‘Con Don Quijote en Sigüenza’, un artículo desconocido y olvidado de Unamuno

Don Quijote en Sigüenza
El escritor Miguel de Unamuno. / Youtube

Sabida es la afición de don Miguel de Unamuno a recorrer y  después describir las tierras de España. Muchos de sus libros están compuestos de la recopilación de esos artículos (Por tierras de Portugal y España, Andanzas y visiones españolas, etc. ), aparecidos tanto en publicaciones españolas como americanas.

A ese género corresponde el artículo que, hoy, rescatamos del olvido.

En el verano de 1916, Unamuno volvía del alto Aragón, de la ciudad de “Monzón de Río Cinca, el pueblo natal de Joaquín Costa, el último gran ibero, el que por trágica contradicción predicó el europeísmo, el de corazón fervoroso de gran cacique espiritual. Predicó el europeísmo por haberse sentido tan arraigadamente ibérico y combatió el caciquismo porque allá, en su fuero interno, se conocía grandísimo cacique”.

Desde el amplio panorama del viejo castillo de Monzón había “restregado su vista en el verdor de las huertas que se ufanan lozanas a sus pies”. “El Maladeta se alzaba en confín como una barrera entre Iberia y Europa”.

Desde Aragón, el viajero fue “a la vieja ciudad de Sigüenza a alimentar de piedras y de barro cocido o reseco mi alma, a hacer alma esas piedras animándolas en el espíritu. Y a resecar y renacer a la vez un poco el alma que
empezaba  a derretírseme”.

“¡Es un paisaje planetario!”, le había dicho cierta vez uno de los conservadores del Museo del Louvre que desde París fue a caer en tren sobre Medinaceli en busca de Grecos.

“Se me apareció Sigüenza, tendida desde el castillo en lo alto hasta la catedral, en bajo. En derredor, y como ciñéndola unos tesos calvos, pero con calvicie como de tiña y no de ancianidad, en los que se perdía la triste  faja de polvo de la carretera. Carretera de traficantes abrumados, de buhoneros, de quincalleros, de arrieros, de gitanos, de vagabundos de toda laya. Ahora a las veces percude y arremolina el polvo de esas carreteras algún automóvil. ¿Y si Don Quijote se encontrase con uno de estos artefactos? Empecé a ver a Don Quijote en Sigüenza”.

La fonda en que se hospedó le llevó a recordar las viejas hosterías castizas y aun las ventas quijotescas. Había mesa redonda y conversación casi general y se respiraba la castiza llaneza del castellano viejo de Larra. Una sirvienta, ya entrada en años, delgaducha y ágil, iba y venía atendiendo a todos. Era el alma de la casa. Y el ama de ella, una señora moza todavía y guapetona, miraba servir. Y don Miguel recordaba la “cena famosa de la venta de don Quijote, donde tantas historias domésticas se entrecruzaron y aún entretejieron, pensaba en que sí nos habrían traído allá a todas aquellas gentes”.

El chiribitil donde durmió, escribe, no es para descrito. Cabía muy poco más que el catre, que crujía. La jofaina para lavarse era de peltre, montada sobre un soporte de hierro. No había donde poner el jabón. “Verdad es que el jabón es algo demasiado europeo. Estábamos en la calva meseta, a mil metros sobre el nivel azul del mar latino y bajo un cielo azul que se lava sin jabón. Salí a recorrer la ciudad solo, sin tener junto a mí un alma hermana a la que poder transmitir mis emociones e impresiones para acrecentármelas. ¡Pero no!: no iba solo. Junto a mí marchaba invisible, llevándome de bracete, Don Quijote. Y junto a él, invisible también, iba Sancho. Y yo soñaba en qué sería enterrarse uno en esta ciudad de Sigüenza a leer y releer y rumiar nuestra vieja y acre literatura picaresca y nuestros dramas; pero para no hablar de ello ni producir nada a su conjuro, sino para matar la vida, y con la vida la muerte. ¡Matar la vida en Sigüenza, reviviendo en imaginación las aventuras de Guzmán de Alfarache o las del gran Buscón!

Arrimada a la catedral, una plaza con soportales y en ellos una mula atada por el ramal a uno de los soportes, y no más alma viviente. De la plaza subía hacia el castillo una larga calle y ancha. Don Quijote, invisible y silencioso a mi lado, me empujó hacia arriba, hacia el castillo. De una casa salían a perderse los sones de un piano”.

El castillo, dónde le llevó Don Quijote, le pareció una especie de hospicio o algo por el estilo. A sus puertas aguardaban algunos menesterosos, tomando el sol,  el reparto de no sé qué bonos o qué limosna. Se la pidieron dos mocetones, diciéndole ser marineros en paro. “¿Marineros y en Sigüenza?”, se pregunta, dudando, el escritor.

“Don Quijote, siempre invisible y silencioso, me hizo bajar por otra calle. Crucé con una mujer que iba diciendo a otras, que debían de oírla desde detrás de la puertas: “A las cuatro el entierro, y mañana,  a las ocho, la misa”.

Fue a dar a la catedral, con fachada de fortaleza. “Cuando entré salían del coro los canónigos para una procesión dentro de las naves del templo. Precedíalos el pertiguero, un hombrecillo con una peluca gris, que parecía de estopa vieja, y una dalmática raída, que debió de haber sido verde en un tiempo. Diríase que allí dentro se había estancado el río de la Historia y que era un sueño estadizo. Todo era piedra dentro de la catedral de Sigüenza. Don Quijote, junto a mí, invisible y silencioso, doblaba la frente y rezaba, escapándosele de vez en vez algún blando suspiro del pecho. ¿Quién sabe si allí, entre las mujeres que soñaban de hinojos, no estaba alguna nieta de Aldonza Lorenzo?

¿Y la Historia? –pregunté a don Quijote-. Y me llevó a la capilla de Santa Catalina donde duerme para siempre el doncel del libro de quien nos ha hablado hace poco José Ortega y Gasset (véase El Espectador). Recostado sobre su tumba lee un libro que sostiene con ambas manos y se sonríe. ¿Qué libro es? ¿Lee de veras o más bien no sueña mirando al libro, pero sin ver nada en él? Reza el epitafio: “Aquí yaze Martín Vázquez de Arze, cavallero de la Orden de Santiago, que mataron los moros socorriendo al muy ilustre señor duque del Infantado su señor a cierta gente de Jahen a la Acequia Gorda en la vega de Granada. Cobró en la hora su cuerpo Fernando de Arze, su padre, y sepultólo en esta su capilla año MCCCCXXXVI. En este año se tomaron las villas de Mora, Moelín y Montefrío por cerco en que padre i hijo se allaron”.

Don Miguel vuelve  dirigirse a don Quijote y le pregunta: “Y en este año de gracia de 1916, ¿qué vamos a tomar? –  le pregunté a mi don Quijote. Le oí suspirar y  me pareció que me hablaba al oído de emigrar. Sentí que se me derrumba el ánimo. ¡Emigrar Don Quijote! ¡Emigrar el alma de Don Quijote!

Emigrará, si, el alma de Don Quijote y nos quedaremos como Martín Vázquez de Arce después de muerto, recostados sobre nuestra tumba, sin quitar los ojos sonrientes del libro de la historia del caballero de la Triste Figura y hechos piedra. Piedra como la catedral de Sigüenza, piedra como los cerros tiñosos que la rodean.

Al despedirme, en aquella alameda frondosa que parece el jardín de un balneario, me enseñaron una modesta casita de alquiler, donde el político (1) descansa cuando va a cazar codornices en los cerros calvos de la adusta meseta. Don Quijote, a mi lado, sonreía tristemente, acordándose cuando hizo añicos el tablado de Maese Pedro. ¡Trabajo perdido!”

Y así termina Unamuno su viaje, diferenciando la tradición de la historia “a mil metros sobre el nivel del mar latino, en la adusta meseta que enlaza Aragón a la Mancha -¡dos tierras tan tierras!-“, donde sintió “invadir su alma ansiosa con un cacho de tradición empedernida. Tradición y no historia, y tradición hecha piedra. Piedra y ladrillos y adobe”.

Por que la tradición, dice, “es la escurraja, a menudo las heces no más de la historia. La historia vive y pasa, la tradición dura y queda. Pero vuelve a hacerse con la tradición historia cuando se la vivifica y se la vive”.

(El Imparcial, 18 de septiembre de 1916)

(1).- Se refiere Unamuno a don Álvaro de Figueroa y Torres, mas conocido como el Conde de Romanones, que tenía casa, no tan humilde como le pareció al escritor, y  veraneaba y caciqueaba en Sigüenza

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