

‘La semilla del diablo’, la genial obra de Polanski, que este año cumple nada menos que medio siglo, forma parte de lo mejor que ha dado el cine de terror, un film imposible hoy en día (por su sugerencia, talento y sutilidad) y que se benefició de esa ola de genialidad de finales de los sesenta, años que inician la segunda era dorada del cine norteamericano.

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‘La semilla del diablo’ no es cine de autor aunque esté rodada por un gran cineasta europeo. Es la adaptación de un best seller de Ira Levin, cuyo agente llegó a negociar con Alfred Hitchcock. Al final fue el productor de cine de terror barato William Castle el que se hizo con sus derechos. Así, se dirigió a Paramount, estudio que estaba comandado por un playboy de tez bronceada y pelo aceitoso con olfato llamado Robert Evans (El padrino, Chinatown). Castle le pidió a Evans dirigir la película, pero Evans le respondió con honestidad: “Billy, no tienes el talento para este proyecto”. Castle, muy cabreado, le dijo que buscaría otro estudio. Firme, Evans sentenció: “Tienes los derechos por tres años y no lograras hacerla”.

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El productor quería trabajar con Polanski desde que vio Callejón sin salida y a pesar de que El baile de los vampiros fue un fracaso comercial

Finalmente, Castle, que era un gran publicista pero un realizador mediocre, cedió para limitarse a ser productor de la cinta. El que se iba a sentar en la silla del director (y es un decir, porque en el set no para quieto) era Polanski, preferido de Evans. Quería trabajar con él desde que vio Callejón sin salida y a pesar de que El baile de los vampiros fue un fracaso comercial. Y cuando conoció al pequeño genio, a Castle le pareció un auténtico cretino. En su despacho se negó a tomar asiento, se limitó a mirarse ante un espejo y a hablar de él en tercera persona. “Nadie puede dirigir esta película como Polanski”. Un tipo humilde.

Polanski era ya un veterano y solo tenía 32 años. Tras nueve cortometrajes (muchos geniales), había estrenado cuatro largos, entre ellos Repulsión, una película con un claro parecido a ‘La semilla del diablo’ (ese apartamento, esa rubia pirada, ese camisón…). Roman quería conquistar la meca del cine. Pero llegó a Paramount con la idea de hacer una película sobre el esquí, deporte que le apasionaba. Era su capricho y Evans lo respetó. De hecho, le entregó el guión de El descenso de la muerte (de James Salter) pero también uno de terror: “Lee también éste y me cuentas”. En el casoplón en el que se alojaba, Polanski se dispuso a leer el guión. Las primeras páginas le parecieron de telenovela (así empieza la película, con una parejita feliz y repelente). “Se han debido de equivocar”, pensó. Pero siguió leyendo y quedó enganchado. Cerró el libreto a las 4 de la mañana. Al mediodía estaba firmando con Evans.

Tras tantear a Jack Nicholson, Polanski aceptó a John Cassavetes como actor principal, que acabó a tortas con el director por su meticulosidad

Curiosamente, El descenso de la muerte la acabó protagonizando Robert Redford, que fue el primer actor pensado para protagonizar ‘La semilla del diablo’. El actor, que tenía problemas legales con Paramount (por incumplimiento de contrato), acabó rodando un film, del mediocre Michael Ritchie, bastante olvidable. Finalmente, y tras tantear a Jack Nicholson, Polanski aceptó a John Cassavetes, que acabó a tortas con el director por su meticulosidad y las veces que le hacía repetir tomas. A John le encantaba improvisar y a Roman no. Quería que se ciñese al texto y a la marcas. Un infierno.

Para los secundarios, fundamentales en la película, Roman apostó por la inmensa Ruth Gordon, que venía de rodar la extraña Harold & Maude y acabó ganando el Oscar como mejor secundaria. Roman pensó también en viejos actores de Hollywood como Ralph Bellamy o Hope Summers y en Patsy Kelly, la bruja gorda. Con todos ellos se lo pasó bomba.

Como broma, Roman también contó con Tony Curtis, amigo suyo y de Mia Farrow. Le hizo aparecer en el film, pero solo con su voz. Curtis sale al teléfono, hablando con ella. Pero el cachondo de Polanski no le dijo a Mia quién estaba al otro lado de la línea, lo que la confundió (le sonaba demasiado esa voz) e hizo de su interpretación algo más veraz gracias a la confusión que se nota en su rostro. Así se las gastan los genios perversos.

El edificia Dakota, frente al que fue asesinado más tarde John Lennon, fue el primer inmueble que vieron y el elegido finalmente para el rodaje

‘La semilla del diablo’ no es nada sin el mítico edificio Dakota. Polanski no tenia ni idea sobre la arquitectura de Nueva York y Dick Sylvert, prestigioso diseñador de producción, fue quien se lo enseñó. Para más canguelo, descubrieron que en el edificio tenía un ático ¡Boris Karloff! El Dakota, frente al que fue asesinado más tarde John Lennon, fue el primer edificio que vieron y fue el elegido finalmente. El siniestro inmueble parecía predestinado.

Roman se mudó a Santa Mónica para escribir el guión y tardó menos de un mes en escribir el primer borrador. Eran 272 páginas que entusiasmaron a Evans y a Paramount. Fue muy respetuoso con la novela, que la trasladó casi literalmente a la pantalla. Pero uno de sus cambios fundamentales en su versión fue que Rosemary no es una rolliza futura ama de casa americana, como en el libro, sino una delgaducha muchacha.

La semilla del diablo
Roman Polanski y Mia Farrow, director y protagonista de ‘La semilla del diablo’.

Y aquí, claro, entra Mia Farrow. Bueno, más concretamente Tuesday Weld, que era la opción de Polanski para la protagonista. Pero Evans tenía en mente a Farrow, que estaba triunfando con el culebrón Peyton Place y se acababa de casar con Frank Sinatra. En cuanto conoció a aquella delgada y rubia hippie, Román quedó prendado, pero le puso una condición: debía cortarse el pelo de forma bastante radical. Y así lo hizo, para horror de Sinatra.

Frank no aceptaba todo lo que estaba sucediendo en los platós de Paramount. Quería a una Mia modosita y obediente e intuyó que la perdía. Tildaba a Polanski de “polaco inútil” y de ser “incapaz de encontrar sus propio culo con las dos manos”. Además, intentó, con sus muchos contactos, paralizar el rodaje. Pero había demasiada pasta en juego. Todo acabó con una petición de divorcio que le llegó a Mia por mensajero. Todo un miserable el amigo Sinatra.

El rodaje de ‘La semilla del diablo’ fue muy duro. Al final de cada toma, Polanski no decía “corten”, sino “otra vez”. Y otra, y otra, y otra

El rodaje de ‘La semilla del diablo’ fue muy duro. Al final de cada toma, Polanski no decía “corten”, sino “otra vez”. Y otra, y otra, y otra… El polaco se estaba saliendo del plan de trabajo y del presupuesto y cundió el pánico en el estudio. Castle recibió esa llamada que nadie espera nunca: “Despide al polaco”. Roman, agobiado, se encontró en los pasillos de Paramount con el veterano Otto Preminger, que estaba rodando la absurda Skidoo. Tras contarle sus penas y su temor al despido, el viejo director le dijo: “No te deprimas, si les gusta lo que llevas rodado no te van a despedir”. Y así fue.

El estreno fue un bombazo y la película se convirtió en un clásico instantáneo. ‘La semilla del diablo’, con uno de los mejores finales de todos los tiempos, es una película de una inteligencia hoy improbable. Una obra genial, sutil, enfermiza y ambigua en la que no sabes si todo lo que ves es la ensoñación de una pirada, consecuencia de una depresión postparto.

En ‘La semilla del diablo’ no hay sangre, vísceras, efectos digitales o monstruos. En ella el mal absoluto son los otros, los vecinos. El infierno, como dijo Sartre, son los otros, no un señor con cuernos y que huele a azufre. Venerables jubilados, señoras que hacen punto de cruz y turistas japoneses. No se puede ser más grande.