50 años de ‘2001’, un milagro cinematográfico

2001, una odisea en el espacio
Cartel original de ‘2001, una odisea en el espacio’

2001, una odisea del espacio‘, de la que este mes se cumple nada menos que medio siglo de su estreno, es un accidente. La razón es sencilla: hoy una película de ese coste y con ese guión (difícilmente comprensible para un público masivo o tan pueril como el de hoy) es impensable. Por eso la obra maestra de Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke es un milagro. Porque ya en su día fue una chifladura libre y vanguardista que pasó todos los filtros financieros, despacho a despacho, hasta llegar a las salas de cine.

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Si los que la han visto esperan en este reportaje una explicación de ‘2001’ (y qué es eso del monolito) no la van a encontrar. Su significado, aunque Carlos Pumares se desgañitó en la radio explicándolo, no es especialmente complejo. Mucho más complejo es ese pretencioso cacao llamado Interestelar. ‘2001’ habla, en su tres capítulos, del hombre dejando de ser un simio gracias a un ente extraterrestre (llámenle dios si quieren) y que la inteligencia artificial será posible, pero también que perecerá porque el hombre dejará de ser tal y como hoy lo conocemos. De ahí la impotencia del computador HAL 9000 ante su inevitable mortalidad.

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Explicar ‘2001’ es estropearla porque es una experiencia sensorial creada por un hombre tremendamente cerebral pero también poético como Stanley Kubrick, que dijo en una de las pocas entrevistas que concedió en vida (en este caso a la revista Playboy): “No es mi deseo cartografiar verbalmente ‘2001’ porque los espectadores se sentirían obligados a encontrar algo determinado, y en caso de no hacerlo sentirían que se pierden algo”. William Kloman, del New York Times, le dio la razón: “’2001′ es poesía. Pide fantasía, no comprensión”.

El proyecto ‘2001’ llevaba tiempo en la cabeza de Kubrick. Tras leer el relato corto El centinela y El fin de la infancia, novela de fuertes connotaciones filosóficas (las dos obras de Arthur C. Clarke), Kubrick sabía que ahí había una grandiosa película.

En los sesenta Hollywood estaba cambiando, casi todo el planeta estaba cambiando. La Metro Goldwyn Mayer, un estudio muy conservador, estrenaba en esa década costosas y hoy desfasadas superproducciones como Cimarrón, Rey de reyes, La conquista del oeste o Los cuatro jinetes del Apocalipsis. El estudio, fundado por Lous B. Mayer, no sabía cómo hacer frente a la televisión y al espectador joven, fascinado por la contracultura.

Y ahí aparece Kubrick, que venía de rodar para Columbia la parodia ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú. Era un realizador ya asentado en Hollywood, insobornable, original, polémico y alabado por fervorosas críticas. Justo lo que necesitaba el estudio del león, así que hubo luz verde para el proyecto y libertad absoluta para su guión. Fue tal la libertad que cuenta la leyenda que un inocente ejecutivo del estudio pidió leer el guión y Kubrick le envió a Nueva York un guión encuadernado. Eran decenas de páginas en blanco.

El primer título barajado para la película fue La conquista del espacio (en referencia a la primera película rodada en Cinerama, la citada La conquista el Oeste).

Una mañana de 1964, Arthur C. Clarke, recluido en su casa en Sri Lanka, recibió un telegrama que decía: STANLEY KUBRICK TELEFONO ROJO SENDEROS DE GLORIA ETC INTERESADO EN HACER FILM SOBRE EXTRATERRESTRES. STOP. INTERESADO POR TI. STOP. PREGUNTA SI TÚ INTERESADO CREE QUE ERES UN RECLUSO. STOP.

2001, una odisea en el espacio
Escena de ‘2001, una odisea en el espacio’. / Youtube

Clarke y Kubrick, que ya vivía retirado del ruido y la simulación de Hollywood en Inglaterra, se citaron en Nueva York. Durante días intercambiaron ideas, conocimiento. Y se encontraron con un gran dilema en pleno ecuador de los años sesenta: no conocían una sola película que les sirviera como referente para la película. El cine de ciencia ficción estaba en pañales todavía. Lo último que se había hecho con miga era la muy naif Planeta prohibido (1956). Y Kubrick, siempre tan modesto, quería rodar “la película del espacio definitiva”. ‘2001’ iba a ser la primera película filosófica con el millonario presupuesto de un estudio de Hollywood. Su película iba a hablar de la relación del hombre con el universo. Tela marinera.

Con el título provisional de Journey Beyond The Stars, Clarke se encerró en una oficina de Central Park en la que escribió el primer borrador del guión adaptando El centinela. Acabó con sus escritos y anotaciones en el famoso Hotel Chelsea.

Clarke y Kubrik, enfrascados en teletipos, llamadas de teléfono eternas y muchas reescrituras, crearon juntos al computador HAL 9000 y al enigmático niño de las estrellas que aparece al final de ‘2001’. Gracias a un consejo de Carl Sagan, que asesoró a Kubrick, los entes extraterrestres desaparecieron del guión. En la película solo escuchamos sus extrañas voces. También al final, en la estancia Luis XVI.

Una vez entregado el guión definitivo, los directores de producción de Metro Goldwyn Mayer estimaron el coste de la película en 6 millones de la época y dos años de producción. Acabaron siendo 10 millones y 3 años. De hecho, si se fijan en los créditos, la película tiene dos directores de fotografía: Geoffrey Unsworth tuvo que dejar su trabajo porque ya se había comprometido con La batalla de Inglaterra. Fue sustituido por John Alcott, que seguiría trabajando con Kubrick en sus tres siguiente películas y acabaría a tortas con él en el rodaje de El resplandor.

Tras la primera proyección (para la revista LIFE el 29 de marzo) Kubrick decidió cargase en montaje una serie de entrevistas sobre la vida extraterrestre realizadas a científicos. En los siguientes estrenos, en Washington y Nueva York, la reacción del público fue gélida. Muchos abandonaban la sala y los críticos neoyorquinos la machacaron. En la Metro sonaron las alarmas. Un semana después, Kubrick, sin presiones y por iniciativa propia, cortó nada menos que 19 minutos dejando la película en 2 horas y 40 minutos.

En su estreno definitivo la película tampoco fue entendida. Ante las primeras críticas adversas, Kubrick dijo: “Los que no creen en sus ojos no serán capaces de apreciar esta película”. Pero estábamos en 1968 y toda una generación estaba esperando precisamente eso: creer en sus ojos. La película de Kubrick parecía un viaje de ácido, sobre todo en su tercer acto. En el Bronx, barrio de nacimiento de Kubrick, una sala proyectaba exclusivamente la parte final del film. Imaginen a los hijos del amor en las primeras filas. Su “viaje” final se convirtió en un happening, una performance, un gran cuadro abstracto en movimiento.

'2001'
Escena de ‘2001, una odisea en el espacio’. / Youtube

Andrew Sarris, famoso crítico del Village Voice, detestó ‘2001’ al principio, pero le convencieron de que la viera otra vez fumado. Tras el pelotazo, Sarris publicó una nueva crítica a la semana siguiente. Ponía a ‘2001’ por las nubes y la Metro aprovechó enseguida el tirón drogata. El comentario de Louise Sweeney de que “’2001′ era el trip definitivo” apareció de forma destacada en nuevos anuncios de prensa que se publicaron por todo el mundo.

Las reacciones entre la gente del cine fueron diversas. Unos la adoraban (como Fellini, que mandó un telegrama de felicitación a Kubrick) y otros la detestaban. Como bien ha recordado la revista Fotogramas, Rock Hudson se preguntó: “¿Alguien me puede explicar de qué demonios va esto?”. Woody Allen, que la homenajeó en El dormilón, dijo: “La primera vez que la vi no me gustó. Me sentí decepcionado. Tres o cuatro meses después salía con una mujer en California y ella no paraba de repetirme lo asombrosa que era, fui a verla otra vez y me gustó mucho más. Un par de años después volví a verla y pensé: es una película sensacional”. El famoso crítico Roger Ebert fue tajante: “Es una de las grandes experiencias de mi vida como espectador. Sé que no es el tipo de cosa que diría un crítico de cine porque suena cursi, pero así fue”.

Muchos coincidimos con el señor Ebert, que en paz descanse. ‘2001’ fue un milagro y hoy una película imposible de producir y de entender. De amar. Gracias por semejante prodigio, señor Kubrick.