David Casassas: “Necesitamos recursos incondicionales, como una renta básica”

  • Entrevista al autor de 'Libertad incondicional. La renta básica en la revolución democrática'

David Casassas (Barcelona, 1975) es profesor de Teoría Política y Social de la Universidad de Barcelona, donde trabaja con el grupo de investigación en Ética Economicosocial y Epistemología de las Ciencias Sociales (GREECS). Es miembro de la junta directiva del Observatorio DESC y vicepresidente de la Red de Renta Básica, así como autor de diferentes publicaciones, como La ciudad en llamas. La vigencia del republicanismo comercial de Adam Smith (Montesinos, 2010) o del poemario Boreal Invierno Austral (Animal Sospechoso, 2016). Recientemente ha publicado Libertad incondicional. La renta básica en la revolución democrática (Paidós, 2018). Con motivo de este último libro, hablamos con él en estas fechas en las que muchas personas gozan de tiempo para la lectura y en las que regalar un libro es siempre regalar algo más que un tesoro.

— En su libro defiende la renta básica para toda la ciudadanía como una forma de garantizar derechos de todas las personas, pieza angular del republicanismo. Hay críticas que dicen que el gasto de esta sería impensable para el Estado. ¿Es viable hoy en día?

"El problema no es la viabilidad económica, sino la política"

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— Claro que lo es. El problema no es la viabilidad económica. Si quiere decirlo así, el problema es la viabilidad política de modelos de financiación muy trabajados ya, con mucho aval científico. Me explico: ¿contamos con la correlación de fuerzas necesaria para lograr una estructura impositiva que permita que quienes más tienen, que tantas veces tienen a costa de los demás, aporten lo suficiente como para garantizar posiciones de invulnerabilidad social para todos y todas? Y te diría que el quid de la cuestión no es que quienes más tienen se muestren reacios a aportar recursos -los niveles de presión fiscal que han soportado los más ricos han sido y pueden ser muy superiores a los que tienen hoy, por ejemplo, en este país-; el quid de la cuestión es que quienes más tienen saben que lo que está en juego son los niveles de poder de negociación que esas posiciones de invulnerabilidad social otorgarían a las grandes mayorías sociales. Unas mayorías sociales que podrían cuestionar los modos en que trabajamos y vivimos bajo el capitalismo.

El cuento de la libertad les funciona bien hasta que existe la posibilidad, por ejemplo a través de la renta básica, de garantizarla incondicionalmente a todos y todas: cuando ello es así, quienes hoy tienen la sartén por el mango se asustan y dicen que no nos salen las cuentas. Aquí está el meollo del asunto, de todo punto político. Pura lucha de clases, si me apuras.

— También hay quien dice que una renta básica fomentaría que la gente no trabajara, ya que tendrían las necesidades básicas cubiertas. Otra crítica es que, con esta renta básica, los precios subirían, pues se presupone un poder adquisitivo mayor en la ciudadanía. ¿Es así?

"El objetivo último: la autorrealización en condiciones de libertad"

— Y en parte llevan razón: la renta básica, como parte de un paquete de medidas que incluya prestaciones en especie también de carácter incondicional, ha de ayudarnos a dejar de trabajar en aquello que nos aliena, en aquello que para nada nos aporta sentido, en aquello que es incluso dañino tanto para nuestros cuerpos como para el mundo en el que vivimos. Pero este “dejar de trabajar” no es el fin del trayecto: el hecho de tener las necesidades básicas cubiertas nos ha de permitir, también, ponernos a trabajar en los espacios y con los objetos que realmente van con nosotros, espacios y objetos que permitan el objetivo último de los movimientos emancipatorios contemporáneos, que no es otro que la autorrealización en condiciones de libertad.

Es una cuestión de justicia, pero también de eficiencia: ¿puedes hacerte una idea de la cantidad de talento, de energía, de capacidades para aportar valor que se pierden en el mundo de hoy, en el que hemos de aceptar lo que se nos impone en los mercados de trabajo y, por ello, terminamos renunciando a las actividades más próximas a lo que somos y deseamos ser?

En cuanto a la posible inflación inducida por el aumento de poder adquisitivo, hay que hacer tres consideraciones. En primer lugar, estamos hablando de una renta básica equivalente al umbral de la pobreza. Pensemos, por lo tanto, en cantidades situadas alrededor de los 700 euros por persona y mes. Tampoco se puede decir que vayamos a contar con verdaderas fortunas que vayamos a poder gastar de forma tontiloca.

En segundo lugar, en economías diversas, con toda una amplia panoplia de bienes y servicios disponibles, ese acrecentado poder adquisitivo se distribuye entre todos esos bienes y servicios, con lo que el incremento de la presión de demanda sobre cada uno de ellos es bajo. En tercer lugar, en caso de que no sea así, en caso de que haya algún bien que, con una renta básica en el bolsillo, pasemos a consumir en mayor medida -pensemos, por ejemplo, en la vivienda-, los poderes públicos siempre pueden encargarse de que el precio de esos bienes -en nuestro ejemplo, el precio del metro cuadrado- no rebase cierto nivel. Nuevamente, es una cuestión de opciones políticas.

— Habla en el libro de que la renta básica no sería suficiente para garantizar los derechos necesarios, que es un paso importante, pero hay que seguir. ¿Qué más políticas hacen falta para garantizar unos derechos a la ciudadanía en consonancia con lo que se espera desde el republicanismo?

"Ser libre, vivir a salvo de la discrecionalidad ajena"

— Ser libre en clave republicana significa vivir a salvo de la discrecionalidad ajena. En el mundo contemporáneo, esa discrecionalidad proviene, sobre todo, de agentes privados que se han adueñado del grueso de los recursos de la economía y que, a través de los mecanismos de los mercados capitalistas, nos obligan a vivir al son de sus tambores. Para escapar de ello, necesitamos recursos incondicionales: de ahí la renta básica. Pero imagínate un mundo en el que tuviéramos renta básica, pero careciéramos de derechos sociales como el derecho a la sanidad, a la educación, a la vivienda, a los cuidados, al agua, a la energía, al transporte, etc. En ese mundo, deberíamos buscar en el mercado elementos como, por ejemplo, los servicios de salud, y sabemos que los seguros privados de salud tienen un precio que aumenta con el riesgo, hasta el punto de que personas más propensas a caer enfermas o a necesitar cuidados se fundirían el grueso de la renta básica en ese seguro privado.

Se trataría de una verdadera distopía neoliberal que no quiero ni imaginar, aunque en parte ya la estamos sufriendo. De lo que se trata, pues, es de reapropiarnos de verdaderos paquetes de recursos público-comunes que otorguen a todos y todas unas dotaciones iniciales amplias y robustas para que todos y todas podamos emprender una vida en condiciones de libertad efectiva -si lo deseamos, dentro de los mercados, pero nunca a golpe de pito de quienes controlan hoy esos espacios comerciales-. Pues bien, la renta básica es sólo una parte -la parte monetaria- de dichos paquetes de medidas.

Finalmente, conviene añadir que, por muy incondicionalmente equipados que estemos, de poco nos sirven estos paquetes de recursos público-comunes si cuatro oligarcas se han adueñado del espacio social y económico en el que se supone que hemos de desarrollar nuestras vidas. Por ello, el goce de la libertad republicana exige también el control del potencial rentista y liberticida de las grandes acumulaciones de poder económico privado.

— Podemos y otras fuerzas políticas han ido dando de lado al discurso favorable a la renta básica, que, en un primer momento, tenía un lugar central. ¿Cómo lo valora?

— Bueno, yo diría que, más que dejarlo de lado, titubean constantemente. Es cierto que hace unos años la renta básica estaba en muchos programas electorales y que ahora no lo está. Pero también es cierto que el avance social y político de la renta básica durante los últimos años -pongamos que desde el 15-M- ha sido impresionante. De hecho, quienes estudiamos y defendemos la propuesta de la renta básica no paramos de participar en debates y discusiones en el seno de fuerzas políticas -y también de sindicatos, por cierto- como el propio Podemos, parte de cuyas bases siguen viendo en la renta básica el estandarte del gesto insumiso con el que nacieron.

Otra cosa es que estas fuerzas políticas hagan el cálculo electoral consistente en suponer que esto de la renta básica es demasiado nuevo y contraintuitivo -¿una prestación monetaria a cambio de nada?- y que, por ello, puede asustar al votante. Y entonces esconden la propuesta, no sea que no se entienda. Y yo creo que lo que no se entiende -y de ahí los niveles de abstención que observamos elecciones tras elecciones- es que las organizaciones políticas y sindicales, vista la magnitud del golpe infligido por el capitalismo neoliberal, no vayan más allá de la política del mero lamento y pasen a la ofensiva con propuestas que, como la renta básica, apunten a la posibilidad de que nos reapropiemos de nuestras vidas.

La gente sabe muy bien qué significa la desposesión capitalista. Llevamos siglos sufriéndola, y durante las últimas cuatro décadas, de un modo bastante salvaje. No hace falta que se nos dosifique aquello que, supuestamente, no podemos entender. Reapropiarnos de nuestras vidas es algo que todos y todas podemos llegar no sólo a comprender, sino a concretar en multitud de gestos y proyectos. Pues bien, para ello, necesitamos recursos incondicionales como los que nos confiere la renta básica.

— Uno de los temas políticos de esta época en Europa y a nivel global es el de las migraciones. ¿Cómo podría ayudar la renta básica a frenar los discursos xenófobos y de extrema derecha que están proliferando?

"La renta básica es un dispositivo para la reconstrucción de todas las solidaridades"

— Como sabemos, la xenofobia está muy ligada al miedo. Cuando sufres condiciones de precariedad o vives incesantemente bajo la espada de Damocles que supone la amenaza constante da caer en ella, es fácil que te abraces a causas delirantes que, a través de la exaltación de los valores patrios, te ofrezcan el paraíso en la tierra -en tu tierra, claro-. Autoras como Silvia Federici llevan años sugiriendo que este tipo de procesos siempre interesaron a las oligarquías, las cuales quedan más tranquilas cuando fragmentan la población trabajadora y nos ponen a odiarnos entre nosotros -Federici nos cuenta cómo el mito de la brujería femenina sirvió, entre otras cosas, para romper la solidaridad de clase entre mujeres y hombres proletarizados-.

Ante eso, yo no optaría por la vía moralizadora consistente en exhortar a la población destruida por el paso del rodillo de la precariedad a cultivar buenos sentimientos hacia la población inmigrante o refugiada: esos “buenos sentimientos” siempre serán bienvenidos y hemos de luchar para que se extiendan al máximo, pero no se pueden obtener con sacacorchos, a golpe de proclama política. Ante esa realidad, ante el miedo generalizado, yo optaría por hacernos con mecanismos para sacudirnos el miedo de encima, por dotarnos de herramientas que nos permitan niveles relevantes de seguridad para construir, también con la población que está llegando, proyectos ilusionantes.

La renta básica es un golpe en la línea de flotación de la cultura y la política del miedo. En este sentido, la renta básica es un dispositivo para la reconstrucción de todas las solidaridades posibles entre todas y todos cuantos hemos sido desposeídos. Con la existencia material garantizada a todos los ciudadanos y residentes acreditados -faltaría, claro está, pensar qué entendemos por tener la residencia acreditada-, ¿qué nos impide poner en circulación vidas con sentido, también de la mano de nuestras hermanas y hermanos venidos de otras tierras?

— En este sentido, tengo la sensación de que el debate sobre la renta básica se da principalmente en ámbitos académicos e intelectuales. ¿Cómo se puede acercar al grueso de la población trabajadora y precarizada?, ¿somos conscientes de las mejoras que supondría una política así para nuestras vidas?, ¿qué falla para que haya mucha gente que ni se lo haya planteado?

"Si hablamos de renta básica es porque muchos vemos una propuesta de sentido común"

— Quizás observemos esta cuestión desde puntos de vista distintos, pero yo diría, precisamente, que la renta básica hace años que ha dejado de estar principalmente circunscrita a ámbitos académicos e intelectuales. De hecho, el activismo sociopolítico en favor de la renta básica siempre ha discurrido en paralelo a los debates académicos, y en muchas ocasiones se han dado sinergias muy fructíferas entre ambos mundos, que, por otro lado, depende de nosotros que estén estrechamente vinculados o dejen de estarlo.

En cierto modo, el debate y la lucha por la renta básica es algo parecido al Guadiana: es bien visible durante un largo tiempo, luego parece quedar oculto, más adelante vuelve a asomar la cabeza, etc. Y lo cierto es que cada vez que reaparece lo hace con mayor caudal, con mayor apoyo social y, en muchas ocasiones, con argumentos más refinados.

¿Cómo entender, si no, que cada vez haya más sindicatos -¡sí, sindicatos!- interesados en analizar la propuesta, que no haya prácticamente ningún partido de izquierdas que no la haya llevado en algún momento en su programa electoral o que no esté constantemente abierto a pensarla -sobre todo cuando son las bases, la gente de a pie, quienes plantean los debates-, o que la propuesta haya sido abrazada por actores sociales tan dispares como ciertos sectores de los movimientos ecologista y feminista, asambleas de parados y paradas, grupos relevantes dentro del universo 15-M o Occupy, o espacios que resumen tanta lucha precedente y proyectan tanto hacia el futuro como l@s Yay@flautas?

Si de lo que se trata es de acercar la renta básica a la arena política, haremos bien en no presentarla como una panacea que todo lo resuelve -porque las cosas para nada son así-, pero sí deberíamos ponerla a disposición de la gente, con los argumentos más claros posibles, para que sea la gente quien la haga suya y la entienda como uno de los dispositivos con los que nos podemos equipar para, desde el descaro social y político más insobornable, afirmar que nuestras vidas no están en venta, que hay cruciales líneas rojas que no estamos dispuestos a seguir permitiendo que sean cruzadas. No se trata de mero pensamiento desiderativo: si hablamos hoy de renta básica, es porque son muchos los actores sociales y políticos que ven en ella una propuesta, simplemente, de sentido común.

— “¿Podremos aprovechar los procesos de robotización para deshacernos de las actividades más monótonas y repetitivas y conquistar trabajos, remunerados o no, con sentido y consentidos?”, se pregunta usted en un artículo en SinPermiso. ¿Puede esbozar una respuesta?

— La idea es bien sencilla. De entrada, la robotización, si la gobernamos democráticamente, entre todos y todas -algo que no podemos decir que esté garantizado-, nos puede liberar de tareas alienantes como las que realizaba Chaplin en Tiempos modernos -y hoy podemos pensar en las muchas actividades equivalentes que han ido sumándose a la pesadilla de la cadena de montaje clásica-. A partir de ahí, la continuidad de unos ingresos incondicionalmente conferidos abre las puertas a repartos de tareas que realmente signifiquen algo para nosotros, estén dichas tareas remuneradas por los mercados o se sitúen en las esferas del trabajo doméstico o de cuidados o de las muchas formas de trabajo voluntario.

Cuando hablamos de corresponsabilización, entiendo que nos referimos a la posibilidad de que todos y todas, sin excepciones, podamos participar en el proceso de toma de decisiones colectivas sobre qué tipos de trabajos y en qué proporciones deseamos todos y cada uno de nosotros para nuestras vidas, y sobre cómo hemos de organizarnos para hacernos cargo, sin que el grueso de la faena caiga sobre los y las de siempre, de aquellas tareas imprescindibles para el sostenimiento de nuestras sociedades y que poca gente parece dispuesta a hacer. Al fin y al cabo, llevamos y llevaremos siempre existencias esencialmente interdependientes.

La cuestión estriba en decidir si aceptamos que esa interdependencia se gestione a punta de pistola -quien más tiene impone a los desposeídos formas de vida que éstos para nada desean- o si sentamos las bases para una interacción social que respete la autonomía de todas las partes. Si la renta básica ha venido para quedarse, es porque afirma de un modo decidido que la opción decente es la segunda, y porque señala caminos políticamente practicables para que ello sea así.