Guillermo Fernández: “La estrategia de la extrema derecha en Europa es ‘sorpassar’ a la derecha clásica”

  • El autor ha publicado 'Qué hacer con la extrema derecha en Europa' en la editorial Lengua de Trapo

Guillermo Fernández (Madrid, 1985) es investigador en la Universidad Complutense de Madrid sobre política francesa y sobre las ultraderechas. Recientemente ha publicado Qué hacer con la extrema derecha en Europa en la editorial CTXT-Lengua de Trapo, dentro de la colección Contextos. En este libro, Fernández analiza a los votantes de Agrupación Nacional, antes Frente Nacional, la ultraderecha francesa liderada por Marine Le Pen, ganadora de las pasadas elecciones europeas de mayo en Francia. El autor responde al cuestionario de cuartopoder.es.

— Agrupación Nacional, la fuerza política de Marine Le Pen, fue primera fuerza política en las europeas en Francia. ¿Qué lectura extrae de esto en la coyuntura política francesa? 

— Es un resultado excelente, aunque con matices, que Marine Le Pen no podía ni imaginarse un año atrás, en mayo de 2018, cuando su partido emprendía un proceso de refundación cuestionado internamente y con la sombra de Marion Maréchal Le Pen acechando continuamente su liderazgo. Marine Le Pen puede sentirse aliviada, de momento. Digo con matices porque las elecciones europeas en Francia suelen tener la peculiaridad de que vota muy poca gente y los que más votan son precisamente los electores de Agrupación Nacional. Así que los resultados de la derecha identitaria en el Parlamento Europeo suelen estar algo sobredimensionados en comparación con los que luego obtiene en elecciones municipales, regionales o presidenciales.

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Por eso pienso que más que un signo de fortaleza de la derecha identitaria sería más bien un signo de alivio para el liderazgo de Marine Le Pen y, sobre todo, un síntoma de erosión del partido de Emmanuel Macron, tras dos años de reformas muy cuestionadas y protestas. Lo que me parece más preocupante desde un punto de vista progresista es contemplar cómo se ha gripado el motor de La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon y cómo el Partido Socialista, tras mil vueltas sobre sí mismo, no logra despegar ni siquiera un poquito. El único signo de esperanza lo aportan Los Verdes, que pasan de 1.700 votos en 2014 a 3 millones en 2019. Por ahí quizás vayan los tiros del futuro. Sobre todo, porque las derechas identitarias y cada vez más también las convencionales están dispuestas a confrontar con la izquierda precisamente ahí: en la cuestión medioambiental.

— La ultraderecha francesa ha conseguido enganchar con sectores populares que tradicionalmente votaban a la izquierda. ¿Cómo lo han conseguido?

— En el libro cuento cómo desde 2011 el Frente Nacional, hoy Agrupación Nacional, emprende un cambio de estrategia muy potente destinado a ganarse a aquellas capas de la población desilusionadas con la izquierda y con un fuerte sentimiento de hartazgo y una voluntad de cambio. No me refiero solamente al fenómeno que discutió la ciencia política en los años noventa sobre los antiguos electores del Partido Comunista que se pasaban a Le Pen, y que en cierto modo ha continuado en los últimos años. Me refiero también a la estrategia diseñada por Florian Philippot, el ex número dos del FN, que buscaba atraerse a sectores tradicionalmente muy reacios a votar a la extrema derecha: mujeres, jóvenes precarios, homosexuales o incluso funcionarios. Por ejemplo, profesores de instituto que se quejaban por la política de austeridad y recortes en el gasto público y en los salarios, pero también por la falta de autoridad y respeto en las aulas. Esa estrategia transversal de reapropiación de símbolos y reclamos de la izquierda funcionó muy bien hasta comienzos de 2017.

 "La pregunta es cómo la derecha radical trata de ahondar en las contradicciones de los partidos conservadores"

Luego, y esto es interesante para pensar qué hacer ahora, la derecha radical ha emprendido un proceso de “orientalización” que le lleva a parecerse más a Orbán o Kaczynski que a Evita Perón, como un día dijo Marine Le Pen que se quería parecer. La derecha identitaria en toda Europa, y se ve también en Italia, está ahora en una estrategia de tratar de sorpassar a la derecha clásica y convertirse en el polo hegemónico de las fuerzas conservadoras. Este es el proyecto a medio plazo. Y es precisamente lo que dice Marion Maréchal Le Pen en Francia (con su intento de reagrupar a las derechas bajo su liderazgo), Salvini en Italia (con la voluntad indisimulada de formar gobierno con Forza Italia) o Vox en España con su actitud constante de martillear y condicionar a la derecha.

Así que la pregunta ya no sería tanto cómo la derecha radical consigue votos de la izquierda, sino cómo trata de ahondar en las contradicciones de los partidos conservadores con el fin de liderar en el futuro el espacio de toda la derecha.

— Conceptos como familia, seguridad, orden, decía en una reciente entrevista en La Marea, que no pueden ser apropiados por la ultraderecha. ¿Cómo puede la izquierda disputar estos conceptos?

"Hay que disputar todos aquellos conceptos que hacen la fuerza de las opciones conservadoras"

— El asunto está en que son conceptos demasiado apetitosos en esta sociedad caótica en la que vivimos como para regalárselos de antemano a las fuerzas conservadoras y ultraconservadoras. No puede ser que en un mundo en que cualquier trabajador desea ante todo una mínima estabilidad le regalemos el concepto de orden o previsibilidad a la derecha. No puede ser que en un país en el que la familia ha hecho de verdadero pegamento social en el momento de mayor crisis económica y en el que mucha gente se sentía radicalmente vulnerable, le regalemos la idea de la defensa de las familias a Ciudadanos o al PP. Y no puede ser que en un país en el que estamos viendo cómo muchísimas personas caen en depresión por no poder tener hijos o que están dispuestas a pagar verdaderas fortunas en clínicas de fertilidad, le regalemos sin más el concepto de natalidad a Vox. Es un disparate.

Por eso, y fijándome en parte en el proceso de disputa y resignificación de palabras e ideas de la izquierda (como republicanismo, laicismo, derechos sociales o incluso feminismo) que hizo la extrema derecha francesa entre 2011 y 2017, propongo devolver la moneda. O sea disputar y resignificar todos aquellos conceptos que hacen la fuerza y la atractividad de los proyectos conservadores hoy en día. Para cortocircuitarlos.

— En el caso concreto de la familia, la izquierda siempre ha tenido problemas al ser un término relacionado con la tradición y con los valores cristianos. ¿Cómo defender un concepto de familia, ahora que cada vez vemos más diversidad en los modelos familiares, sin superponer un modelo por encima del otro?

— Cuando me refiero a disputar y resignificar no quiero decir en absoluto “decir lo mismo que ellos”. No es copiar a las fuerzas conservadoras y convertirse en una suerte de fuerzas conservadoras espúreas. Al contrario, es subrayar aquellos puntos en los que la izquierda es, de facto, defensora de las familias concretas y reales. Y no sólo desde un punto de vista economicista, como defensa de sus ingresos o de sus derechos de acceso a la educación pública o a la sanidad pública, sino a la familia (o mejor, a las familias, con toda la diversidad que comportan) como un valor en una sociedad hipercompetitiva en que la gente sufre porque siente que si se cae nadie le va a sostener.

Me cuesta pensar qué tiene el proyecto del PP o de Ciudadanos de defensa de las familias. Lo veo más en el PSOE o en Unidas Podemos. Y sin embargo estos últimos no hablan casi nunca de familias.

— Sabe que hay un debate entre las izquierdas españolas relacionadas con el personaje italiano Diego Fusaro. ¿Qué valoración hace del mismo?

— Ciertamente conozco muy poco su obra como para atreverme a pronunciarme con seguridad. Lo que sí puedo decir es que desde fuera no entiendo su apoyo a Salvini. Tampoco pienso que el soberanismo sea ahora algo más que una ensoñación. Soberanía, pueblo, democracia, son conceptos que están muy ligados entre sí, pero también derechos humanos o respeto a la diversidad. Y tengo la impresión de que eso a veces se le olvida a Fusaro, o que le parece secundario.

Dicho esto, tampoco soy partidario de las condenas morales: la izquierda se ha acostumbrado demasiado a reaccionar simplemente poniendo el grito en el cielo, y no sé muy bien para qué sirve eso, salvo para dejarse la garganta.

— ¿Son el feminismo y el movimiento LGTBI, en definitiva, las diversas identidades, un problema para la configuración de la izquierda hoy?

— En absoluto. Hay una discusión que dar a propósito de la cuestión de las identidades. Pero de ningún modo en los términos en que lo hace, por ejemplo, Daniel Bernabé.

— Open Arms, Ocean Viking... ¿Se diferencia la política migratoria de Pedro Sánchez y Matteo Salvini?

"No tengo clara la posición de la izquierda más allá del gesto de primera acogida"

— En cuestión de gestos sí, en cuestión de políticas no tanto. Salvini hace de esto un show, Pedro Sánchez quiere sobre todo que no se hable de ello. El asunto es que al final se acaba hablando. Y por suerte. Lo que ocurre es que no tengo tan claro cuál es la posición de la izquierda más allá del gesto de primera acogida, que es éticamente impecable. Pero más allá de la ética, la izquierda necesita una posición política. Es decir, necesita invertir tiempo en pensar qué ideas va a proponer o a sugerir para un continente como África que en los próximos años va a experimentar con especial dureza la crisis medioambiental que se nos viene. Hay que pensar teniendo la cabeza en 2025 o 2030.

— Por último, la nación, un concepto abanderado por las ultraderechas. ¿Cómo se disputa este concepto en España por parte de las izquierdas que la consideran un Estado plurinacional?

"Es de locos que después de 5 años Podemos no haya avanzado más allá de la idea del referéndum"

— En mi opinión, la cuestión de la bandera es secundaria, o, como mínimo, viene después. Lo primero que debería hacer la izquierda es tener mínimamente esbozado un proyecto territorial: es decir, aclararse si quiere ser federalista, confederalista o volver al centralismo. No digo tener un proyecto definitivo para España, pero sí al menos abrir ese debate. Es absolutamente de locos que después de cinco años Podemos no haya avanzado más allá de la idea del referéndum.

La cuestión de la bandera viene después. Cuando uno tiene un proyecto para su país, que incluye también una respuesta a la pregunta por cuál es la mejor manera de organizarse territorialmente, entonces puede empezar a utilizar y resignificar los símbolos como un apoyo precisamente a esa idea de reforma o transformación. Pero lo que no vale aquí es el conformismo: como el asunto territorial es un tema complicado, mejor no lo tratamos, o decimos que es que hay que priorizar las cuestiones sociales. Como si en este contexto una cosa fuera discernible de la otra. O sea, lo mismo que ha hecho Izquierda Unida en los últimos veinte años.