Feliz el que se muere

Juan Goytisolo
Juan Goytisolo, en una imagen de archivo. / Efe

Feliz el que se muere / sin saber que se muere./
Privilegio de ancestros / sin ritos funerarios
ni ficciones de duelo.Se está y ya no se está
(Desmemoria. Juan Goytisolo)

La última mirada de Juan en ese restaurante de Barcelona era la mirada de alguien que se despide sin querer que se note que se está despidiendo. Una mirada llena de palabras afectuosas nunca pronunciadas, de alegatos amorosos que da apuro incluso dejar escritos. Juan Goytisolo era un alma –¿era? ¿ya?– discreta, capaz, sin embargo, de los mayores atrevimientos sin trascendencia.

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Se conocen los que sí trascendían. Como ése de hacer un buen día la maleta y plantarse en Chechenia, o en Bosnia, cuando aún tronaban las bombas y los francotiradores practicaban su desalmada ocupación por las calles de Sarajevo, la Mártir.

Los otros atrevimientos de Juan se quedaban en casa; era su peculiar sentido del humor y su fina puntería cuando analizaba los males de la Patria. En sus afectos y desafectos, Juan Goytisolo era un saco de paradojas.

También era foco de agresiones sin cuento por parte de otros escritores –españoles, por supuesto- que no le aprecian pero que tampoco supo él por qué le atacaban. Claro que eso le importaba un comino. Literal. Una cosa es cierta: Juan era un hombre libre. Con la libertad que consiente la humana condición, que tampoco es que sea tanta, por más que haya mucho necio que crea lo contrario.

La mirada de Juan Goytisolo tenía algo de niño atento y, a la vez, de anciano ensimismado en la memoria inabarcable, plagada de amigos y aventuras, de malas pasadas, de giróvagos, de lestrigones. Dejó dicho que su idioma era el español y su patria, Cervantes. Y, para los que saben qué significa Cervantes, sobran explicaciones. Para aquellos que no lo saben mejor evitarlas.

Se reúne Juan, en el Limbo de los respondones, con Monique Lange, su compañera de fatigas parisinas; con Jean Genet, al que admiró tanto, y con otras amigas y otros amigos que fue perdiendo en el camino según se iba bifurcando una y otra vez, y otra más, y otra.

Su mirada, ahora ya, quedará por siempre avistando el horizonte marino de su amada tierra africana con el corazón anhelante, perdido en el sol de su infancia, lejos, en la Barcelona que ahora resultaría desconocida para sus visitantes, de tan cambiada.

“Se está y no se está” y eso es todo, amigos. Se apaga una mirada que sin embargo permanece encendida como la de ese gato que menciona en otros versos escondidos, que le miraba inquisitivamente, como pidiéndole algo. Para acabar comprendiendo Juan que ese gato mirón, tan insistente, era su propia alma, su conciencia.

¿Se apagarán las conciencias? Como pasa con los grandes, Juan Goytisolo permanecerá en sus libros, para siempre.