Remedios Zafra: “Hoy igual que triunfas en directo puedes fracasar en directo”

Remedios Zafra
Remedios Zafra

¿Una revolución en la prestigiosa editorial Anagrama, cuya trayectoria independiente de la política estaba fuera de toda duda? En los últimos tres años dos mujeres españolas han sido galardonadas con el Premio Anagrama de Ensayo. En 2015 entrevisté a Patrícia Soley-Beltrán en Madrid y en esta ocasión he viajado a la bellísima ciudad de Sevilla para hablar con la escritora, filósofa y profesora universitaria Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973) sobre su ensayo ‘El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital’. Esta es la conversación que tuve con una intelectual que se define como una tímida locuaz, pero que ha desmontado todas las trampas de la cultura en la era digital.

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— En tu libro criticas lo que podríamos llamar la nostalgia del futuro. En la era digital el concepto del aplazamiento conlleva que la labor cultural la hace casi gratuitamente un ejército de personas dopadas de entusiasmo que anhelan un placer o un pago eternamente postergado.

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«Los trabajadores entusiastas, que van encadenando prácticas temporales, se acomodan a la excusa de que “en el futuro llegará algo mejor”»

— La vida contemporánea es un aplazamiento constante. Como escribo en El entusiasmo, los trabajadores entusiastas, que van encadenando prácticas temporales, se acomodan a la excusa de que “en el futuro llegará algo mejor”. Con esa ilusión, con ese espejismo de que el trabajo auténtico llegará dentro de unos meses o dentro de un año, aplazan el objetivo mientras van cumpliendo años y ese futuro, que era el que les movilizaba, al final contribuye a seguir encadenando esa lógica de la ansiedad.

— Hablas de las idealizadas figuras de artistas y creadores que han soportado capas y capas de mitos que agrandaban su presuposición. ¿Volverán a alzarse en sus atalayas los intelectuales occidentales o estamos ante una definitiva caída de los dioses?

— Las élites culturales han sabido aprovechar los nuevos canales. En esa convivencia de mundos distintos han sabido posicionarse algunos críticos literarios y determinadas editoriales. En esa saturación de voces donde parece que todos hablan a la vez y que casi todos dicen lo mismo, se precisa un criterio a la hora de observar y de seleccionar en qué fijarnos. Creo que hay una revalorización de los críticos que profundizan o de las editoriales que han sabido destacar en esta época de cultura muy fragmentada.

— Otro factor importante es el abismo generacional en el que las élites veteranas se defienden a menudo con una violencia verbal falsamente etiquetada como incorrección política y que con frecuencia consiste en llamar gilipollas a todos los que no son ellos o no opinan como ellos.

«Yo encuentro en las redes a personas ilustradísimas, con un bagaje cultural posiblemente muy superior al de estos individuos que se llenan la boca definiendo a esa generación que tanto miedo les da»

— En eso estoy muy de acuerdo contigo. Uno de los recursos facilones que tiene esa élite intelectual es considerar que esto es una cuestión exclusivamente generacional. Todos somos capaces de identificar a unos cuantos que tenemos in mente, que además utilizan siempre los mismos argumentos. Denuestan eso que les daña o que les zarandea su lugar de confort, simplificando con insultos que retratan el miedo a una situación nueva, compleja y llena de aristas. Pero yo encuentro en las redes a personas ilustradísimas, con un bagaje cultural posiblemente muy superior al de estos individuos que se llenan la boca definiendo a esa generación que tanto miedo les da. Por otro lado, en esa supuesta generación joven hay personas de edades muy variadas, entre los veinte y los cincuenta y pico. No podemos estigmatizar este nuevo escenario cultural simplemente porque rompa con lo anterior, que era un escenario exclusivo apoyado en la mera impostura de hacernos creer que había una densidad y un sentido donde no siempre los había. Al hallarnos ahora todos en el mismo nivel, estamos en un contexto tan fascinante como inquietante.

— La cultura debe valorarse siempre en relación con la libertad. Durante el franquismo España tuvo un desarrollo económico que no se correspondía con el nivel cultural. Y lo que se ha desenmascarado en las recientes elecciones mundiales donde han fallado todos los pronósticos, como ha sucedido con el Brexit o con Trump, es que las élites culturales de hoy son las élites mediáticas arrimadas al poder.

— Es verdad que el franquismo es una isla y que la situación era singular. Una cultura desprovista de libertad es otra cosa e incluso requeriría llamarse de otra manera.

— En la década de 1930 había en el mundo una treintena de democracias plenas y ahora hay casi un centenar en la que se incluye España como recién llegada.

«Vengo de un contexto rural donde los primos mayores de cincuenta años no sabían leer y mis propios padres leen el correo, pero poco más»

— Esa rapidez con la que se ha incluido España hace convivir muchas contradicciones todavía, porque esa era una cultura no libre, al menos la cultura visible. Pero había una subcultura privada de libertad, que igual se movía con mucha más fuerza. Imagino que los tránsitos de obras que se podían producir más allá de lo visible serían bien interesantes para hablar de cómo operaba esa cultura muy restringida que coexistía con el analfabetismo de prácticamente todo el país. Vengo de un contexto rural donde los primos mayores de cincuenta años no sabían leer y mis propios padres leen el correo, pero poco más.

— La periodista Ana Pastor, que es de tu generación, decía el otro día que su madre está permanentemente asombrada con tener una hija tan verbal, digamos, porque ella misma lee y escribe con dificultad.

— En España hemos superado a gran velocidad los tiempos en que solamente un grupo muy minoritario leía y hacía cultura. El acceso a la educación pública en España primero generó una expectativa de mundo cultural y de vida creativa que ha sido absolutamente revolucionaria. Tengo compañeros cuyos padres son agricultores o ganaderos, para los que soñar con ser escritor ha sido una cosa muy transgresora. Muchos de ellos tiraron la toalla porque había mucho espejismo en la educación pública. La educación pública en los años setenta-ochenta permitió esto, pero después te encontrabas que el acceso a la universidad, a las becas y al mundo laboral era otra historia.

— ¿Esa democratización del entusiasmo que tú ves en clave negativa no puede tener una lectura positiva en tanto que cada vez más personas se culturizan de hecho y acceden a una educación? Antes solo el entusiasmo cultural enlatado e individual de un Umbral o de un Sabina o de un Muñoz Molina se veía recompensado. Digamos que solo triunfaba un puñado de entusiastas.

«Te encuentras con una multitud de ofertas de trabajo que piden dedicar cada vez más horas al día, bajo fórmulas muy bonitas de contratos pero muy mal pagados»

— Eso es lo que yo retrato de manera singular en El entusiasmo, cómo esa expectativa cultural de generaciones que queríamos dedicarnos a la creación, de pronto nos encontramos con un contexto en el que el mundo laboral, por supuesto, no da cabida ni respuesta a esa masa de personas creativas. Lo que te encuentras habitualmente es una multitud de trabajos desglosados en prácticas con eufemísticos nombres, a veces en inglés, tipo ‘beca’ o ‘contrato de prácticas’. Te encuentras con una multitud de ofertas de trabajo que piden dedicar horas al día, cada vez más horas al día, bajo fórmulas muy bonitas de contratos que incrementan tu currículum, pero muy mal pagados o, incluso, por los que tienes que pagar tú, además teniendo que competir con los que eran tus amigos.

— Una competitividad disparatada y obligada contra nuestros amigos y a veces incluso contra nosotros mismos.

«El tema de la competitividad es clave porque una de las características del capitalismo es la pérdida de los vínculos morales entre las personas»

— Este contexto competitivo de ‘capitalismo cultural’ y ‘cultura-red’ es singular porque ese entusiasmo o hipermotivación creativa se ha usado como excusa para justificar una explotación que beneficia al sistema. El tema de la competitividad es clave porque una de las características del capitalismo es la pérdida de los vínculos morales entre las personas, y esto lo estudia bien Marcel Mauss en su Ensayo sobre el don, cuando habla de las formas de intercambio no capitalistas. En otras culturas, los intercambios conllevan algún tipo de vínculo o pacto moral. La ruptura de esta forma de intercambio es la apuesta por el individualismo que caracteriza la sociedad capitalista contemporánea. El escenario que te encuentras al salir del instituto es el contexto competitivo de la universidad donde consigues una ‘beca’ que consiste en que puedes acceder a un máster si te pagas tú el viaje, la estancia y los extras. Si lo hago me dan un certificado con cuatro sellos en color y con esto me voy a diferenciar de los otros de cara al siguiente concurso para una plaza algo más estable en la universidad.

— Pero ese individualismo que señalas como defecto del capitalismo ni siquiera es real. El entusiasta precario que tú retratas es un ser encerrado con un ordenador en un cubículo, diciendo cosas muy parecidas a las que dice su vecino, encerrado en su correspondiente cubículo con su ordenador.

— Estamos muy homogeneizados. Todos nos repetimos. Recientemente me ha pasado al leer a Belén Gopegui o a Marta Sanz: podemos pensar o escribir lo mismo porque somos personas muy parecidas, hasta el punto de llegar a preguntarse: ¿les he copiado yo o me han copiado? Desde el punto de vista político, es inquietante.

— Héctor Barnés te citaba en El Confidencial en un artículo sobre el “trabajo basura deluxe” a propósito de una campaña publicitaria de Burger King que es una falsa oferta de trabajo en que para repartir hamburguesas buscan un licenciado con máster y con varios idiomas. ¿Qué es peor, ser un parado sobrecualificado o no tener estudios y no encontrar el trabajo porque los universitarios copan los puestos que te corresponden?

«Quien pensaba conseguir un trabajo cultural, creativo o académico y cada año va bajando el escalafón para intentar conseguir algo que le dé para comer está abocado a tener ansiedad y frustración»

— Es una situación que genera conflicto para todo el mundo. Me parece muy frustrante que esas personas sobrecualificadas estén compitiendo por trabajos precarios. Esa frustración es terrible para una sociedad y nos hace fracasar como humanos en todos los sentidos. Quien tiene la expectativa de conseguir un trabajo como repartidor tiene menos frustración, porque su expectativa la ha puesto en ese lugar, pero quien pensaba conseguir un trabajo cultural, creativo o académico y cada año va bajando el escalafón para intentar conseguir algo que le dé para comer. Creo que ansiedad y frustración, son dos palabras para definir lo que siente esa grandísima masa de personas educadas en la ilusión y que de pronto se encuentran con que nada era verdad. Creo que esta es la base para una revolución que no sabemos por dónde puede salir.

— ¿Y no funciona aquí un mecanismo mental de seres engañados que se autoengañan para seguir engañados?

— Es una masa de creativos precarios pacifistas, educados en la no-violencia, que pueden ser pacíficos hasta que vean que lo han perdido todo. Creo que esta era la base de los Movimientos 15-M: miles de personas sentían que lo habían perdido todo y que ya era el momento de salir a la calle para volver a crear vínculos entre iguales. Ese fortalecimiento del vínculo político vino de haber llegado a un nivel en el que estábamos a punto de perderlo todo o casi. Y la gran trampa de la sociedad contemporánea es que nos permite encadenar trabajos mínimamente vivibles con los que vamos tirando y como todavía no lo hemos perdido todo, pensamos “Bah, estoy en una mala racha. Voy a seguir”.

— En España venimos de una situación económica que nunca fue buena, como escribía Rafael Chirbes en sus novelas sociales. España ha pasado de escardar cebollas a hablar del glamur y del maridaje de texturas, pero detrás no hay una verdadera estructura que lo sostenga. ¿Una buena parte de la población española malvive y se va consolando con los que están todavía peor, como el sabio de los altramuces del Conde Lucanor, en vez de aspirar a romper la dinámica?

«Tenemos una masa de personas formadas que piensan que van a poder aplicar o desarrollar esos conocimientos en un mundo cultural, tecnológico o industrial, pero es un engaño»

— Es cierto eso que mencionas del tránsito muy rápido de la cultura rural de pelar cebollas a la impostura actual. No tenemos un entramado cultural ni tampoco un entramado educativo. Una de las grandísimas carencias de este país son las universidades públicas, politizadas, endogámicas. A las taras antiguas se suman ahora las taras capitalistas de meter toda la producción de contenidos en aquello que está indexado, en aquello que tiene índices de impacto y ese valor cuantitativo que da el mercado, despojándolo de otros criterios cuantitativos como el estético o el reflexivo. Son tales las carencias estructurales que tenemos en este país que nos hemos autoengañado, pasando rapidísimamente de no tener nada a seguir teniendo poco y sin un entramado educativo, universitario, laboral, tecnológico y empresarial. Porque España sigue siendo un país apoyado en el sector servicios y en el turismo. Es un engaño, cuando tenemos una masa de personas formadas que piensan que van a poder aplicar o desarrollar esos conocimientos en un mundo cultural, tecnológico o industrial, es un engaño, porque no lo tenemos. El dinero se ha ido a otros sitios.

— El punto de comparación para las generaciones mileniales nunca es bueno, porque nunca se ha vivido mejor, así que se va bajando la expectativa. Los baby-boomers tenemos como referencia las décadas de 1980 y 1990, sabiendo que aquella España de boom económico y cultural es irrepetible.

— Como no hemos perdido nada, hay un plus de entusiasmo añadido. En la última parte del libro hablo de cómo las mujeres, tras su incorporación reciente al mercado laboral, tienen ese entusiasmo de querer demostrar que pueden hacerlo y que van a hacerlo. En este caso, el trabajo se hace con una mayor gratuidad e incluso se dan las gracias por trabajar, porque no puedes permitirte fallar. Un argumento es el de “Oye, es que por primera vez las mujeres de mi familia pueden trabajar”. Al final del libro cuento cómo estos trabajos, pagados con visibilidad, con certificados o con una palmadita en la espalda, forman parte de la inercia de los trabajos femeninos no remunerados ni considerados empleo.

— Una de las denuncias de tu ensayo hace referencia a esa actitud femenina de permanente agradecimiento basada en una cultura ancestral y en la educación que reciben las mujeres, entrenadas para agradar.

«Siempre hay una persona que está mucho peor que nosotros y que nos hace decir: “Bah, yo todavía no he perdido la casa. Puedo seguir aguantando”»

— Prácticamente todos mis libros anteriores tratan sobre estos temas. En uno de ellos, titulado Despacio, hay un relato que se llama “La que está peor”, personaje que surge en el capitalismo y que tiene la función de marcar ese umbral que comentábamos antes porque ha tocado suelo mientras los demás todavía no lo hemos tocado. Es decir, siempre hay una persona que está mucho peor que nosotros y que nos hace decir: “Bah, yo todavía no he perdido la casa. Puedo seguir aguantando”.

— Karen Horney hablaba de la “tiranía del deber ser” como algo intrínsecamente femenino en el sentido de perseguir una idealización de nosotras mismas ―“Mañana seré más perfecta que hoy” constantemente pospuesta. ¿Esto tiene relación con la vida pospuesta del entusiasta precario?

— Claro, es una imposibilidad que solo genera frustración. Eso que tú comentas tiene que ver con ese poder silencioso que gobierna el día a día de las mujeres. La propia expectativa que los demás tienen de ellas les recuerda las cosas que tienen que hacer en su trabajo, en casa y en su cuerpo, para cumplir eso que se proyecta sobre ellas y que se proyecta como algo inalcanzable, por lo que siempre generará frustración.

— Pero la paradoja es que en vez de masculinizarnos todas laboralmente, logrando empleos cada vez mejores y mejor pagados, hemos feminizado el trabajo cultural.

— En los últimos años, casi todos los contextos en los que he participado, proyectos, charlas, asociaciones, es verdad que mis interlocutoras suelen ser mujeres. Pero en los contextos culturales donde hay hombres y mujeres, curiosamente suelen ser las mujeres las que están desarrollando las labores de mediación, las labores de gestión, las labores menos remuneradas, porque las labores de dirección y los trabajos que tienen más visibilidad con más prestigio y mejor sueldo (directores, catedráticos) siguen siendo de los hombres. Incluso hay mucho engaño cuando se habla de que la cultura está feminizada porque hay más mujeres que hombres en cultura. Puede ser cierto, pero las mujeres siguen ocupándose de los trabajos que reúnen características como temporalidad, polivalencia, flexibilidad. Para los trabajos temporales de 70 euros siempre hay una mujer muy voluntariosa dispuesta a hacerlos.

Remedios Zafra
Remedios Zafra

— Ha durado décadas el timo del cargo de coordinadora, que es un puesto secundario disfrazado de ejecutivo.

— Son esos trabajos que hacen becarios o mujeres. En el libro establezco el paralelismo entre la feminización cultural y la feminización de las tareas domésticas, porque tienen muchísimas similitudes. En las tareas domésticas de cuidados también se nos ha engañado durante siglos, haciéndonos creer que era un trabajo que conllevaba producción, producción de bienes y servicios como cuidado de personas y de comida, pero ahí ni hablar de empleo y encima pagado a lo sumo con amor: “Cuanto te quiero, mamá”. En el mundo cultural yo creo que hay algo muy parecido, porque hay un tipo de producción que normalmente se apoya en la vocación o en la motivación que suelen caracterizar este tipo de trabajos como la práctica artística o a la escritura.

— Y en la medida en que no lo consigues, ¿la vocación se incrementa o disminuye?

— Mucha gente se frustra y lo convierte en formas de ansiedad que requieren medicarse con ansiolíticos, para sobrellevar una aspiración que no ha sido resuelta.

— ¿Y es cierto que el fracaso crea adicción?

«Estar menos visible en los medios supone no caer en esa inercia en la que está todo el mundo, esa inercia de las redes de publicar y charlar para compartir nuestros éxitos»

— La celeridad de la cultura en red permite de que pronto un vídeo se haga viral, que una obra se haga viral o que tu trabajo sea visto por mucha gente, es decir, puedes triunfar en directo. Pero igual que triunfas en directo, puedes fracasar en directo, que es una seña de identidad de la cultura contemporánea. En los ciclos de la cultura actual subes y caes a toda velocidad. Pero el fracaso auténtico para las personas con vocación o motivación es que te digan “No” en una secuencia de noes que encadena respuestas negativas y ante la que reaccionamos diciendo: “Ostras, soy una fracasada”. La manera de apropiarse de la situación es decir “No”, yo no puedo o no quiero hacer este trabajo. El elogio del fracaso que yo propongo en El entusiasmo es ser capaces de empoderarnos y de recuperar el tiempo propio a través del “Soy yo quien no quiere” o “Soy yo quien no puede”, aunque eso suponga tener menos trabajo o menos dinero. Estar menos visible en los medios supone no caer en esa inercia en la que está todo el mundo, esa inercia de las redes de publicar y charlar para compartir nuestros éxitos.

— En 2014 el periodista estadounidense Karl Taro Greenfeld escribía en el New York Times que las redes sociales nos imponen una presión constante para que demostremos veinticuatro horas al día que no somos unos analfabetos. “Nunca como en el siglo XXI ha sido tan fácil fingir saber tanto sin saber realmente nada”, aseguraba Greenfeld. ¿Estamos peligrosamente cerca, como dice este periodista, de un pastiche cultural que de hecho es un nuevo modelo de incultura?

— Creo que la apropiación y el pastiche, que son muy característicos de cómo hoy hacemos cultura y de cómo creamos en la red, son señas de identidad de nuestra época. El arte contemporáneo también se caracteriza por la apropiación. Las redes son un contexto ideal para la apropiación. En los años noventa decía un ‘netartista’ que las redes son el lugar ideal para los hijos de Duchamp, porque es un contexto donde todo puede ser copiado, todo puede ser apropiado, bien en su totalidad, bien en fragmentos.

— Pero la apariencia es el mensaje, como bien dices tú, tuneando a McLuhan.

«Las maneras en las que antes se creaba conocimiento en la academia hoy están cada vez más pasadas por el filtro de lo cuantitativo, o sea, de los datos de impacto»

— Sí, pero también existen los instrumentos para escrutar. Se puede hacer trampa, aunque también muy fácilmente se descubre de dónde salen las cosas, porque todo es también más evidente. Tenemos la herramienta para crear el collage, el pastiche, pero también la herramienta para saber de dónde procede. Esto tiene la lectura positiva, como hecho singular de una época, y la lectura negativa de la saturación alocada de producciones en la que hay muchísimo ruido, probablemente relacionado con esa incultura que comentas. Las maneras en las que antes se creaba conocimiento en la academia hoy están cada vez más pasadas por el filtro de lo cuantitativo, o sea, del valor máximo cuantitativo o de los datos de impacto. Esto está relacionado con lo fácil que es hackear información. Cualquier persona puede aparentar saberlo todo o haberlo leído todo.

— Incluso, sin saber nada, regañar a los demás por lo poco que saben.

— [Risas.] Sí, y convertirse en los jueces de las redes, digamos. Porque toda la información está a nuestra disposición en un escenario absolutamente terrorífico y maravilloso.

— ¿’El hombre fotocopiado’ de El entusiasmo alude al concepto posmoderno de la reiteración casi sin sentido de ideas o imágenes casi de una manera warholiana?

«’El hombre fotocopiado’ se comprende mejor en masculino, porque son esos personajes que aparentan saberlo todo, que tienen siempre la mejor respuesta»

— Es un personaje paródico que va en sintonía con “La que está peor”, que forma parte de una colección de parodias, con “La Señora Spring” y “El Señor Spingel”. Son cuatro licencias poéticas que me han permitido usar una estrategia feminista que a mí me gusta mucho, que es la parodia, la ironía y la creación de nuevas figuraciones. “El hombre fotocopiado” es una clara parodia de los hombres que tienen el poder. Hay un claro enfoque de género en todo el libro, pero también hay un intento de hacer inclusiva la figura de la persona precaria y de la persona entusiasta, que pueden ser hombres o mujeres indistintamente. ‘El hombre fotocopiado’ se comprende mejor en masculino, porque son esos personajes que aparentan saberlo todo, que tienen siempre la mejor respuesta.

— ¿Y lo de que tienen varias vidas?

— Bueno, es que aparentan ser expertos en biología, en filosofía, en todos los campos, porque teniendo la tecnología adecuada, son capaces de hacerlo. Son los sujetos que están sabiendo instrumentalizar mejor el entusiasmo a su favor, para ser cotizados y para aparentar saberlo todo. La idea de que es un hombre que se repite es una idea muy política, porque frente al feminismo que no pretende repetir mundos, sino imaginar alternativas posibles, ‘el hombre fotocopiado’ sigue reiterando la misma forma de poder: aquí los que mandan son de esta manera y yo contribuyo a que esa maquinaria o fotocopiadora que es la empresa en la que estoy, siga funcionando de la misma manera, bajo una apariencia de ‘camiseta moderna’. Porque la novedad mínima que uno se permite es la apariencia. La cuestión estetizadora del capitalismo es que la novedad se reduce al disfraz que llevas, pero no hay una novedad real en los modelos de poder.

— Uno de los abundantes hallazgos expresivos de tu libro es el de la “pantalla como realidad suficiente”, que versionando a Quevedo sería algo así como “Érase una civilización a una pantalla pegada”. ¿Es suficiente la pantalla como realidad?

— Lo planteo con una anécdota de un niño pequeño que va en coche y que mueve los dos dedos de la mano sobre el cristal de la ventanilla para intentar ampliar la vaca que se ve al fondo. Esto sirve para ilustrar la potencia de la pantalla como realidad suficiente o ‘pantalla fantasmática’, como yo la llamo, porque es nuestro mundo cotidiano.

— ¿La pantalla no es la jaula en la que vivimos encerrados los habitantes del nuevo milenio occidental?

«La pantalla ha perdido el privilegio de las imágenes representadas, o de la ficción, y se ha convertido en ese marco donde conviven lo real, lo simbólico y lo imaginario»

— La pantalla ha perdido el privilegio de las imágenes representadas, o de la ficción, y se ha convertido en ese marco donde conviven lo real, lo simbólico y lo imaginario. Esos escenarios, que antes estaban bien diferenciados, hoy conviven en Internet, siendo cada vez más difícil diferenciarlos. La imagen del niño ante la ventanilla del coche es clarificadora, porque estamos tan inmersos en la vida en la pantalla, que allí donde hay un marco presuponemos un contexto al que podemos acceder para cambiarlo o manipularlo.

— Porque interactuamos con la realidad ya casi exclusivamente a través de nuestra máquina correspondiente, ya sea ordenador personal, tableta o teléfono móvil.

— La pantalla como realidad suficiente tiene que ver con la apropiación por parte de Internet de todas esas cosas que antes hacíamos de manera diferenciada en la vida y que ahora podemos hacer casi en su totalidad en Internet: desde trabajar y relacionarnos socialmente hasta tener sexo con otras personas, tema al que dedico un capítulo en El entusiasmo. Esa posibilidad de desarrollar gran parte de las prácticas cotidianas en Internet convierte la pantalla en un marco casi suficiente para muchas personas que ahí, en ese capítulo, generan una reflexión sobre el autoengaño. Esa realidad a la que se accede o ese entramado con apariencia de realidad puede servir como algo suficiente para satisfacer a las personas sin capacidad de movimiento o que por falta de recursos no pueden llegar a los lugares reales. La forma en la que Internet también está transformando las ficciones y el acceso a prácticamente todo a través de la pantalla nos tiene que generar también preguntas en torno a la forma en que creamos nuestras nociones de la realidad y también de la ficción. Es posible que nos engañemos o que permitamos el autoengaño porque pensemos que la pantalla es más vivible esa realidad que la realidad triste que tenemos en el cuarto propio conectado con nuestras miserias.

Remedios Zafra.

— La solución que tú has propuesto últimamente para ese gigantesco problema que planteas y que denuncias con acierto en tu libro sobre el nuevo concepto de cultura en la era digital, el modelo de creación cultural y la precariedad del trabajador cultural es un gran pacto de estado. ¿Por qué meter al Estado en un asunto como la cultura, que exige la libertad individual para poder existir?

«Todo lo que tiene que ver con el pensamiento y con la práctica creativa libre y reflexiva está siendo desplazado por la creación de contenidos»

— Este libro está planteado como una aproximación reflexiva a un problema de la época, intentando contemplarlo desde distintos prismas, y en principio ni siquiera planteo una solución. Pero la educación contemporánea ha cedido a esa coyuntura capitalista que acepta la cultura red o cultura digital y es necesario plantear una crítica muy concreta y relacionada con la crisis de las humanidades, de la filosofía y del arte en la educación pública, porque todos estos conocimientos se están desplazando. Todo lo que tiene que ver con el pensamiento y con la práctica creativa libre y reflexiva está siendo desplazado por la creación de contenidos. Los planes de estudios de los institutos y de las universidades parece que pretenden impedir que quede tiempo para pensar.

— ¿Y tu libro no es en última instancia un reflejo de la crisis occidental?

— Supongo que sí. En todo caso, lo que está sucediendo en la educación es terrible. No sé si un pacto de estado, pero como no se llegue a un acuerdo a la hora de reformar la educación y de plantear un modelo educativo que no se cambie cada dos años por las oscilaciones políticas de turno, la situación seguirá siendo disparatada. Otra lectura tiene que ver con la ficción y con la imaginación: experimentar con cosas distintas y no tener miedo. Es lo que están haciendo muchas asociaciones de artistas con otras formas de sindicación y con experimentos de grupos que están en la periferia y que están procurando no repetir el mundo, imaginando otras fórmulas. Y por último, plantear una alianza. Porque si cada uno o cada una seguimos en esa inercia, difícilmente podremos hacer un posicionamiento colectivo capaz de denunciar, de crear resistencia y de dar una solución a esto.

— Pero tu propósito con este libro será llamar la atención o incluso lograr enfadar en las altas esferas para lograr una reacción.

«Son necesarias otras formas de alianza, porque las prácticas culturales y creativas se construyen sobre esa primacía de que “Yo quiero ser escritor o quiero ser artista y lo hago todo solo”»

— Sí. Pretendo perturbar y zarandear, incluso que alguien se enfade lo suficiente para tomar medidas. Pero planteo soluciones en forma de alianza y volviendo a crear vínculos entre iguales y probando con otros modelos de sindicación. Los sindicatos que todos tenemos en mente están tan salpicados por esa corrupción que ha tiznado toda la política contemporánea, que muchas personas que conozco ni siquiera se plantean esa posibilidad. Pero se llamen sindicatos o se llamen de otra manera, son necesarias otras formas de alianza, porque las prácticas culturales y creativas se construyen sobre esa primacía de que “Yo quiero ser escritor o quiero ser artista y lo hago todo solo”, un individualismo inducido que desemboca en el precariado de la supervivencia o en el pesimismo.

— Un personaje político que ha alabado tu libro es Pablo Iglesias que fue alumno tuyo en un curso de posgrado y ha hablado bien de El entusiasmo.

Fui profesora de Pablo Iglesias hace casi diez años. Pensaba que yo le recordaba más que él a mí, porque compartimos pocas clases y él estaba matriculado en una asignatura de Arte y Tecnología que yo compartía con otro profesor. Le recuerdo como un estudiante brillante en ideas, referencias y escritura. Me pareció un gesto hermosísimo y muy generoso que me recordara como profesora, porque es una ‘identidad’ que valoro mucho. Creo que en su elogio había no solo una recomendación de un libro sobre precariedad, sino también un guiño a la visibilización de la figura del docente. Y si no lo había premeditadamente, ha funcionado como tal. El poder de quienes lideran opinión en las redes es enorme en las formas de crear luz y sombra sobre un mundo saturado de obras. Se agradece esa luz.

— Es importante tu aclaración, porque siempre habrá quien intente catalogarte como una ‘intelectual de partido’.

«Pablo Iglesias, que elogió mi libro, conoce la lógica de las redes y entiende que en España se lee ensayo extranjero, pero poco ensayo español»

— Es verdad que hoy todos nos sentimos protagonistas de todo. Cuando Pablo empezó a salir en todos los medios, comentaba con los compañeros: “Yo di clase a Pablo” y muchos no me creían. Pero esto se puede comprobar fácilmente. Y muchos de mis compañeros han descubierto que era verdad que fui su profesora. Pablo conoce la lógica de las redes y entiende que en España se lee ensayo extranjero, pero poco ensayo español.

— Tu libro parece pesimista, pero es optimista o al menos yo lo he interpretado así.

— ¡Cómo me gusta que digas eso! Tengo el conflicto con este libro, como con otros, de que los lectores que se sienten interpelados y que se identifican dicen que les perturba el contexto pesimista. Como feminista siempre me han interesado las zonas ocultas y lo que no sale en las estadísticas. Pero hay mucha ironía en el libro y mucho detalle en la sombra. Puede parecer que hay un pesimismo premeditado, pero no es así. En primer lugar, porque el pesimismo nos paraliza y cualquier persona que tenga un posicionamiento político a la hora de escribir un libro lo que pretende es contribuir en algo a cambiar la realidad. Es verdad que a veces no sabemos cómo vienen los cambios, pero cuando miramos al pasado y vemos lo que hemos tenido las mujeres, sabemos que es positivo no repetirlo.

— En tu libro caracterizas la aceleración como una característica propia del sistema político occidental imperante que es el capitalismo. ¿Esa velocidad es algo que alguien ha decidido convertir en una imposición política o es, digamos, una contingencia del sistema?

«La velocidad es una característica de las pautas ilógicas del capitalismo porque  el intercambio libre de mercancías prescinde de vínculos morales entre las personas»

— Si observamos otras culturas, vemos que la prisa no forma parte de ellas. En antropología es fácil identificar determinados grupos humanos donde los tiempos son totalmente distintos. Por eso a menudo digo que la prisa es un invento capitalista. Creo que la velocidad es una característica de las pautas ilógicas del capitalismo por lo siguiente: el intercambio libre de mercancías prescinde de vínculos éticos, de vínculos morales entre las personas. A fin de aumentar la oferta y la variedad de mercancías en circulación, la velocidad contribuye a gestionar esa grandísima masa de productos y de productores que formamos parte del capitalismo.

— Lo nuevo vende y obliga a envejecer a gran velocidad lo que era nuevo ayer y así sucesivamente.

— Exacto. Por eso la caducidad es una de las características del capitalismo. Solo la velocidad permite poder ver ese exceso de información y ese exceso de obra. La velocidad, decía Pierre Bourdieu, casa bien con el capitalismo contemporáneo porque se apoya en ideas preconcebidas. Para poder pensar sobre las cosas que nos llegan a través de los medios, se necesitaría hacer una parada.

Remedios Zafra.

— Esa reflexión es algo que tú añoras y reflejas como un desiderátum en el libro.

— Así es. La reflexión está cada vez más excluida, de una manera radical, de nuestras prácticas de vida, para seguir con esa inercia de vivir como vivimos porque todo el mundo lo hace. De modo que nos vemos obligados a vivir en un presente continuo. La prisa es cultural. Y es una cuestión muy tramposa cómo la cultura está transformando nuestra forma de vivir el tiempo y está anulando, de hecho, lo que era nuestra vida real.