ANIVERSARIO

Taquillazo, homofobia y racismo: 80 años de “Lo que el viento se llevó”

  • Las frases “A Dios pongo por testigo que nunca volveré a pasar hambre” y “Francamente, querida, me importa un bledo” fueron parte de la cultura popular
  • El primer director asignado para rodar tan desmesurada producción, George Cukor, sufrió la homofobia de su productor: el mezquino David O. Selznick
  • La adaptación de la novela fue muy poco valiente y en su guión se eliminó toda referencia a la crítica de la autora a la racista y esclavista sociedad

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En diciembre de hace 80 años acudieron 300.000 personas al estreno de Lo que el viento se llevó en el Loew's Grand Theater de Atlanta. La película es la más taquillera de la historia por una sencilla razón: las listas con los films más taquilleros no son fiables al no ajustarse a la inflación. El valor del dinero y de lo que se puede comprar con él cambia década a década. Por eso para comprobar si una película es un taquillazo histórico es mejor contar el número de entradas vendidas que el dinero recaudado y por eso Lo que el viento se llevó parece imbatible.

Estamos hablando de un acontecimiento que va más allá del cine americano de los años treinta. Su producción, rodaje y estreno dan para una serie que quizás algún día se haga solo por el hecho de lo fascinante de lo sucedido detrás de las cámaras de una de las producciones de Hollywood más ambiciosas y caras de la historia, un exitazo que ganó 10 Oscar y fue aplaudida por el público de todo el planeta.

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Fue muy injusto el desorbitado palmarés de Lo que el viento se llevó, que en 2007 el American Film Institute proclamó como “la sexta mejor película de todos los tiempos” (hay que ser muy aventurero para semejante veredicto). En los Oscar de su año (1939) competían con ella magníficas y muy superiores películas como Caballero sin espada, Ninotchka, Beau Geste o La diligencia, una absoluta obra maestra. Mujeres, de George Cukor y Solo los ángeles tienen alas, de Howard Hawks, ni siquiera fueron nominadas.

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En cuanto a la crítica especializada, el New York Times habló de “una Historia interesante bellamente contada” y The Nation de “una mera eficacia espectacular”. El famoso crítico Roger Ebert dijo que es “un hito imponente sencillamente porque cuenta una buena historia y la cuenta maravillosamente bien” y Peter Bradshow (The Guardian) que es “onírica, de trazo expresionista, extraña, loca y operística”.

Las frases “A Dios pongo por testigo que nunca volveré a pasar hambre” y “Francamente, querida, me importa un bledo” llegaron a formar parte de la cultura popular mundial porque Lo que el viento se llevó era más que una película, era un fenómeno de masas, cultural y sociológico. Quizás hoy le dices a alguien de veinte años lo de “A Dios pongo por testigo” y te mira como si fueses Matusalén. Puede que tampoco sepa quién es Matusalén.

Lo que el viento se llevó se hizo famosa por el tema principal de la banda sonora de Max Steiner, su reparto de estrellas, su lluvia de premios y su majestuosidad visual plasmada en escenas como las del hospital (una inmensa grúa y cientos de figurantes) o la del incendio de Atlanta, que se rodó quemando los viejos decorados de King Kong. Fue tal el resplandor causado por el bestial incendio que, del susto, algunos habitantes de Los Ángeles huyeron al desierto.

Ambientada en Georgia, en 1861, el espacio principal de la acción de Lo que el viento se llevó es Tara, una mansión sureña en la que vive una trastornada, clasista, caprichosa y materialista señorita cuyo nombre es Scarlett O'Hara. Su amor es un pijo soso llamado Ashley, pero el tipo está prometido con un repollo en flor llamado Melanie. Y en estas aparece el trepa y macho castigador Rhett Butler.

La película, que convirtió en estrella a Vivien Leigh, fue durante años de obligada visión en cines y luego en televisión. Y aquel famoso plano a contraluz de Scarlett se convirtió en un icono del cine, uno de los más retumbantes de su historia. Pero lo que pocos saben es que el primer director asignado para rodar tan desmesurada producción sufrió la homofobia de su productor: el mezquino David O. Selznick.

El primer director asignado fue George Cukor, un hombre de mucho talento y mucho carácter que venía de rodar David Copperfield y Cena a las ocho y no ocultaba su homosexualidad a pesar de que Hollywood era un lugar muy moralista. La mansión de Cukor era famosa por sus fiestas con los chicos de compañía más exclusivos. A David O. Selznick no le gustaba la pluma de Cukor y al final lo despidió y lo sustituyo por Victor Fleming, un artesano de los estudios curtido en el cine mudo y realizador del éxito Capitanes intrépidos.

O. Selznick cometió un gran error al despedir a Cukor porque Fleming quizás era muy viril y macho, pero no tenía el toque y la elegancia que tenía Cukor para dirigir actrices (se le recuerda especialmente por eso). Para colmo, Vivien Leigh llevó muy mal el cambio de pasar de la exquisitez de Cukor a la brusquedad del macho Fleming y como resultado ofreció una interpretación histérica. Por cierto: uno de los que vio normal el despido de Cukor fue Clark Gable, prototipo del macho en Hollywood y protagonista de una biografía escrita por David Bret en la que se defiende que mantuvo relaciones sexuales con hombres para ascender en su carrera.

Pero mucho más grave fue el racismo de Lo que el viento se llevó. La adaptación de la novela rosa de Margaret Mitchel (un culebrón) fue muy poco valiente y en su guión se eliminó toda referencia a la crítica de la autora a la racista y esclavista sociedad en la zona confederada. En el libro Ashley hasta llega a formar parte de los asesinos del Ku Klux Klan.

Tras el estreno, el cineasta negro Carlton Moss (The negro soldier), escribió que mientras que la muy racista El nacimiento de una nación era un “ataque frontal a la historia americana y al pueblo negro, Lo que el viento se llevó era un ataque por la espalda al mismo. También recordó cómo eran presentados los patéticos personajes negros, en especial Mammy, por la que Hattie McDaniel ganó un Oscar (el primero a un intérprete negro en su historia) y Walter F. White (peculiar apellido para el líder de la Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color) la llamó Tío Tom. McDaniel respondió de forma tajante y brillante: “Prefiero conseguir setecientos dólares a la semana representando a una criada que siete dólares siendo una”.

La actriz Hattie McDaniel en la entrega de los Oscar

La historia de McDaniel, que murió pobre y arruinada y además sufrió la homofobia por ser lesbiana, fue triste por culpa de un país terrible. Le prohibieron asistir al estreno de Lo que el viento se llevó (la ley Jim Crow imponía la segregación de los negros en lugares públicos) y en la entrega de los Oscar no le dejaron sentarse en la mesa principal, junto a Vivien Leigh, su pareja Laurence Olivier, Clark Gable, Olivia de Havilland, Leslie Howard, David O. Selznick y Victor Fleming. La sentaron sola cerca de los servicios.

Como ha recordado Eva Güimil en El País, y para hacernos una idea del tipo de país que eran los Estados Unidos hace 80 años, Hattie fue la única mujer negra en la entrega de los Oscar y la primera negra que fue a los premios como invitada, no como sirvienta. Selznick tuvo que pedir un permiso especial para que la sentaran en una mesa lejos de las estrellas. No le dejaron ni posar con el resto del equipo. Y en su testamento Hattie pidió ser enterrada en el cementerio Hollywood Forever, pero el cementerio no aceptaba a negros. Solo el gran James Cagney asistió en persona a su funeral, el resto de sus compañeros de Hollywood la despreciaron.

El conocido teatro Orpheum de Memphis cumplía una tradición cada mes de agosto desde hace 34 años: proyectar Lo que el viento se llevó. Hace dos años el presidente del emblemático auditorio comunicó lo siguiente: “El Orpheum, como una organización dedicada a entretener, educar e iluminar a su comunidad de espectadores, no podrá continuar proyectando una película que es insensible hacia una gran parte de la población local”.

Que cada uno juzgue si esta decisión es correcta o no. En cualquier caso, los cinéfilos y los fans de este clásico del cine celebrarán los 80 años de Lo que el viento se llevó, una leyenda del viejo Hollywood y una película visualmente brillante pero por la que igual no ha pasado muy bien el tiempo. Cada espectador decidirá

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