El ‘terrorismo mágico’ de Resistencia Galega

El alcalde de Baralla (Lugo), Manuel González Capón, mira los destrozos en el interior del Ayuntamiento causados por el atentado que sufrió la Casa Consistorial en la madrugada del miércoles. / Eliseo Trigo (Efe)
El alcalde de Baralla (Lugo), Manuel González Capón, mira los destrozos en el interior del Ayuntamiento causados por el atentado que sufrió la Casa Consistorial en la madrugada del miércoles. / Eliseo Trigo (Efe)

La Guardia Civil atribuye el atentado con explosivo que destrozó en la madrugada del miércoles la sede del ayuntamiento de Baralla, Lugo, a los independentistas de Resistencia Galega, una organización terrorista que aun no se sabe si realmente existe. Aunque el artefacto explosivo sí existió. Una olla a presión con entre tres y cinco quilos de pólvora estalló a las puertas del ayuntamiento lucense a las 4.40 de la madrugada de este miércoles. La onda expansiva destrozó cristaleras y puertas colindantes en un radio aproximado de 40 metros. No hubo heridos ni fallecidos, pues no había gente por la calle cuando estalló la olla a presión: en pueblos de 2.800 habitantes, como Baralla, no suele haber demasiado tránsito a esa hora, salvo en agosto, festividad de San Vitorio. Y tampoco es muy común que en una aldea como Baralla, donde hay más vacas (7.500) que personas, se perpetren atentados terroristas. En Baralla no habrá nunca un World Trade Center. El terrorismo gallego siempre ha sido muy pintoresco. Muy terrorismo mágico.

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Desde su creación en 2005, de la existencia del grupo terrorista Resistencia Galega no hay apenas pruebas. Jamás han vindicado un atentado, ni se les ha descubierto un líder, ni se les ha desactivado una cúpula. Tampoco nadie ante un juez ha admitido su pertenencia a esta espectral banda armada. Documentalmente, solo existen tres pruebas de su existencia: su acta fundacional de 20 de julio de 2005 divulgada desde una web de Brasil, un segundo manifiesto en 2011, y una sentencia de la sección tercera de la sala de lo penal de la Audiencia Nacional, de 12 de septiembre de 2012, que condena a tres jóvenes a ocho años de prisión por pertenencia a Resistencia Galega. Se les incautaron explosivos caseros, DNI y carnets de conducir falsificados, y pegatinas con la palabra Resistencia –tópicas del lenguaje insurgente, y que usan hasta los yayoflautas–, pero ninguna documentación acerca de la existencia certera de una organización terrorista llamada Resistencia Galega, independentista y socialista, y que busca una Galicia autosuficiente basada en la explotación ecológica de sus recursos agrarios, ganaderos y marinos.

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No hay ninguna prueba fehaciente de que Resistencia Galega exista. Como tampoco la hay de que no exista. Como el sepulcro del apóstol Santiago. Todo muy gallego. De su esencia de terrorismo mágico ya deja constancia su manifiesto fundacional de 20 de julio de 2005: “En la nueva resistencia gallega ilegal hay sitio para todos, para todas las modalidades de intervención y todas las variables organizativas, siempre y cuando sean respetados los intereses y la salud del pueblo trabajador gallego. De día o de noche, individual o colectivamente, con medios tecnológicos o elementos primarios, con explicaciones públicas o sin ellas, encuadrados en estructuras estables o desde la rabia, el conflicto o los ataques ocasionales, los enemigos de Galiza deben ser fustigados en todo lugar y circunstancia (…). La nueva resistencia gallega está aprendiendo a olvidar los protagonismos; no cree en vacas sagradas ni santuarios, ni en mitos muertos o vivos. Lo relevante no es quien golpea, sino sobre quien se golpea. Lo relevante no es quién organiza ni el grado de organización, sino lo certero de las acciones y el fortalecimiento de la lucha”.

Es una “resistencia sin nombres, sin siglas, ni puestas en escena organolépticas. Una resistencia anónima, como el sufrimiento de millares de gallegos expropiados, emigrados, explotados y españolizados”. Tres días después de la publicación de este manifiesto en una web brasileña, un explosivo casero destrozó la oficina principal de Caixa Galicia en Compostela.

Aunque apenas han vindicado un atentado (una llamada anónima a un diario pontevedrés) Mikel Buesa, catedrático de Economía de la Complutense, expresidente del Foro Ermua y promotor de UPyD, atribuye a Resistencia Galega 137 acciones terroristas en un trabajo publicado en julio de 2013. Cierto es que Buesa eleva al rango de “acción terrorista” algo que como mucho merece ser calificado como costumbre malsana: “15/10/2006 – La Coruña (C) – Encapuchados queman una bandera de España”. Pero la olla del miércoles en el ayuntamiento de Baralla pudo haber matado a alguien.

Un sector del nacionalismo gallego considera que Resistencia Galega es un bulo. Que no es un grupo organizado. Que son acciones aisladas de indignados a los que jueces y policías cuelgan la etiqueta RG para amedrentar al nacionalismo. Y se les amedrenta. Por ejemplo, Eduardo Vigo fue condenado en 2013 a ocho años por “participación en organización terrorista”, dos años por falsificación y otros ocho por tenencia de explosivos caseros. Vigo no tenía antecedentes y no llegó a cometer ningún atentado.

Tras conocer esta sentencia, el histórico líder nacionalista Xosé Manuel Beiras la valoró así: “Son duras condenas que hay que encuadrarlas en la política reaccionaria de involución al respecto de los derechos cívicos y democráticos que se viene practicando por los gobiernos del Estado español”.

Exército Guerrilheiro do Povo Galego Ceive
Una pintada firmada con las siglas del Exército Guerrilheiro do Povo Galego Ceive, en el muro de una casa. / Wikipedia

Resistencia Galega, si es que existe, es la heredera de otra peculiar formación terrorista nacida en tierras gallegas, el Exército Guerrilheiro do Povo Galego Ceive (Ejército Geurrillero del Pueblo Gallego Libre). Creado en 1986, el Exército alcanzó notoriedad en 1988 cuando voló un chalet que Manuel Fraga poseía en la localidad coruñesa de Perbes. Y después se convirtió en el azote del narcotráfico.

El 12 de octubre de 1990, colocó una bomba en la zapatería de la esposa de Laureano Oubiña, otra en un almacén de mariscos de Manuel Charlín, y otra en la discoteca compostelana Clangor, que consideraban tapadera de tráfico de drogas. Esta estalló antes de tiempo y murieron dos terroristas y dos clientes. La tragedia se convirtió en esperpento cuando varios capos de la droga amenazados por el Exército pidieron al Ministerio del Interior protección policial. Terrorismo mágico gallego.

La Asembleia do Povo Unido, que llegó a conseguir 1.492 votos en las autonómicas de 1993, era el brazo político del Exército. Y la Assembleia da Mocidade Independentista (AMI) era su organización juvenil. AMI sobrevivió hasta ahora. Y un elevado porcentaje de los detenidos como miembros de Resistencia Galega están vinculados a AMI.

AMI se disolvió el mismo día del atentado de Baralla. El 30 de septiembre de 2014. Con un manifiesto titulado Cambio de ciclo y disolución de AMI que remata así: “Tenemos claro que necesitamos la independencia. Tenemos claro quienes son nuestros enemigos. Y que esta guerra impuesta es dolorosa, pero pelearemos con alegría, por ser la única manera de seguir vivas (…). Reconstruirnos indígenas, lumpen-proletarias, incontrolables. Somos brujas. Y podemos ser peores”.

Nacionalismo mágico.