La vida póstuma

La vida póstuma
El escritor Pablo Sánchez

La sombra opresiva del padre muerto es un fantasma que se pasea por la cultura occidental desde Hamlet hasta esa terrorífica secuencia final que cierra y casi llega a redimir la banal segunda trilogía de Star Wars: el momento en que Anakin Skywalker se transforma, merced a un milagro tecnológico, en Darth Vader. Comentando esa escena, Slavoj Zizek decía que lo verdaderamente insoportable no es un progenitor muerto sino un progenitor inmortal que planea sobre la existencia del hijo con su pesada carga de ideales, expectativas y culpas. He ahí el acorde esencial sobre el que Pablo Sánchez -uno de esos escritores que no tienen tanta parroquia como se merecen, por desgracia para él y para los lectores en general- ha compuesto su última novela, ‘La vida póstuma’.

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Al igual que en su brillante debut novelístico, Caja negra, Pablo Sánchez ha vuelto a hacer de la vida literaria, sus rencillas, envidias y trifulcas, el centro de la narración. Pero esta vez lo ha trasplantado a la figura de un escritor oscuro y marginado, José Angel Arranz, un hombre severo y arrogante que no tuvo demasiado éxito durante su vida y que espera que de algún modo su hijo Max remedie ese fracaso mediante una serie de grotescas artimañas de ultratumba. El problema, para empezar, es que Arranz no se preocupó mucho de sus hijos cuando estuvo vivo y que su primogénito siente el yugo de esa desidia desde su propio nombre, cuando su padre tuvo la ocurrencia de bautizarlo con el nombre de un célebre actor sueco: Max von Sydow.

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La vida póstuma
Cubierta de ‘La vida póstuma’ de Pablo Sánchez. / Editorial Algaida

Así, la primera imagen que se instala desde el comienzo de la novela es una de las más perturbadoras de la cinematografía mundial: el duelo ajedrecístico entre el Caballero y la Muerte en El séptimo sello, la obra maestra de Ingmar Bergman. Y al igual que el Caballero va encontrando motivos para vivir entre las celadas de una partida perdida de antemano, Max descubre que los libros farragosos que su padre se empeñó en escribir pueden servirle para descubrir el verdadero sentido de la vida. No a través de la filosofía ni de la lucha política en las que Arranz desperdició la juventud y la madurez, sino en el amor de una mujer humilde que leyó atentamente las obras de su padre y en el ejemplo de una hermana que lo arriesga todo para prestar ayuda humanitaria en el sanguinario conflicto de los Balcanes.

Desde los sombríos ecos de la Carta al padre, de Kafka, a los guiños burlones de la novela de fantasmas, ‘La vida póstuma’ propone, entre otras muchas cosas, una recapitulación del sentido último de la literatura cuando se entrega a los delirios de la utopía en un vano intento por explicarlo todo. Al estudiar la obra de su padre, Max von Sydow también está juzgando el legado del siglo XX, los espejismos y mentiras de la revolución eternamente pendiente, los ideales caducos del Mayo del 68 francés y los sueños de tantos intelectuales que lucharon contra el franquismo desde el salón de casa.