ENTREVISTA / Escritor y candidato al sillón J de la RAE. Acaba de publicar 'Era la soledad', su última novela

Alfredo Conde: “Creo en la Justicia pero tengo serias dudas sobre su administración”

JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado:

Alfredo Conde
El escritor Alfredo Conde. / Wikimedia Commons

Alfredo Conde (Allariz, Orense, 1945), ha sido a lo largo de su carrera un autor convenientemente galardonado, Premio Nacional de Narrativa, Premio Grinzane Cavour, Premio Nadal… Esta semana recibió el Premio Café Varela, un galardón que quiere volver a ser aquel legendario de los años 40 y 50, amén de ser candidato a ocupar la silla que dejó vacante en la RAE Francisco Nieva. Por otro lado estrena novela, Era la soledad, publicada por Algaida, una narración documental sobre la vida de Benigno Moure y las circunstancias que rodearon un proceso judicial eterno. Sobre estos avatares hemos mantenido esta entrevista donde el autor reflexiona sobre la Justicia, su condición bilingüe y las relaciones entre el autor y los personajes de ficción.

— Era la soledad, su última novela, es una narración documental, como nos dejó Leonardo Sciascia en muchos de sus grandes títulos. ¿Qué diferencia esencial hay entre una narración basada en hechos reales pero que permite ciertas libertades, como la que escribió sobre Romasanta, con ésta sobre Benigno Moure?

— Para escribir Romasanta conté con las actas del sumario celebrado contra el Hombre Lobo y, fundamentalmente, con la memoria familiar llegada hasta mí a través de mi madre, bisnieta de Vicente María Feijoo-Montenegro, sobrino nieto del Padre Feijoo, escritor él mismo y médico que participó en tal juicio en su calidad de forense y no avaló la creencia en la licantropía.

Para escribir Era la soledad también me documenté personalmente viendo el vídeo del juicio y las actas del mismo al menos una veintena de veces pero, mientras que en Romasanta utilicé la primera persona para hacer creíbles los hechos, algo que en esta otra no era posible y eché mano del narrador omnisciente que me permitió echar un remiendo a la escasa locuacidad del personaje, un sacerdote que se pasó la vida trabajando, rezando, jugando a las cartas de vez en cuando, fumando a menudo y jugando a las tragaperras unos euritos de vez en cuando. Pero en los dos casos he sido muy fiel, mucho, a los hechos reales.

— Usted recurre con frecuencia en sus novelas a acudir al suceso histórico para arropar una ficción. ¿Cuál es la razón? Esa fascinación le viene de lejos… siempre habló con fervor de Opus Nigrum, de Marguerite Yourcenar.

«El escritor lo que hace es conocer los hechos y ficcionar, imaginándolas, las posibles reacciones de sus actores adecuándolas a la realidad histórica»

— El historiador, según yo entiendo y en demasiadas oportunidades, lo que suele hacer es buscar hechos que justifiquen su modo de ver el devenir histórico o incluso sus preferencias ideológicas o de escuela. El escritor lo que hace es conocer los hechos y ficcionar, imaginándolas, las posibles reacciones de sus actores adecuándolas a la realidad histórica para explicarla y ayudar a comprenderla.

Hace muchos años que leí el texto de la Yourcenar, pero no he perdido ni un ápice de admiración hacia él y hacia ella y creo que eso es lo que hace, bucear el fondo de la realidad e ir poblándolo de seres que lo habiten haciéndolo comprensible a nuestros ojos. Eso es lo que me gustaría saber hacer yo, consiguiéndolo en mis novelas históricas… e incluso en las demás, claro.

— La novela mantiene diferenciadas dos partes: la propia dedicada a Moure y otra, que describe con justeza la Galicia de los años treinta. Es un recurso que usted utiliza con frecuencia…

— Sí, es cierto. Quizá porque yo no solo sea de los que creen que no solo la patria de un hombre es su infancia, sino también porque son las circunstancias las que nos determinan. Amamos las comidas, los olores, los paisajes, las voces que poblaron nuestra infancia y, en cada oportunidad en la que a lo largo del resto de nuestras vidas nos las topamos de nuevo, nos encaminamos en una o en otra dirección según sea el mundo que en ese momento nos rodee y según sea la relación establecida con ese recuerdo que nos llega arropado de nostalgia.

— Vayamos a las resoluciones judiciales. La verdad es que todo esto recuerda El proceso, de Kafka, y no es broma…

— No afirmo que el juicio haya sido kafkiano, pero sí que a mí, efectivamente, me lo parece. Y no solo el juicio. Me pregunto cómo podrá conocer la realidad de los hechos y de lo sucedido en el juicio cualquier lector atento de las actas que lo recogen. No digo que lo haya sido, pero sí digo que a mí se me antoja un pequeño disparate en el que ya todo estaba decidido y nadie hacía caso de lo que los demás pudiesen decir o pretendiesen afirmar.

— Parece ser que el proceso, nunca mejor dicho, de recabar información fue arduo…

«A lo largo de mi vida he visto demasiadas cosas como para creer en el buen criterio y la honradez de todos los componentes de un juicio»

— Sí, lo parece. Pero también pueda ser que yo lo haya visto así. Creo en la Justicia, pero mantengo serías dudas sobre su administración. A lo largo de mi vida, como cualquier otro ciudadano, he visto demasiadas cosas como para creer en el buen criterio y la honradez de todos los componentes de un juicio y pienso que es por eso por lo que son tan valorados los jueces justos y sabios, ecuánimes y responsables. Bertolt Brecht escribió que hay jueces tan insobornables que no hay nada que pueda inducirlos a hacer justicia. Esquilo afirmaba que la primera víctima de toda guerra es la verdad y nadie me negará que un juicio supone una contienda.

— Cuando un personaje es real recorta la libertad que otorga la ficción pura. ¿Qué relaciones de extrañeza, de posible antipatía, se establecen entre el personaje real y el que se trascribe al papel que, en realidad, sólo se asemeja al real en tanto en cuanto es interpretación, conjetura?

— La recorta o incluso la exacerba, en un sentido o en otro, pues aquí también se puede producir el síndrome de Estocolmo. El escrito lleva a cabo una incursión en el interior del personaje y a veces puede quedar capturado por su inteligencia, su capacidad de seducción o esa sutil red que tejen las mentiras y que no siempre resulta perceptible. Pero también es posible la mutua antipatía, al fin y al cabo estamos hablando de seres humanos, sean reales o de ficción, y en ellos todo es susceptible de ser cierto… o falso.

 Alfredo Conde
Portada de ‘La era de la soeldad’, el último libro publicado por Alfredo Conde. / Editorial Algaida

— Usted ha sido elegido candidato a la RAE para ocupar el sillón vacante de Francisco Nieva, el J. ¿Qué sensaciones le ocupan ante esa candidatura a usted, un escritor bilingüe en gallego y castellano, indistintamente?

— Contradictorias. Pero quizá este no sea el momento de hablar de ellas y debamos posponerlo para después de que la elección haya sido llevada a cabo y con independencia de que el resultado haya sido uno u otro. Pero son de todo tipo, incluso de las que usted sugiere y de esas sí puedo decir algo ahora. Soy bilingüe desde la cuna. Con mi padre hablé siempre en gallego, con mi madre solo en sus últimos años; si hablo en español con mi hermano nos da la risa a ambos, si en castellano con mis hermanas se genera una tensión que calificaremos, al menos, de curiosa. Tengo tres hijas, con la mayor hablo en castellano, la segunda me habla en gallego solo cuando lo hace por teléfono y la tercera siempre me habla, hablamos, en gallego. Y así con el resto de la gente que me rodea. Por eso nunca estuve dispuesto a renunciar a ninguna de las dos lenguas. ¿Con qué parte de mi familia dejaría de comunicarme? Soy bilingüe y quien no lo entienda tiene un problema, es posible que también yo tenga alguno pero si nunca me importó no creo que me vaya a importar ahora.

— Estos días ha recibido el Premio Café Varela, un premio que fue legendario en el Madrid de los 50 y que ahora se quiere revitalizar. ¿Podría hablarnos del mismo? ¿En qué consiste?

— El Café Varela es mítico en Madrid y, efectivamente, el premio era emblemático y está volviendo a serlo. Es no solo un café, sino también un magnifico restaurante con una cocina espléndida en el que se reúnen no solo escritores, intelectuales y otros agentes de cultura, sino también médicos ilustres, magistrados, ingenieros, militares e incluso algún antaño tonsurado, todos con una preocupación cultural o creadores culturales ellos mismos acogidos a la hospitalidad de Melquiades Alvárez, copartícipe en esas preocupaciones. De modo que anualmente otorgan ese premio consistente en una pequeña y hermosa pieza escultórica obra de Paco Leiro que, este año, han tenido a bien regalármela a mí. El año pasado la obtuvo Darío Villanueva, el director de la RAE, el anterior a él fue Ramón Pernas y así hasta ir completando una nómina que honrará a quienes vayamos recibiéndolo.

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